sábado, 19 de mayo de 2012

LA PROFESIA


No.  1.         L A       M U E R T E .

¡¡ Mario, Mario !!   Con voz sonora y clara, la señora desde la cocina llama reiteradamente a su hijo, después de sentirlo salir del baño hace apenas un momento.  El hombre está sentado en el bordo de la cama anudando el segundo de sus zapatos, pues el primero ya está listo, cuando escucha nítida y fuerte la llamada de su madre.   Suspendió lo que estaba haciendo y se puso en pie, cerrando simultáneamente el cinturón ancho de cuero, que con una gran hebilla de herraje niquelado le sirve para mantener firmes sus pantalones vaqueros;  cuando le llegó por segunda vez la voz firme de su madre, llamándolo de nuevo:  ¡¡Mario,  Mario!!   -Esta vez la señora, ante la ausencia de respuesta de su hijo, sale de la cocina y se dirige al cuarto-.    Mario es un hombre robusto, de gran estatura y a pesar de su juventud es tímido y enfermizo, supremamente nervioso, últimamente acusa una mayor afectación de su nerviosismo recurrente y ha llegado hasta lo que su madre considera extremos:   La ha enviado al médico a que le ordenen exámenes y le evalúen su estado general de salud acusando una preocupación fuera de lo acostumbrado e inclusive velando su sueño y arrimando el oído cuando creé que está dormida, a escuchar su respiración;  situación que se ha limitado a explicar lacónicamente con la breve disculpa de no querer que a su vieja le suceda nada que él pueda evitar.    El hombre,  -presa del pánico-   sale corriendo del cuarto y al hacer el giro ante la puerta que da al amplio corredor de la casa tropieza con la señora, que al no obtener respuestas en sus reiterados llamados decidió venir por sí misma a investigar que pasa con su hijo.   El tremendo impacto de la colisión los arroja en sentido contrario, simultáneamente a cada uno:  El cae de espaldas contra la hoja de lámina de la puerta del cuarto y termina sentado en el suelo del umbral y desde esa posición mira como su madre cae de espaldas cuan larga es, descargando todo el peso de su cuerpo                        -acelerado por la fuerza que le imprime el voluminoso cuerpo de su hijo al impactarla-  contra su cabeza, que estalla contra el piso como un fruto maduro al desprenderse de una rama y reventar contra el suelo.   Rápidamente Mario reacciona y se abalanza sobre ella mientras grita repetidamente :  Mamá, Mamá!!  Pero ya su madre no lo escucha, tendida en el suelo, inmóvil, poco a poco a su alrededor se forma un charco de sangre de un tono rojo intenso, casi negro, que entrapa las manos de Mario al levantarla por el cuello y acercarla a su pecho mientras la llama sollozando:  Mamá, mamá, dime algo;  háblame por favor mamá…..!!
En un momento la casa se llena de gente, vecinos que al escuchar los gritos y llamados de Mario acuden con el ánimo de ayudar;  desprenden al hombre del cuerpo de su madre y le hablan tratando de calmarlo;  le dan a oler servilletas y pañuelos con alcohol y aguas de colonia para tratar de tranquilizarlo.    Con la compañía de una vecina, la señora es conducida en una ambulancia a una clínica cercana, donde a las doce y dos minutos del día siguiente, es declarada oficialmente muerta.

No. 2.     LA   PREMONICION.

Mario Agudelo está sentado hablando con sus dos únicas hermanas en la cafetería de la sala de velación de la funeraria  “Flórez”;  ya está aclarando el día   -amanecieron velando el cadáver de su madre en la compañía de algunos pocos vecinos y amigos-   y a esta hora se encuentran tomando café.   Ya Mario les ha hecho un relato detallado de aquel absurdo accidente que cobró la vida de su madre y ahora les comenta acerca de los antecedentes que lo precedieron, motivado por la curiosidad que despierta en sus hermanas el hecho de que él se abrogue la culpa de lo que sucedió.       Yo me aficioné  -les dice-   a ir a consultas donde brujos y adivinos y todas las clases de mentalistas, ocultistas y charlatanes que existen, después de que me sucedieran algunas cosas extrañas.   A mi un hombre  me predijo con exactitud tremenda lo que me sucedió en el inmediato futuro.   -Pero Mario, le interrumpe una de sus hermanas-    Cómo es posible que tu creas que tienes la culpa de la muerte de mamá?   A lo que la otra hermana agrega:    Por que tu crees eso y que es lo que te hace sentir tan mal ?     Explícanos eso por favor,  pues siempre fuiste su protector, su apoyo y cuidabas de ella con un celo, diría yo exagerado.     Sus dos hermanas son dos señoras mayores que él, por razón de sus matrimonios respectivos viven distantes de allí y distantes entre sí;  prácticamente aprovechaban para entrevistarse las visitas a su madre y claro, ahora su sepelio.   El hombre a manera de respuesta les dice:    Justamente es lo que quiero que sepan, cómo ocurrió todo esto, cómo se precipitaron estos acontecimientos;  es para mí supremamente doloroso repensar esto pero debo hacerlo.     Estaba yo sentado en un asiento múltiple    -de esos de tres sillas de plástico-   en la sala de espera del aeropuerto esperando al doctor Jaramillo, quien había quedado conmigo de ayudarme con una recomendación para un empleo en el hospital local;  cuando a mi lado vino a sentarse un viejo negro, muy elegante y perfumado;  sus zapatos resplandecían de lustrosos y con un maletín ejecutivo y un abrigo doblado en el antebrazo,  me habló con voz grave  -yo diría que ronca-  el viejo me saluda;  Luego se queda mirándome a través de sus anteojos claros, límpidos, enmarcados en carey;  sus ojos de un gris de hielo me recorren por un momento y luego el hombre, con su vozarrón ronco me pregunta:   ¿Tiene usted una cita con alguien aquí?  ….Yo, entre molesto y sorprendido por lo que consideré un atrevimiento le contesté que no;  y le expliqué que me limitaba a esperar el arribo de un amigo y que para mí era de mucha importancia entrevistarme con él, por eso lo esperaba y le agregué que quería lograrlo allí sólo, pues si lo dejaba llegar a la ciudad ya me sería muy difícil entrevistarlo.    –Usted pierde su tiempo-    Me respondió el viejo si dejar de observarme.   ¿Cómo?    -Le preguntó yo-    Y el hombre se despacha con la siguiente respuesta, que vino a cambiar mi vida y que jamás olvidaré:   “Mientras usted está aquí esperando al que no vendrá, se perderá de atender a alguien que lo buscará hoy, después de medio día en su casa y que lo llevará directamente a un empleo que será para toda la vida.    –Y remató-    Si no se marcha de inmediato no alcanzará esa cita con su destino”     Y dando por terminada la charla me dio un ligero golpecito en el hombro a manera de despedida y se levantó a perderse entre la gente.   Quedé lelo, quedé estupefacto viendo como avanzaba alejándose y de pronto se paró, giró sobre sus pies y me miró como si me recriminara;  para luego continuar su marcha;   yo me levanté de la silla y salí rápidamente de ahí.    –El hombre hace una pausa, toma un sorbo y carraspea su garganta, para luego continuar su relato-       El bus me dejó frente al colegio Mayor, allí recogí mi bicicleta y tomé para mi casa.   Recuerdo como si fuera hoy   -con absoluta claridad-    que en ese momento sonó la sirena de los Bomberos, que rutinariamente suena justo a las doce del día;  cumpliendo con una costumbre tal vez muy antigua y que a mí, personalmente me parece absurda, de sonar a esa hora, siempre, fastidiando a los que tenemos el dudoso privilegio de habitar en su cercanía.   Entré a la casa, y mamá, como si me viera llegar o como si me hubiera estado esperando, me dijo que fuera rapidito a la tienda y le trajera algo   -no recuerdo qué-    caminé hasta la esquina y allí    -en la tienda-   estaba don Pedro Ruíz, quien fuera el entrenador del equipo de fútbol en el que había jugado hasta el año anterior;   estando jugando con él fue que me lesioné y tuve que dejarlo.   El hombre me saluda de mano  y me dice:  “Mario, que bueno que te veo, ando en tu búsqueda”   ¿qué estás haciendo?   Nada don Pedro    -le respondo-   no he podido conseguir trabajo.    “Tomá esta tarjeta   -me dice el señor, extendiéndome su mano para alcanzarme una tarjetica de cartón de presentación personal-    aparecete mañana a las ocho en el Juzgado noveno municipal, bien presentado, para que entrés a trabajar que ya todo está arreglado”.      Gracias don Pedro, yo creía que usted ya no se acordaría de mí.  –Le dije-    Y él me contestó:   “No mijo, después de la lección que lo sacó del fútbol y conociendo la calidad de persona que es usted yo no lo abandonaría.   De todas maneras pase por el club para que hablemos o por lo menos llámeme y me cuenta cómo es que le acaba de ir”.    Nos dimos nuevamente la mano para despedirnos y se fue.   

De eso hace ya diez años    -que es lo que llevo trabajando en el juzgado-    desde entonces mi preocupación principal siempre ha sido volver a ver al viejo del aeropuerto, en todas partes donde voy o estoy, lo busco;  me quedó una fijación mental  con él;  averiguándolo he ido a dar donde toda clase de brujas y pitonisas, adivinos y charlatanes de todas las pelambres;  con decirles que me he vuelto un experto en el tema y sé con muy poco margen de error quien es acertado y quien no.  Bueno, bueno…. Pero que pasó con lo del accidente    -pregunta, interrumpiendo una de sus hermanas-    Justo a eso voy   -responde Mario-   hace hoy precisamente un mes que con un grupo de compañeros de la Facultad de Derecho de la Universidad de San Isidro   -donde estoy a punto de graduarme-    fuimos al aeropuerto a despedir a una pareja de amigos que partían a su luna de miel;  y estando en aquella misma sala    -como hace ya diez años-   el mismo viejo que tanto y tan tenazmente busqué se sienta a mi lado, me palmotea la espalda como si fuéramos viejos amigos  y me dice:   “Hijo, en un mes, a partir de hoy;  tu madre morirá”    -Cómo es eso, no, no me lo diga…que hago…?   Cómo que morirá…. No, no puede ser-     Yo todo aterrado me cogía la cabeza y manoteaba ante el viejo, que sólo atinaba a mirarme con sus ojos grises, de hielo;  de repente se levanta del asiento y empieza a alejarse mezclándose entre la multitud de gentes que a esa hora abarrotaban el corredor que intercomunica las salas de espera del aeropuerto.   Yo prácticamente corría a su lado gimoteando cuando un Policía me hace detener, me observa como si buscara algo en mí;  luego me arrastra hacia un rincón y procede a requisarme y a pasar revista de mis documentos;  cuando le exijo que me explique por qué me molesta me responde que en ese lugar no es normal que una persona corra y grite y que eso me hace sospechoso de algo y que además me conducirá a un lugar dónde requisarme más exhaustivamente;   todos mis compañeros nos rodean y explican con grandes voces que somos del mismo bando   -el bando de la justicia-   y además le cuentan detalladamente que estamos haciendo allí.    Finalmente el tipo me deja en paz, después de exigirme que le explique por que corría y de ofrecerle una disculpa y cuando le doy la explicación del asunto se limita a sonreír y a decirme con algo de sorna:  “Aquí se pasean muchos fantasmas;  no es el primero que da ese tipo de versiones.   –Y agrega-   A veces creo que muchas de las personas que uno ve aquí no son reales”   Yo, en mi defensa digo que el tipo me tocó en el hombro a manera de saludo;  pero el policía se limita a despedirse cortésmente y me deja hablando solo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario