jueves, 9 de agosto de 2012

JUSTICIA

                                                      
                                                      UNO :          “EL CUELLO ROTO”
          

Al salir de la ducha creyó escuchar el cerrojo de la puerta,  paró la oreja pero ya no escuchó nada más, con la toalla envuelta en la cintura salió del cuarto de baño y se dirigió al pequeño patiecito interno del apartamento, allí, entre macetas de flores artificiales y colgandejos de campanitas de cerámica que adornaban su estar de hombre soltero, se estregó fuertemente la espalda con la parte áspera de la toalla, inhaló aire hasta llenar sus pulmones, inclinado se secó ceremoniosamente los pies, dedo por dedo; entonces si se dirigió al cuarto.  No mostró sorpresa alguna al encontrar allí a Chelito;  ella lo esperaba recostada la cabecera de la enorme cama con una sonrisa coqueta, hermosísima en su rostro, algo le balbuceó;  pero Reinaldo no la escuchó, no la podía escuchar pues en su cabeza se proyectaba la película de su coquetería con Don Jesús -“viejo hijueputa”- se repetía a sí mismo cada vez que recordaba aquel cuadro grotesco del viejo verde acariciando las manos amadas de la negrita, mientras ella fingía derretirse de felicidad. Involuntariamente había presenciado aquella escena una mañana, al pasar por la plaza de mercado rumbo al parqueadero de las mulas; y desde eso no tenia sosiego, desde ese día soñaba con romperle el cuello y arrojarla al río; de echo ya  había ido allá, a elegir el lugar adecuado.

El reconocía que al encanto de la belleza de la negrita no era fácil sustraerse, pero a pesar de eso la odiaba;  la odiaba hasta rabiar, por puta, por coqueta, por dar  fácilmente a los demás lo que era suyo; lo que él sentía correr por entre sus propias venas;  lo que él inhalaba en el aire  al respirar:  La belleza fatal.

La graciosa coquetería de Chelito lo enloquecía hasta hacerlo delirar de amor, y ahora, se había trasmutado en veneno, en odio mortal; después de verla en esas circunstancias el hombre aullaba de dolor como una fiera herida clamando justicia y en este jodido mundo la única justicia posible para casos de esos era la muerte.  Sólo la muerte sería suficiente castigo para ese caso, fue la conclusión a que llegó.   ¿O no es con sangre con que está teñida la historia?   ¿O no es con sangre con lo que se ha amasado la amalgama del progreso de la humanidad?   ¿Era con sangre, sí o no, con que Yavé calmaba su ira según los relatos de su propia historia?   El, Reinaldo  Zamorano, gran hombre, superhombre, que honraba con su comportamiento su origen de hecho a la imagen y semejanza de su Dios, no iba a ser inferior a su justicia.  Reclamaba esa vida como suya en pago de la afrenta;  sudoroso, jadeante, agotado y feliz, soltó el cuello amado y ahora destrozado;  y, exhausto se recostó a su lado, con los ojos abiertos, mirando sin mirar al cielo falso del cuarto.
Después de un rato que le pareció eterno, en el que retomó la tranquilidad y el reposo; ya calmado, vio el cadáver de aquella muñequita sobre la cama, su figura graciosa ahora inanimada, con los ojos desmesuradamente abiertos, dilatados, sin vida.   Procedió con toda serenidad a cerrarlos, como si desempeñara una tarea;  tambien la despojó de las ropas y el calzado, de todo; la envolvió en una cobija de lana y la llevó al garaje y la sentó en la cabina de la camioneta, del lado del pasajero.   Regresó al cuarto y se echó sobre la cama, bocabajo, como si nada; al momento dormía profundamente.

Cuando el reloj despertador lo sacó de sus sueños, eran las  4 de la madrugada, se vistió rápidamente, se abrigó y salió a la calle; tras comprobar la absoluta soledad del frío amanecer abrió el garaje y salió en la camioneta suavemente, sin apresurarse.  Una vez en el lugar elegido previamente, se calzó un par de botas pantaneras, fue hasta el cerco y cortó los alambres que le cerraban el paso y luego regresó al carro y cargó por última vez a la que fuera su deliciosa muñequita, hecha ahora despojo.  Cuidadosamente recorrió el trecho que otras veces -de día- había recorrido calzado en las mismas botas, para acostumbrarse al terreno; descargó con suavidad el cadáver de aquel ser tan amado y tan odiado a la vez, y a manera de despedida, en tono muy bajo, musitó una oración.  El cadáver se hundió rápidamente en el agua; y él, regresó al carro abrigado con la misma cobija que le había servido de mortaja,  se descalzó las botas y las depositó en una bolsa de plástico en el platón del carro, se calzó sus zapatillas y echó a rodar.   Antes de llegar al parqueadero  a la salida del pueblo, a calentar la tracto mula, paso por la galería y discretamente descargó la bolsa con el par de botas, en la esperanza de que alguien las tomara y se sirviera de ellas.

En el parqueadero el hombre prende el camión para dejarlo calentar, mientras  tanto toma café, charla con otros chóferes y golpea con un martillo de goma las ruedas;  ríen, hacen bromas y luego, a la carretera, rumbo a la costa, a poner  kilómetros de por medio, a poner días y noches de por medio, a pasear esa tristeza, esa amargura, a ver otras tierras, otras gentes, a olvidar la sonrisa coqueta, hermosa, vívida y feliz de chelito;  quien a estas horas, mientras las langaritas del río se dan un banquete con su bello cuerpo, se revolcará en los mismísimos infiernos por puta, por faltona.

Chirrían las ruedas, suenan las cornetas eléctricas de los camiones;  el día se llenó de sol, de ruidos, el día trascurre espantosamente lento y el hombre acelera a fondo para huir de allí.  El paliativo del viaje no es lo que esperaba, no da tranquilidad, no merma la amargura.  A veces prende la radio pero lo aburre aún más la cantaleta de esos babosos locutores de voz fingida y la letanía perezosa  y monótona de las canciones.   Sólo Alfredo Sadel lo convence con su buena canción;  sólo esa le gusta,  él mismo la tararea a solas en su cabeza: “Mi corazón te ama y te necesita, solamente por ti sufre y palpita, aunque ya te saque del pensamiento. Pobre corazón mío sin tu cariño, se me muere de frío es como un niño…..”

                                                                                                                  

                       DOS :         “POBRE CORAZON MIO”


Han pasado ya seis o siete semanas desde aquella madrugada en la que quedó el cuello roto de Chelito marcando en la memoria de nuestro hombre un hito de gran importancia, podría decirse que su vida se transformó asombrosamente después de arrojar aquel cadáver al  río y regresar como si nada a retomar su vida  -sin que nada le estorbe en su conciencia-  Reynaldo va por los caminos en su camión trayendo y llevando  carga, yendo y viniendo y para nada lo atormenta o lo molesta aquel recuerdo, no; él lo asume sencillamente, como si ella se hubiera ido a otro lugar y él no supiera dónde. 
Extrañamente no la cela, no la recuerda ni la piensa, no ha regresado a su ciudad –se miente a sí mismo- por el gran volumen de trabajo, no por nada distinto; sabe con seguridad que en cualquier momento se conseguirá un tominejo –chofer ocasional- que le mueva el carro, que le haga unos turnos, para él poder darse un descanso y volver al pueblo; calentar la camioneta, calentar su enorme cama y volver a jugar  esos tremendos picaitos de futbolito cervecero con los muchachos de los talleres y las bodegas.  Mientras tanto se limita a cumplir sus tareas.  Mantiene un sabor amargo en la boca, como si masticara tabaco a toda hora la boca le sabe amarga, escasamente zapotea las viandas que le sirven en los restaurantes, antes de sentarse a la mesa  a almorzar o comer,  de hecho siente muy buen apetito y disposición  de ánimo, pero una vez que la comida es servida, una vez que empieza a saborearla, a paladearla, al compás que la va masticando y engullendo siente repugnancia y acaba por dejar los platos apenas zapoteados; sólo bebe, solamente disfruta las limonadas o guarapos o los diferentes jugos que sirven acompañando los platos; de hecho los consume como si necesitara apagar un incendio que ardiera en su interior.

En las tardes el hombre pasea  su amargura, deambula  con su inmensa carga de tristeza por las callecitas sucias y estrechas del puerto, que pobladas de chiquillos bulliciosos que corren en desorden tras una pelota de trapo o de goma, simulan ser más estrechas; húmedas de lluvia, en el bochorno de la tarde tambien es como si fueran más sucias.  Busca refugio en un café de esquina, allí, toma asiento  y la chica que lo ha visto entrar, lo mide con su mirada desapasionada , sabe que tomara 3 o 4 tragos, sabe tambien que no muestra gusto por ningún tipo de música ni por nada especial, no alterna ni parece interesado en tratar  con nadie. El hombre es un témpano, el hombre es una isla; lo único que hace mientras  quema su garganta con el ron, es juguetear con una servilleta entre sus dedos, rayarla, garrapatear en ella sabrá Dios qué.  Luego al momento de salir de allí, hará con ella una bolita y la arrojara a cualquier parte, a cualquier rincón del lugar y saldrá del café lento, aparentemente sin rumbo. 
La chica espera a que se aleje un poco y entonces hoy si decide investigar que es lo que ha hecho el desconocido en la servilleta.  Toma el papel y lo desarruga, lo alisa con la mano en el mostrador, ante la mirada inquisidora del cantinero que tambien está al tanto del asunto, y, juntos lo leen turbados, mas por la expectativa  que por el mensaje en sí: “Ya te saque del alma y pensamiento, ya nunca ni te siento ni te pienso”.  El cantinero comenta: Es una tusa, ese tipo lo que tiene es una pena de amor.  Esto en un trozo de una canción  de Alfredo Sadel que se llama:  “Pobre corazón mío”.     “Pobre hijueputa” diría yo, remata la chica entre risas.


                                         TRES:         “E S P E J I S M O S”



“Aunque rijan en mi alma tantas leyes….”  Dice un pequeño trozo de la canción que lo obsesiona; el hombre siente que definitivamente la monotonía del lugar donde se hospedan los camioneros lo ahoga, no solo por el insomnio que padece, ni siquiera por el hecho de que prácticamente no come; sino además,  por que tambien se le han hecho monótonos el bar, los diferentes caminaderos que frecuenta y el estribillo de la canción que repiquetea en su cerebro obstinadamente repitiendo que “….Mi corazón te ama y te necesita,  solamente por ti, sufre y palpita….”     Entonces decide marcharse.

Cae la tarde, a pesar de la enorme claridad que aun queda en el ambiente y del sofoco pegajoso de la alta temperatura, es tarde ya; anda sobre las siete o mas en la noche y el hombre taciturno entra en el hotel, pende sobre su hombro derecho un maletín de hule de esos en que los muchachos cargan los guayos y la medias de jugar fútbol.  El recepcionista le hace una exposición de los servicios del hotel de extracción popular, de calle  intermedia en aquel bochornoso puerto; hay cuartos de 48, de 32 y de 24.000 pesos, el mas económico, los ratos de dos horas a 7500.  El hombre se decide por un cuarto de 32000, pues a diferencia del de 24, este tiene baño privado. Se registra y se dirige al cuarto No 11 que es  el que le asigna el recepcionista; allí, solo hay una cama de lamina estrechada contra un rincón, tendida con un cobertor de hilo adornado con flores de tristes colores que acusan el desgaste de lavadas sucesivas en un tono grisáceo, descolorido por los soles y los vientos del trópico; y sobre una silla solitaria en la mesa de noche que ocupa un rincón con un pequeño televisor encima, reposa un toallón limpio y fresco, además de un rollo de papel y un pan de jabón.  El hombre prende el único bombillo del cuarto y desempaca del maletín un par de garras viejas que suplen unas chanclas, un tubo de crema dental y su cepillo respectivo; se despoja de la ropa y se ducha, como si tuviera prisa, luego se tira en la cama boca abajo, siente la brisa del abanico del techo recorrer sus espaldas y se duerme rápidamente.

Promediando la media noche el hombre se despierta, siente hambre entonces se viste para salir, pero como cosa especial, no encuentra en la maleta el cepillo de cabello, entra al cuarto de baño a tratar de arreglar un poco su desgreño y, con sorpresa ve en el fondo frío y plano del espejo a Chelito; es tal el susto que trata de gritar pero no logra modular, entonces ante el espejismo  el hombre huye.  Los ojos helados de la muerta lo observan desde ese fondo vacío y yerto del espejo como si quisieran hablarle.  Sale tal cual como está, erizado  con el pelo alborotado, en camiseta de mangas; tira, más que entregar, la llave en la recepción y gana la calle rápidamente. 
Al llegar a la esquina tropieza con un puesto de comestibles, compra una  arepa de huevo y continúa su marcha calle abajo lenta y perezosamente, aparentemente despreocupado.  Cae una garúa tenue, lo que llaman popularmente mojabobos;  el hombre no acusa incomodidad ninguna por esa brisa que le entrapa la ropa y que se acomoda en su mata de pelo alborotado.  Después de andar un largo trecho por la calle solitaria y tropezar con  un inmenso muro, que a manera de malecón divide la calle urbana propiamente dicha del puerto en sí, el hombre se regresa sobre sus pasos; compra café en cualquier puesto de la calle y nota  como la gente lo mira con sorna y asume que es por el pelo mojado y  alborotado; regresa al hotel a revolcarse en el camastrón sin poder conciliar el sueño.

Amanece, el hombre sale temprano, es domingo, quiso cambiar de hotel para intentar salir de la absurda monotonía que lo absorbía en el puerto,  donde lleva  ya tres meses. El recepcionista le informa que el horario del hotel cancela el día a las dos de la tarde, el hombre le paga el siguiente día y le manifiesta que no sabe cuanto se quedara, es posible que se madrugue mañana temprano, pues tiene un camión en el puerto.  El dependiente le ofrece un descuento si se quiere quedar allí la semana completa y además le obsequia un peine y un cojín de champú, haciéndole ver,  que parece  un vagabundo así;  pues su cara acusa una delgadez y una macilencia extremas.  El hombre, como si no hablara con el dependiente expresa con voz tímida:   “Sí, es que casi no duermo, aunque ya me la saqué del pensamiento”.  El pobre recepcionista lo mira con cara de idiota, pues no ha comprendido nada.  Deja la llave con el champú y el peine cerca del teléfono de recepción y gana la calle a grandes zancadas.
Por la calle de arriba que es una amplia avenida de dos carriles, con luminarias en el centro va discurriendo un desfile al parecer de estudiantes, la banda de guerra que marca los compases armoniosos de la marcha, esta integrada por niños y niñas que caminan marciales al compás del redoblante, luciendo sus hermosas casacas y sus gorras adornadas con botones y cordeles dorados;  las chicas calzan grandes y lustrosas polainas sobre los zapatos colegiales y las falditas cortas, de pliegues generosos, golpean rítmicamente sus hermosas y bien torneadas piernas.  De pronto el desfile se ve intervenido – mas que interrumpido- por un loquito que, paralelo a las bastoneras, a grandes zancadas marcadas al ritmo del redoblante, agitando los brazos cual bastones sobre su cabeza marcha con ellas; marcando el compás y girando sus brazos hace un giro de 90 grados y queda viendo el desfile de frente; en su visión mental, ve la cara de Chelito en las caras de cada una de  las chicas de la banda del desfile, se repite la cara de su amada negrita, la cara del amor.   Se lleva las manos al rostro y cae arrodillado sollozando, destapa su cara, mira nuevamente el desfile y sale a correr por la misma calle por donde vino.
Entra en alocada carrera al hotel, el dependiente en ese preciso momento esta en el baño, que queda en la parte trasera de la oficina, por tanto no lo ve;  el loquito toma las llaves del mismo sitio en que las dejo hace un rato y presuroso se dirige al cuarto.  Allí, después de cerrar, rompe en llanto, es un llanto profundo, casi silencioso, delira y convulsiona febrilmente; toma el rollo de papel que esta sobre la mesa para limpiar su cara de lágrimas, mocos y babas.

Afuera el desfile ha seguido su curso, el sol ha ganado ya un punto alto sobre el cielo de la ciudad, el día se llenó de sonidos, se va desperezando lentamente, pues es domingo y casi todo el mundo abandona tarde la cama.  Promediando el medio día, antes de sentarse a almorzar, el dependiente del hotel observa al pie del teléfono el cojín de champú  y el peine, entonces recuerda que el cliente dejó allí también la llave del cuarto, pero no recuerda haberla tomado. Va al cuarto número 11 y golpea suavemente a la puerta, al no encontrar respuesta vuelve a recepción y regresa de allí con un duplicado de la llave y acompañado de una camarera, que es una señora ya entrada en años;  a manera de posible testigo, pues como le dijo al llamarla para que lo acompañara:  “Uno nunca sabe lo que se puede encontrar, y es que este tipo es como loco”.   Quedan anonadados por la sorpresa al abrir el cuarto:  Literalmente el piso esta inundado de papel higiénico desenrollado y desparramado por todas partes, la cama revolcada y prácticamente todo revuelto, aunque en su sitio.  Pero de debajo de la mesa sale un gorjeo extraño, como de una avecilla herida, es un lamento rítmico, lento y triste.  Ahí, acurrucado, abrazando con sus largos brazos sus descarnadas pantorrillas y con la cabeza montada sobre las rodillas, sostenida allí en su barbilla, con los ojos desmesuradamente abiertos, hinchados y rojos de llorar, el hombre trémulo del pánico los mira.
 
En esa posición lo encontró la policía mas tarde al atender el llamado que desde el hotel les hicieran, y en esa posición continúa, sin parar de llorar, balbuciendo cosas ininteligibles y sin atinar a responder lo que le preguntan los policías; que para su sorpresa, tambien tienen la cara de chelito, su naricita achatadita y linda, sus labios carnosos y sonrientes y desde luego, sus ojos desmesuradamente abiertos y dilatados -que él cerró en su momento- pero que sabrá Dios cómo, se han vuelto a abrir para desde la otra vida mirarlo sin mirar, con esa mirada glacial y abandonada que tienen los muertos.