jueves, 9 de agosto de 2012

JUSTICIA

                                                      
                                                      UNO :          “EL CUELLO ROTO”
          

Al salir de la ducha creyó escuchar el cerrojo de la puerta,  paró la oreja pero ya no escuchó nada más, con la toalla envuelta en la cintura salió del cuarto de baño y se dirigió al pequeño patiecito interno del apartamento, allí, entre macetas de flores artificiales y colgandejos de campanitas de cerámica que adornaban su estar de hombre soltero, se estregó fuertemente la espalda con la parte áspera de la toalla, inhaló aire hasta llenar sus pulmones, inclinado se secó ceremoniosamente los pies, dedo por dedo; entonces si se dirigió al cuarto.  No mostró sorpresa alguna al encontrar allí a Chelito;  ella lo esperaba recostada la cabecera de la enorme cama con una sonrisa coqueta, hermosísima en su rostro, algo le balbuceó;  pero Reinaldo no la escuchó, no la podía escuchar pues en su cabeza se proyectaba la película de su coquetería con Don Jesús -“viejo hijueputa”- se repetía a sí mismo cada vez que recordaba aquel cuadro grotesco del viejo verde acariciando las manos amadas de la negrita, mientras ella fingía derretirse de felicidad. Involuntariamente había presenciado aquella escena una mañana, al pasar por la plaza de mercado rumbo al parqueadero de las mulas; y desde eso no tenia sosiego, desde ese día soñaba con romperle el cuello y arrojarla al río; de echo ya  había ido allá, a elegir el lugar adecuado.

El reconocía que al encanto de la belleza de la negrita no era fácil sustraerse, pero a pesar de eso la odiaba;  la odiaba hasta rabiar, por puta, por coqueta, por dar  fácilmente a los demás lo que era suyo; lo que él sentía correr por entre sus propias venas;  lo que él inhalaba en el aire  al respirar:  La belleza fatal.

La graciosa coquetería de Chelito lo enloquecía hasta hacerlo delirar de amor, y ahora, se había trasmutado en veneno, en odio mortal; después de verla en esas circunstancias el hombre aullaba de dolor como una fiera herida clamando justicia y en este jodido mundo la única justicia posible para casos de esos era la muerte.  Sólo la muerte sería suficiente castigo para ese caso, fue la conclusión a que llegó.   ¿O no es con sangre con que está teñida la historia?   ¿O no es con sangre con lo que se ha amasado la amalgama del progreso de la humanidad?   ¿Era con sangre, sí o no, con que Yavé calmaba su ira según los relatos de su propia historia?   El, Reinaldo  Zamorano, gran hombre, superhombre, que honraba con su comportamiento su origen de hecho a la imagen y semejanza de su Dios, no iba a ser inferior a su justicia.  Reclamaba esa vida como suya en pago de la afrenta;  sudoroso, jadeante, agotado y feliz, soltó el cuello amado y ahora destrozado;  y, exhausto se recostó a su lado, con los ojos abiertos, mirando sin mirar al cielo falso del cuarto.
Después de un rato que le pareció eterno, en el que retomó la tranquilidad y el reposo; ya calmado, vio el cadáver de aquella muñequita sobre la cama, su figura graciosa ahora inanimada, con los ojos desmesuradamente abiertos, dilatados, sin vida.   Procedió con toda serenidad a cerrarlos, como si desempeñara una tarea;  tambien la despojó de las ropas y el calzado, de todo; la envolvió en una cobija de lana y la llevó al garaje y la sentó en la cabina de la camioneta, del lado del pasajero.   Regresó al cuarto y se echó sobre la cama, bocabajo, como si nada; al momento dormía profundamente.

Cuando el reloj despertador lo sacó de sus sueños, eran las  4 de la madrugada, se vistió rápidamente, se abrigó y salió a la calle; tras comprobar la absoluta soledad del frío amanecer abrió el garaje y salió en la camioneta suavemente, sin apresurarse.  Una vez en el lugar elegido previamente, se calzó un par de botas pantaneras, fue hasta el cerco y cortó los alambres que le cerraban el paso y luego regresó al carro y cargó por última vez a la que fuera su deliciosa muñequita, hecha ahora despojo.  Cuidadosamente recorrió el trecho que otras veces -de día- había recorrido calzado en las mismas botas, para acostumbrarse al terreno; descargó con suavidad el cadáver de aquel ser tan amado y tan odiado a la vez, y a manera de despedida, en tono muy bajo, musitó una oración.  El cadáver se hundió rápidamente en el agua; y él, regresó al carro abrigado con la misma cobija que le había servido de mortaja,  se descalzó las botas y las depositó en una bolsa de plástico en el platón del carro, se calzó sus zapatillas y echó a rodar.   Antes de llegar al parqueadero  a la salida del pueblo, a calentar la tracto mula, paso por la galería y discretamente descargó la bolsa con el par de botas, en la esperanza de que alguien las tomara y se sirviera de ellas.

En el parqueadero el hombre prende el camión para dejarlo calentar, mientras  tanto toma café, charla con otros chóferes y golpea con un martillo de goma las ruedas;  ríen, hacen bromas y luego, a la carretera, rumbo a la costa, a poner  kilómetros de por medio, a poner días y noches de por medio, a pasear esa tristeza, esa amargura, a ver otras tierras, otras gentes, a olvidar la sonrisa coqueta, hermosa, vívida y feliz de chelito;  quien a estas horas, mientras las langaritas del río se dan un banquete con su bello cuerpo, se revolcará en los mismísimos infiernos por puta, por faltona.

Chirrían las ruedas, suenan las cornetas eléctricas de los camiones;  el día se llenó de sol, de ruidos, el día trascurre espantosamente lento y el hombre acelera a fondo para huir de allí.  El paliativo del viaje no es lo que esperaba, no da tranquilidad, no merma la amargura.  A veces prende la radio pero lo aburre aún más la cantaleta de esos babosos locutores de voz fingida y la letanía perezosa  y monótona de las canciones.   Sólo Alfredo Sadel lo convence con su buena canción;  sólo esa le gusta,  él mismo la tararea a solas en su cabeza: “Mi corazón te ama y te necesita, solamente por ti sufre y palpita, aunque ya te saque del pensamiento. Pobre corazón mío sin tu cariño, se me muere de frío es como un niño…..”

                                                                                                                  

                       DOS :         “POBRE CORAZON MIO”


Han pasado ya seis o siete semanas desde aquella madrugada en la que quedó el cuello roto de Chelito marcando en la memoria de nuestro hombre un hito de gran importancia, podría decirse que su vida se transformó asombrosamente después de arrojar aquel cadáver al  río y regresar como si nada a retomar su vida  -sin que nada le estorbe en su conciencia-  Reynaldo va por los caminos en su camión trayendo y llevando  carga, yendo y viniendo y para nada lo atormenta o lo molesta aquel recuerdo, no; él lo asume sencillamente, como si ella se hubiera ido a otro lugar y él no supiera dónde. 
Extrañamente no la cela, no la recuerda ni la piensa, no ha regresado a su ciudad –se miente a sí mismo- por el gran volumen de trabajo, no por nada distinto; sabe con seguridad que en cualquier momento se conseguirá un tominejo –chofer ocasional- que le mueva el carro, que le haga unos turnos, para él poder darse un descanso y volver al pueblo; calentar la camioneta, calentar su enorme cama y volver a jugar  esos tremendos picaitos de futbolito cervecero con los muchachos de los talleres y las bodegas.  Mientras tanto se limita a cumplir sus tareas.  Mantiene un sabor amargo en la boca, como si masticara tabaco a toda hora la boca le sabe amarga, escasamente zapotea las viandas que le sirven en los restaurantes, antes de sentarse a la mesa  a almorzar o comer,  de hecho siente muy buen apetito y disposición  de ánimo, pero una vez que la comida es servida, una vez que empieza a saborearla, a paladearla, al compás que la va masticando y engullendo siente repugnancia y acaba por dejar los platos apenas zapoteados; sólo bebe, solamente disfruta las limonadas o guarapos o los diferentes jugos que sirven acompañando los platos; de hecho los consume como si necesitara apagar un incendio que ardiera en su interior.

En las tardes el hombre pasea  su amargura, deambula  con su inmensa carga de tristeza por las callecitas sucias y estrechas del puerto, que pobladas de chiquillos bulliciosos que corren en desorden tras una pelota de trapo o de goma, simulan ser más estrechas; húmedas de lluvia, en el bochorno de la tarde tambien es como si fueran más sucias.  Busca refugio en un café de esquina, allí, toma asiento  y la chica que lo ha visto entrar, lo mide con su mirada desapasionada , sabe que tomara 3 o 4 tragos, sabe tambien que no muestra gusto por ningún tipo de música ni por nada especial, no alterna ni parece interesado en tratar  con nadie. El hombre es un témpano, el hombre es una isla; lo único que hace mientras  quema su garganta con el ron, es juguetear con una servilleta entre sus dedos, rayarla, garrapatear en ella sabrá Dios qué.  Luego al momento de salir de allí, hará con ella una bolita y la arrojara a cualquier parte, a cualquier rincón del lugar y saldrá del café lento, aparentemente sin rumbo. 
La chica espera a que se aleje un poco y entonces hoy si decide investigar que es lo que ha hecho el desconocido en la servilleta.  Toma el papel y lo desarruga, lo alisa con la mano en el mostrador, ante la mirada inquisidora del cantinero que tambien está al tanto del asunto, y, juntos lo leen turbados, mas por la expectativa  que por el mensaje en sí: “Ya te saque del alma y pensamiento, ya nunca ni te siento ni te pienso”.  El cantinero comenta: Es una tusa, ese tipo lo que tiene es una pena de amor.  Esto en un trozo de una canción  de Alfredo Sadel que se llama:  “Pobre corazón mío”.     “Pobre hijueputa” diría yo, remata la chica entre risas.


                                         TRES:         “E S P E J I S M O S”



“Aunque rijan en mi alma tantas leyes….”  Dice un pequeño trozo de la canción que lo obsesiona; el hombre siente que definitivamente la monotonía del lugar donde se hospedan los camioneros lo ahoga, no solo por el insomnio que padece, ni siquiera por el hecho de que prácticamente no come; sino además,  por que tambien se le han hecho monótonos el bar, los diferentes caminaderos que frecuenta y el estribillo de la canción que repiquetea en su cerebro obstinadamente repitiendo que “….Mi corazón te ama y te necesita,  solamente por ti, sufre y palpita….”     Entonces decide marcharse.

Cae la tarde, a pesar de la enorme claridad que aun queda en el ambiente y del sofoco pegajoso de la alta temperatura, es tarde ya; anda sobre las siete o mas en la noche y el hombre taciturno entra en el hotel, pende sobre su hombro derecho un maletín de hule de esos en que los muchachos cargan los guayos y la medias de jugar fútbol.  El recepcionista le hace una exposición de los servicios del hotel de extracción popular, de calle  intermedia en aquel bochornoso puerto; hay cuartos de 48, de 32 y de 24.000 pesos, el mas económico, los ratos de dos horas a 7500.  El hombre se decide por un cuarto de 32000, pues a diferencia del de 24, este tiene baño privado. Se registra y se dirige al cuarto No 11 que es  el que le asigna el recepcionista; allí, solo hay una cama de lamina estrechada contra un rincón, tendida con un cobertor de hilo adornado con flores de tristes colores que acusan el desgaste de lavadas sucesivas en un tono grisáceo, descolorido por los soles y los vientos del trópico; y sobre una silla solitaria en la mesa de noche que ocupa un rincón con un pequeño televisor encima, reposa un toallón limpio y fresco, además de un rollo de papel y un pan de jabón.  El hombre prende el único bombillo del cuarto y desempaca del maletín un par de garras viejas que suplen unas chanclas, un tubo de crema dental y su cepillo respectivo; se despoja de la ropa y se ducha, como si tuviera prisa, luego se tira en la cama boca abajo, siente la brisa del abanico del techo recorrer sus espaldas y se duerme rápidamente.

Promediando la media noche el hombre se despierta, siente hambre entonces se viste para salir, pero como cosa especial, no encuentra en la maleta el cepillo de cabello, entra al cuarto de baño a tratar de arreglar un poco su desgreño y, con sorpresa ve en el fondo frío y plano del espejo a Chelito; es tal el susto que trata de gritar pero no logra modular, entonces ante el espejismo  el hombre huye.  Los ojos helados de la muerta lo observan desde ese fondo vacío y yerto del espejo como si quisieran hablarle.  Sale tal cual como está, erizado  con el pelo alborotado, en camiseta de mangas; tira, más que entregar, la llave en la recepción y gana la calle rápidamente. 
Al llegar a la esquina tropieza con un puesto de comestibles, compra una  arepa de huevo y continúa su marcha calle abajo lenta y perezosamente, aparentemente despreocupado.  Cae una garúa tenue, lo que llaman popularmente mojabobos;  el hombre no acusa incomodidad ninguna por esa brisa que le entrapa la ropa y que se acomoda en su mata de pelo alborotado.  Después de andar un largo trecho por la calle solitaria y tropezar con  un inmenso muro, que a manera de malecón divide la calle urbana propiamente dicha del puerto en sí, el hombre se regresa sobre sus pasos; compra café en cualquier puesto de la calle y nota  como la gente lo mira con sorna y asume que es por el pelo mojado y  alborotado; regresa al hotel a revolcarse en el camastrón sin poder conciliar el sueño.

Amanece, el hombre sale temprano, es domingo, quiso cambiar de hotel para intentar salir de la absurda monotonía que lo absorbía en el puerto,  donde lleva  ya tres meses. El recepcionista le informa que el horario del hotel cancela el día a las dos de la tarde, el hombre le paga el siguiente día y le manifiesta que no sabe cuanto se quedara, es posible que se madrugue mañana temprano, pues tiene un camión en el puerto.  El dependiente le ofrece un descuento si se quiere quedar allí la semana completa y además le obsequia un peine y un cojín de champú, haciéndole ver,  que parece  un vagabundo así;  pues su cara acusa una delgadez y una macilencia extremas.  El hombre, como si no hablara con el dependiente expresa con voz tímida:   “Sí, es que casi no duermo, aunque ya me la saqué del pensamiento”.  El pobre recepcionista lo mira con cara de idiota, pues no ha comprendido nada.  Deja la llave con el champú y el peine cerca del teléfono de recepción y gana la calle a grandes zancadas.
Por la calle de arriba que es una amplia avenida de dos carriles, con luminarias en el centro va discurriendo un desfile al parecer de estudiantes, la banda de guerra que marca los compases armoniosos de la marcha, esta integrada por niños y niñas que caminan marciales al compás del redoblante, luciendo sus hermosas casacas y sus gorras adornadas con botones y cordeles dorados;  las chicas calzan grandes y lustrosas polainas sobre los zapatos colegiales y las falditas cortas, de pliegues generosos, golpean rítmicamente sus hermosas y bien torneadas piernas.  De pronto el desfile se ve intervenido – mas que interrumpido- por un loquito que, paralelo a las bastoneras, a grandes zancadas marcadas al ritmo del redoblante, agitando los brazos cual bastones sobre su cabeza marcha con ellas; marcando el compás y girando sus brazos hace un giro de 90 grados y queda viendo el desfile de frente; en su visión mental, ve la cara de Chelito en las caras de cada una de  las chicas de la banda del desfile, se repite la cara de su amada negrita, la cara del amor.   Se lleva las manos al rostro y cae arrodillado sollozando, destapa su cara, mira nuevamente el desfile y sale a correr por la misma calle por donde vino.
Entra en alocada carrera al hotel, el dependiente en ese preciso momento esta en el baño, que queda en la parte trasera de la oficina, por tanto no lo ve;  el loquito toma las llaves del mismo sitio en que las dejo hace un rato y presuroso se dirige al cuarto.  Allí, después de cerrar, rompe en llanto, es un llanto profundo, casi silencioso, delira y convulsiona febrilmente; toma el rollo de papel que esta sobre la mesa para limpiar su cara de lágrimas, mocos y babas.

Afuera el desfile ha seguido su curso, el sol ha ganado ya un punto alto sobre el cielo de la ciudad, el día se llenó de sonidos, se va desperezando lentamente, pues es domingo y casi todo el mundo abandona tarde la cama.  Promediando el medio día, antes de sentarse a almorzar, el dependiente del hotel observa al pie del teléfono el cojín de champú  y el peine, entonces recuerda que el cliente dejó allí también la llave del cuarto, pero no recuerda haberla tomado. Va al cuarto número 11 y golpea suavemente a la puerta, al no encontrar respuesta vuelve a recepción y regresa de allí con un duplicado de la llave y acompañado de una camarera, que es una señora ya entrada en años;  a manera de posible testigo, pues como le dijo al llamarla para que lo acompañara:  “Uno nunca sabe lo que se puede encontrar, y es que este tipo es como loco”.   Quedan anonadados por la sorpresa al abrir el cuarto:  Literalmente el piso esta inundado de papel higiénico desenrollado y desparramado por todas partes, la cama revolcada y prácticamente todo revuelto, aunque en su sitio.  Pero de debajo de la mesa sale un gorjeo extraño, como de una avecilla herida, es un lamento rítmico, lento y triste.  Ahí, acurrucado, abrazando con sus largos brazos sus descarnadas pantorrillas y con la cabeza montada sobre las rodillas, sostenida allí en su barbilla, con los ojos desmesuradamente abiertos, hinchados y rojos de llorar, el hombre trémulo del pánico los mira.
 
En esa posición lo encontró la policía mas tarde al atender el llamado que desde el hotel les hicieran, y en esa posición continúa, sin parar de llorar, balbuciendo cosas ininteligibles y sin atinar a responder lo que le preguntan los policías; que para su sorpresa, tambien tienen la cara de chelito, su naricita achatadita y linda, sus labios carnosos y sonrientes y desde luego, sus ojos desmesuradamente abiertos y dilatados -que él cerró en su momento- pero que sabrá Dios cómo, se han vuelto a abrir para desde la otra vida mirarlo sin mirar, con esa mirada glacial y abandonada que tienen los muertos.

martes, 3 de julio de 2012

ULTRAJE



Capitulo  primero  :  “El engaño”


Alba  Fanny  Amaya  abrió lentamente los ojos, observó el ambiente que la rodeaba;  paseó la mirada por el cielo-raso de blanco impoluto, agredido únicamente por una lámpara de luces indirectas, en acero inoxidable;   comprendió que estaba en una habitación de hospital.   Trató de hacer un giro,  no pudo;  entonces entendió que solo podía disponer de sus ojos.  Comprendió que únicamente disponía de su mirada.     Los demás miembros de su cuerpo ni siquiera los sentía;  intentando modular alguna palabra fue cayendo en un sueño pesado, sintió su cuerpo caer en picada como si fuera el de un trapecista lanzado al vacío y  se sumió nuevamente en las profundas brumas del sueño.

Casi una hora después despertó de nuevo.   La agradable brisa de aire frío recorrió las partes de su cuerpo que están destapadas   –entonces comprendió que recuperó la sensibilidad-.   Ya siente un leve dolor en la mano penetrada por el catéter.   Siente tambien la frescura del aire en sus hombros y en su cuello.  Ahora descubre que tiene una careta transparente en su rostro a manera de mascarilla.  –Tiene oxígeno-  deduce que su caso debe revestir alguna gravedad.   “Que extraño, no recuerdo nada”   se dice a sí misma.   En ese mismo momento escucha  una voz suave que le dice:  ¡¡Hola mi niña, al fin despiertas!!   Giró un poco la cabeza y vio a una dama ya mayor, de aspecto bonachón abandonar un asiento cerca de allí y aproximarse a ella.   Lo primero que hace la enfermera es comprobar el pulso, examinándolo con una mano y observando simultáneamente el reloj.   -Mientras cumple con ese trabajo le habla-   hace comentarios acerca de lo bien y lo rápido que salió del sopor de la anestesia.  Luego de leer en una especie de pantalla unas indicaciones le retira la careta del oxígeno y de manera simultánea le advierte que permanezca en silencio unos diez minutos antes de hablar.   Y se concentra en observar como asume la paciente el cambio de respiración asistida a respiración normal.

Alba Fanny se revolcó un poco en su lecho, comprobó la movilidad de cada uno de sus pies y de sus manos;  mueve sus dedos.    Nada le duele, respira bien, escucha bien.    Carraspea un poco antes de hablar y con cierta timidez   –como si  decirlo le trajera consecuencias graves-  pide agua.  Agua ?   Preguntó la señora que aparentaba estar oculta bajo ese gorro de enfermera.  Si,  déme agua que siento seca la boca   -expresó tímidamente-.   La señora toma un paquete de gasa y mientras lo humedece dice en voz alta a manera de respuesta:  Ay, olvide que al cambiar la respiración, el aire frío reseca la garganta;  actúa igual que el polvo al ser inhalado.   Y simultáneamente acerca a los labios de Alba Fanny el objeto de gasa humedecido y a manera de dispensador le permite chupar de él y humedecer sus labios y su garganta.

Bueno, dígame señora:  Dónde estoy ?...... qué hago aquí ?....  por qué motivo despierto en una cama de hospital ?   Aquella señora la mira a los ojos por primera vez,   –con temor-   con esa mirada avergonzada, escurridiza y taimada con que mira el que miente.    Alba Fanny a leer el temor en esa mirada se contagia y es invadida súbitamente por el miedo;  ahora tiene ante sí a una vieja de mirada torva y escurridiza   –como de una rata-   ahora tiene ante ella a la culpable de una trasgresión, más que a una enfermera;  intuye que está frente a la cómplice de su desgracia;  entonces insiste en preguntar:  Por dios qué pasa, qué hago yo aquí,  dígame usted ?   La enfermera, como si quisiere refugiarse bajo la cama se agacha un poco y desde ahí, sin dignarse mirarla, le responde:   Que pena mi niña, pero yo no se nada.   Cuando  recibí el turno a las seis de la tarde ya tu estabas aquí.   Yo sólo se lo que dice la hoja de rutina que me guía para asistirte, para dispensarte los medicamentos y cuidarte.   La chica la mira con esa mirada desprovista de astucia, con esa mirada pasiva con que miran las víctimas a sus verdugos.   Está embargada por la pena, hecha un mar de dudas; entonces pregunta nuevamente:   Dónde estamos ?    Qué es esto aquí ?   La señora insegura, nerviosa, en esa actitud ampulosa y descalificadora con que una madre mira a su chico antes de aplastarlo con un “No te hagas el majadero que lo sabes muy bien”         Fingiendo la voz para suavizarla casi hasta la dulzura le dice:   Cómo,  acaso no lo sabes ?..... Estamos en la clínica del doctor Rossy…..esta es la clínica privada del doctor  Jacobo Rossy,  el famoso gineco-obstetra italiano.   –El mejor en toda la costa-    La señora no para de hablar ponderando a la afamada clínica y a su   –según ella-  famosísimo propietario; el flamante médico italiano de gran prestigio.

La chica mientras escucha hablar a la enfermera, hace un recuento de su situación.   Ahora le resulta evidente que está ahí por su propia decisión, había venido a consulta con un médico ginecólogo;  el tipo determinaría si estaba realmente embarazada para empezar desde ya a controlarla.   Si algo quería ella en la vida era embarazarse de Jaime  -su amor-.   Adoraba en tan desproporcionada dimensión a su hombre, que ciega y loca de amor por él, en cada entrega se daba en totalidad, en cada entrega se daba a tope.  Y él,  se prodigaba también en esas entregas febriles y apasionadas,  -enloquecedoras-  en que se entregaban el uno a la otra sin ambagues   -con todo-   ella sabía bien que él la adoraba, sentía como vibraba de amor por ella en esas comuniones amorosas donde ambos rozaban  la locura, hasta alcanzar el frenesí.

De pronto como una ráfaga de viento helado, cruzo por su mente la duda:  El mismo, él personalmente le daba cada día la pastilla de planificar.  Aprontaba el vaso con agua y le introducía la pastilla a la boca;  y claro, ella la escondía hábilmente bajo la lengua hasta que hubiera ocasión de arrojarla, por que ella quería quedar, aunque él no.   Con muchos y muy importantes argumentos el sustentaba reiteradamente su tesis de que no debían  de “encargar”;  que no estaba bien “reproducirse como ratones”.  Solía decir que echar un “polvito” sin prevención era amargarse la vida.  Y claro, ella defendía lo suyo:  El milagro del amor palpitando en su regazo  -con sus ojos negros profundos-  con sus grandes manos de artista, con su sonrisa jovial;  mejor aún:   -El en miniatura-   para nada una criaturita que solo daba amor les iba a amargar la vida.  Y,  -pensaba ahora-  esas discusiones se prolongaban largamente, ella que sí  …–por fa…-   Y  él:  ¡¡ Que no, y no y punto !!

Un buen día la bendita pasta falló, claro:   -como no iba a fallar si ella la arrojaba-   Estalló de felicidad, gritó de la alegría;  él serio, parco, solo atinó a decir:  “Será como tu quieras”.   Entonces vino la prueba inicial: positivo.  El se fingió feliz, le dijo como de pasada que pediría una cita con un buen médico  -el mejor-   pues quería que estuviera muy bien cuidada.   Dos o tres días después le dijo:  Mañana vamos a consulta con un muy buen ginecólogo, a las siete y media;  yo voy contigo.
Al entrar a la consulta ella llenó un formulario y lo firmó, y firmó además otros papeles.  Y claro   –Jaime allí-   tan atento, tan galante.   Dónde estaría ahora ?   Se animó a preguntar de nuevo:  Señora, el médico cuando viene ?   La señora le respondió que solo eran las cinco y cuarto de la madrugada y que el médico llegaba después de las seis.   Trató de conciliar un poco mas el sueño pero fue en vano;  Jaime danzaba en su cabeza, como un mal presagio,   -escurridizo y temeroso-.    Alba Fanny empezó a presentir algo muy malo.
El médico llegó muy puntual.  Era un hombre de gran estatura, pero le pareció demasiado delgado;  de barba rubia   –bien arreglada-   tenia en la voz un ligero acento extranjero;  de finas maneras y muy seguro al conducirse.    Empezó a examinarla lentamente,  palpando con mano ágil el vientre, el bajo vientre y la vagina;  preguntando simultáneamente si duele aquí o acá, y claro, ella contestando.    Luego escribe algo en un formulario pegado a una tabla con un gancho de presión.   Habla con la enfermera que recibe el turno y la instruye.   –Allí cae en cuenta Alba Fanny, que la señora que amaneció con ella ya no está y siente un poco de pena al comprobar que no dijo ni adiós-  Cuando ya el médico se va a retirar le toma una mano en un gesto de dulzura  –casi paternal-   y le pregunta si quiere algo, si necesita algo.   Ella le dice que no con un movimiento de cabeza y acto seguido le pregunta por Jaime.  El médico dice que cree que vendrá mas tarde y se despide.

La nueva dama acompañante es tal cual como la que se fue:  atenta, solícita y conversadora.   Le explica que deberá asearse por si misma y la anima a que si necesita ayuda se lo haga saber.   Promediando el medio día  Alba Fanny recibe la visita de Jaime;   él,  con fingida alegría le besa la mejilla, le sonríe y le pregunta como se siente;  y finalmente, le comunica que ya se van;  ya  están preparando la cuenta para llevarla de regreso a casa.   Ella se limita a observarlo y piensa :  por que nadie me dice que me pasó ?   qué me sucedió ?    -Intuye-   sabe lo peor;   pero no tiene el valor de expresarlo.

                           

Capitulo   Segundo  :     “ R o s a s ”


Ya ha transcurrido un día en casa;  al lujoso apartamento del condominio  “Las amapolas”,  en cuarto piso, con vista al mar, amplio y muy acogedor;  llega en la mañana Jaime Rivera,  el joven empresario sale del ascensor que lo deja directamente en la sala de  recibo de su apartamento.  No amanece ahí pues está casado y para nada en el mundo esta dispuesto a arriesgar su matrimonio;    -de esto ya se ha hablado muchas veces,  es por esta  razón que no quiere descendencia-.   Con Alba Fanny viven bien, se comprenden y se quieren.   La ama, pero definitivamente por nada del mundo quiere tener hijos extramatrimoniales y ni hablar de la posibilidad de una separación o de un divorcio, no;   ni siquiera está dentro de las posibilidades.   
Nunca lo ha dicho en voz alta,  pero un divorcio le costaría una fortuna, lo descuadraría de una manera tremenda y él no piensa correr ese riesgo.  Prefiere vivir en el infierno de su matrimonio,  a destrozar su familia y menoscabar su imperio económico, por un amor que al fin y al cabo ya es suyo;  al fin y al cabo ya disfruta de ese paraíso de amor, que le sirve de soporte y de contraparte a ese matrimonio que lo asfixia y lo oprime, donde lo  único que realmente vale la pena son sus hijos.

Pensando en estas cosas entra en casa y encuentra que todo está tal cual como lo dejó la noche anterior;  entra a la alcoba y ahí, recostada en los altos almohadones a manera de cabecera está Alba Fanny;  con la mirada perdida hacia el ventanal, lejana, como si durmiera con los ojos abiertos, encharcados.   El, solícito, se acerca, besa suavemente sus mejillas y a manera de saludo formula unas palabras suaves, a su oído.   Ella nada dice, por sus mejillas se desprenden las lágrimas lentas; llora en silencio, llora sin aspavientos; calmadamente se desgranan como gotas de rocío transparentes sus lágrimas. 

El observa que en la mesa de noche están la jarra de agua, la jarra de jugo y la bandeja con la cena;  todo está allí sin dar señales de haber sido tocado por la señora de la casa.   Entonces la increpa:   Bueno, dime que pasa…… es que tú me quieres enloquecer a mí…. ?     ¡¡ Tu no paras de llorar mujer por Dios !!   -Calla y observa-   Alba Fanny,  como si no fuera con ella con quien hablara, nada dice.   No da muestras de haber escuchado.   El hombre   -paciente-   se acerca,  se sienta al borde de la cama y le toma la mano, se la lleva a la cara y la rosa en su mejilla, la cubre de besos.   Por favor   –dice con suavidad-  Dime algo.   Háblame de lo que piensas.   Enróstrame mi pecado, por favor;  no me hagas esto de verte consumir en llanto,  sin siquiera quejarte…..   -Sube la voz-  ¡¡ Dime algo por Dios !!    Insúltame, grítame, pégame en el rostro, haz algo….   –Grita-   Yo voy a enloquecer si sigues así.     Se levanta de allí.   La mira por un momento como esperando una respuesta, toma la chaqueta que previamente colgó del perchero al entrar, da grandes pasos por la amplia habitación gesticulando y finalmente se sienta en la salita de estar que ocupa un rincón de cuarto, donde solían ver TV o escuchar música.   Allí sentado se toma la cabeza con ambas manos y dice como para sí:   Qué debo hacer Dios?   Qué debo hacer ?

Alba Fanny lo observa a través de las brumosas lágrimas, siente un poco de piedad por él, por su sufrimiento;   cuando cree que se va a ablandar hace el esfuerzo de recordarse a sí misma en el feliz embarazo, en el enredo de llevarla  a esa clínica a una consulta y con ese engaño cogerle   –firmada-   la autorización para el legrado.   Cómo le tiende esa tremenda trampa ese ángel de amor ?   Ese ser tan tierno….. ese semidios….?    Cómo Jaime mata a su propio hijo y ella lo va a perdonar ?    No, no y no.    –Ahora es cuando ve lo egoísta que ha sido este hombre-   ahora es que lo empieza a conocer realmente;  es la misma mentira de la seducción ocultando el matrimonio;  es la misma mentira para conseguir aplazar el embarazo.   Ahora reconoce claramente a aquel monstruo de amor, manipulador, engañador, abusador;        -como la siniestra araña-   tejió con tiempo su tela;  urdió con tiempo el engaño y allí hizo caer a su propio hijo;  allí lo cazó y lo eliminó como eliminan a sus rivales los de cuello blanco:   Por terceras manos.

Ha llegado la mucama, es una negrita menuda, de rostro gentil y de muy buenas maneras.  Jaime apenas ve entrar a la chica la toma por el brazo y salen juntos hacia el patio de ropas;   ahí entre materas de plantas hermosas              –florecidas-    el señor habla a la chica, y le recomienda que haga que su patrona coma, que la haga beber    –o se deshidratara-    que en lo posible la haga levantar y le insiste en que la haga salir de ahí;  que la lleve a la playa; que se esfuerce en convencerla de reanimarse;  y él, se lo agradecerá;   personalmente   –promete-   la compensará.    Y agrega que así como pagó por ese daño, puede también pagar por la reparación.

Y así, entre promesas y recomendaciones explica que debe irse pues está en el tiempo límite para llegar a una muy importante cita de negocios.   Al pasar por la alcoba mira a su mujer que está en la misma posición de antes y sin acercarse a ella, sale dando un portazo.

Un rato después entra la mucama, saluda a su señora y le pregunta si le prepara un café, o si quiere una rebanada de pastel, una tortilla o algo;  trata inútilmente de establecer el dialogo, pero es tan de pocas palabras que desiste rápidamente sin lograr siquiera que la señora le conteste algo.    Luego comenta que el señor quiere que beba, quiere que coma, quiere que salga a caminar por la playa.   Le pide por favor que se anime, que le conteste algo, que aunque sea sin palabras le de una señal de que la escucha y la comprende;  pero Alba Fanny es una muralla;  Finalmente la muchacha desiste de su empeño.   
El ding-dong del timbre la hace salir.   De portería anuncian a un mensajero por el citófono interno y la chica luego de contestar va  a la puerta a esperar;  recibe un gran ramo de rosas.   Son las rosas mas hermosas y frescas y es el ramo mas grande que la mucama ha visto en su vida;  vienen con una tarjeta hermosísima con una inscripción pidiendo perdón.   La chica entra en la alcoba  portando tal belleza,  feliz;    -tan feliz como si fueran para ella aquellas rosas-    las lleva ante la señora y le expresa con alegría lo que es.    Pero la señora no sale de su mutismo;   la señora no se digna siquiera mirar el ramo y nada le responde, nada de lo que la chica dice le merece una respuesta.

Cansada de esa situación la mucama deposita el ramo en la mesita de centro de la salita de TV, donde estuvo sentado su patrón y sale.   Su alegría se ha tornado en tristeza, está muy preocupada por la señora.

                                     

C a p i t u l o    Tercero :              “Conciencia”


Amanece el segundo día, en el apartamento del conjunto residencial Las amapolas, Alba Fanny Amaya se levanta, corre la hermosa cortina de prenses, entonces la claridad invade su cuarto mezclada con los trinos y gorjeos de las avecillas mañaneras que juguetonas, con sus ruidosas travesuras empiezan a poblar el día, a enriquecerlo a la par con la luminosidad matinal.   Apoyada en el alfeizar de la ventana,  mira allá lejos, posa su mirada en esa línea intangible que marca un trazo caprichoso entre el azul ágil  y  trémulo del agua  y  el  azul estático  y sereno del cielo;   allá donde seguramente queda lo que las gentes llaman “los confines”.    El aire claro es tibio y tiene ese gusto refinado y sazonado   -como un fruto maduro acabado de pelar-    La mar serena  parece ir y regresar al ritmo suave de la brisa e inclusive, las aves mismas,  parecieran volar conservando fielmente ese ritmo marino.   -Piensa en su Bebe-  qué sería ?   Tal vez aún no fuera de uno u otro género;    -Le gusta imaginarlo varón-    por siempre soñó con su primer hijo; le gustaba imaginarlo pequeñín, frágil, desprovisto de ropas;  un pedacito de ser chiquitín, que en su imaginación agita inquieto sus bracitos y sus piernitas regordetas;   cree oírlo llorar, cree oírlo balbucear   -tal vez pidiendo protección-    por un momento imagina como fue el ataque   -tal vez con pinzas-    cómo sintió cuando fue flagelado ?
No puede contener el llanto.    Sabe que llora sin parar desde el momento mismo en que despertó en aquella cama de la clínica  y  supo que había sido ultrajada por ese médico, con la complicidad de aquella vieja horrenda;   y claro, amparado por la autorización de su marido que pagó por eso;  y por   ella misma, que al firmar aquellos papeles dio su autorización.   –Si lo hubiera sabido-   Si hubiera siquiera sospechado…… Llora, llora amargamente por su bebé;  llora también por Jaime    -Victimario en tan horrible crimen-    Llora por si misma al pensar en todo eso.
Regresa a la cama a pensar en su bebé allá lejos, a imaginarlo en los confines donde se encuentran esas dos líneas azules de agua y nube, allá en el horizonte lejano y hermoso.

Un poco mas tarde escucha los ruidos que hace la muchacha al ingresar al apartamento en cumplimiento de sus rutinarias labores, por entre sus brumosas lágrimas la ve llegar, la escucha saludar y ofrecer lo de siempre:  Jugos, café, frutas, etc.  La escucha  comentar con sorpresa que las cosas que dejó ayer servidas, están intocadas en la mesa de noche, en la misma posición.    –La oye y la ve-   pero no le contesta nada.   No quiere decir nada a nadie nunca mas.     No volverá a hablar con nadie jamás.   Llorará a su bebé por siempre;  soñará con él por siempre.
Llega Jaime;  como ayer, hoy también recrimina y reprende;  como ayer, hoy también tiene prisa por huir de allí, sabe que mató a su hijo nonato y tal vez intuye que matará también a la madre ultrajada.   Alega, regaña, amenaza y finalmente un portazo y ya  –Se ha ido-.   De nuevo queda a solas con la muchacha, que echa un nudo de nervios no atina ni siquiera a hablar, rápidamente se dedica a cumplir con sus responsabilidades para salir de ahí lo mas pronto posible.

El Vigilante en su ronda vespertina descubre la puerta abierta   -eso contesta a la pregunta de Jaime-   se introduce un poco en el recibo del apartamento y llama en voz alta, como no obtuvo respuesta alguna, asegura la puerta     -tras comprobar que tiene en el llavero el duplicado-   y se decide a  regresar a portería;  a continuar con su trabajo y esperar.     –Sí, tal vez debió llamarlo y avisarle-   accede al responder al interrogatorio a que Jaime lo somete;  pero ya eran las ocho de la noche pasadas, había en portería mucho en que entretenerse y el tiempo volando se le pasó.    Pero   -aclara-    de lo que si está seguro es que ella no pasó por la portería;   por ahí, desde que él recibió el turno,  la señora no salió.

Ya son las nueve de la mañana del día siguiente y el vigilante de la noche anterior es sometido a toda clase de preguntas y de recriminaciones por el señor del apartamento del piso cuarto   -las amenazas no se hacen esperar-  el pobre tipo azarado ante el lenguaje procaz con que lo trata el señor, le recuerda que fue llamado después de haber entregado su turno, que en el apartamento nada se perdió por que el cumplió a cabalidad con su obligación de cerrarlo al encontrarlo abierto;  y   –agrega-   que la muchacha al llegar a las siete y comprobar que la señora había salido tampoco le dio mayor importancia a ese hecho, pues el mismo patrón le rogaba que saliera a darse una vuelta.   Se fue, nada se llevó    -eso es evidente-  conjetura que tal vez salio temprano;  e insiste,  al hacer la ronda vespertina de las siete de la noche,  estaba la puerta abierta, la buscó durante un rato, pero finalmente tuvo que regresar a lo suyo.   Cómo dejar la portería por mas tiempo sola ?   Imposible.

El día anterior, cuando la mucama se marchó rápidamente de allí al terminar pronto su trabajo   –hecha un mar de nervios-   le comentó al portero que si la situación seguía así, no iba a volver pues el señor no hacia otra cosa que vociferar por todo y la señora   -que no paraba de llorar-   ni siquiera contestaba, recostada en la cama derramando lágrimas en silencio;  todo quedó en orden, eso lo  puede jurar.
Al salir la chica Alba Fanny vuelve a la ventana del cuarto, observa el bellísimo horizonte iluminado por el sol resplandeciente del medio día.     Allá lejos,  sobre las olas, ve la pequeña cuna mecerse arrullada por la brisa y decide ir a su rescate.    Baja por las escaleras pues sabe bien que si lo hace por el ascensor desembocará directamente en la portería;   pero con las escaleras es otra cosa, pues éstas están a un costado, unos pocos metros mas adentro, en un salón donde hay cubos de basura  –debidamente tapados-  restos de pintura, contadores de energía e incluso herramientas.   Al llegar allí, sencillamente espera a que el portero abra la reja para atender a algún visitante o proveedor, se pasa por el lado contrario y rápidamente abandona el lugar dirigiéndose directamente a la playa. 
Una vez allí, como si fuera una autómata se introduce en el agua y empieza a alejarse en dirección al horizonte.    En este sitio la playa es muy bajita, lo que permite que se adentre bastante;  cuando el agua ya le cubre hasta los hombros  y  amenaza con arroparla totalmente;  ella,  que siempre fue buena nadadora,   hace resistencia y lucha por seguir adelante.    A  esta altura el mar ya está un poco agitado y la golpea hasta hacerla trastabillar;  a pesar de estar muy debilitada por los últimos acontecimientos, la chica da la pelea;  motivada  por la esperanza de rescatar la cunita de su bebé    -que cree ver cerca-   cubierta de algas y de espumas marinas.   Entonces obsesionada por la esperanza del rescate cada vez que cae se levanta y  sigue adelante con fe, con  persistencia  para tomar a su bebé en su delirio.    Cae en un bajío, lucha por sobre-aguar, pero vuelve a hundirse empujada por la fuerza del oleaje,  entonces finalmente flota inerte y es arrastrada mar adentro, en esos oleajes encrespados que golpean y sumergen los cuerpos de las cosas que encuentran a su paso, para luego, mas adelante, devolverlos a la superficie;  para en una constante volverlos a sumergir.

Cae la tarde, el día fenece ya sin sol  y  acá, en tierra firme se da el cambio de turno de vigilancia en el condominio  Las amapolas;   dando por sentado que todo está bien,  que todo está como debe estar.   Arropados por el manto abochornado de la rutina, los vigilantes solo atinan a mirar hacia afuera, en muy pocas ocasiones constatan que adentro las cosas marchen como deben marchar.

Jaime Rivera, joven empresario de cuello perfumado y gran fortuna, no acata  siquiera a sospechar la  tragedia  en  que se convirtió la vida de Alba  Fanny  Amaya  a partir del momento en que él    -con la poderosa llave del dinero-    echó a andar la máquina asesina que es la codicia, que no se detiene ante cosas tan insignificantes   -para ellos-   como la vida de un nonato;   o la salud de una pobre chica venida a más, deslumbrada por el brillo efímero del dinero y seducida por la codicia y el placer.

Se viene encima la noche, su manto fresco y oscuro empieza a cubrir los cuerpos de las cosas;  la cabeza de este hombre es un hervidero de preocupaciones, urde desde ya como es que hará para reafirmarse y continuar adelante;  como es que llegará a casa, a mirar de frente a su familia como si nada pasó, como si no tuviera conciencia, o en su defecto:  como si la tuviera tranquila.

jueves, 31 de mayo de 2012

EL FUNERAL


                                           
Hoy sepultamos a Papá.    Una llovizna pertinaz estuvo acariciando silenciosa y fría los tejados, y tal vez, calando de frío los huesos de los noctámbulos:  taxistas, vigilantes y demás habitantes de la noche.    Una vez amaneció la opacidad de la mañana vistió de gris nuestra pena y cómo si fuera sabedora de nuestra tristeza nos abrigó con su abrazo frío y leve.
Papá muertito conserva ese seño tan peculiar en él, ese adusto gesto que le daba un raro encanto de gran personaje, esa presencia gigantesca de gran hombre, protagonista de todas nuestras vidas y figura principalísima en el rol de la suya propia.
Papá profeta:  “Tu llegarás muy lejos hijo, en esta o en aquella cosa; en cualquier momento encontrarás tu camino y te definirás”.  “No tomes ese innecesario riesgo, será desperdiciarte”.   “Va a suceder esto o aquello”  y claro…..sucedía!!
Papá simple en su grandilocuente actuación, enseñando todo a sus hijos….”para que nada se te escape, para que nada te sea ajeno ni extraño”.
Papá gesticulando con sus hijos al recitar o cantar versos o canciones, declamando o perorando un gran discurso; jugando un escondite o adivinando con esa facilidad que le da a los viejos la malicia;  Papá grandioso en los abrazos y la risas con sus hijos;  complaciente, compinche, cómplice; mecatero, maromero, chistoso.

Y hoy, helo aquí tendido en el sarcófago, entumecido de frío;  esperando que por las fauces profundas de una sepultura La tierra lo devore, lo ingiera hasta ocultarlo allá  abajo, lejos de las miradas angustiadas de sus amorosos hijos.   Papá ha muerto y hoy lo llevaremos al parque cementerio a dejarlo allí bajo el manto oscuro de la tierra, calado de frío y solo;  solo porque allá no podremos acompañarlo  -allá no llegamos vivos-   por muy grande que sea nuestro amor por Papá lo acompañaremos únicamente hasta la boca de la sepultura, de allí en adelante él seguirá solito.

Mis hermanas  -sus dignas hijas-  gesticulan plañendo su pena como representando una actuación, hacen ruido y el torrente de sus lágrimas todo lo inunda.

Yo   -acomplejado-   yo que siempre suelo pasar inadvertido espero a un lado;  sollozo ahogando mi llanto en un pañuelo para que no se me escuche.   Amo a este viejo supremamente y aunque sé que este desenlace es normal en toda vida, me duele;  me duele que este catafalco contenga a mi padre;  me duele enormemente que este muertito sea mi Papá y siento enorme pena por dejarlo aquí solo en este hueco cubierto de tierra húmeda y fría y pienso como en una triste sonata que alguna vez conocí:  “Dios mío, qué solos se quedan los muertos”……. Que solo se quedará Papá con sus grandes manos entrelazadas sobre el pecho, inútiles, inermes, yertas y tumefactas por el terrible frío de la muerte.  Que solo se quedará allí entre las húmedas sombras de la noche eterna sin más ruido que el rasquetear de los gusanos sobre su propia piel.    Menos mal que tiene sus ojillos azules bien cerrados, así no podrá ver cómo las fauces ávidas de sus propios gusanos lo corroen y lo devoran.

Con su cara de idiota el cura entona su coro de estupideces, recita la monotonía de sus oraciones sin gusto, sin un gesto que demuestre que realmente siente la pena que finge;  es un hombre simple, flaco y desaliñado, escuálido, aparatoso, distante;  pienso en lo que diría Papá al verlo:  “Es un idiota”.  Es lo único que trasmite claramente, es lo único que lo trasciende:  su imbecilidad.   Lo absurdo de sus gestos, el ronroneo monótono y pesado de sus frases rituales y vacías inunda el jardín lujoso y bien cuidado que nos circunda.  El jardinero que cuida el lugar ocasionalmente riega con un chorro de manguera las plantas cada día y el sol se encarga de hacer el resto, para que las hileras de jardineras estallen en floración cada tanto;  y cada tanto el tipejo, con un rastrillo metálico raspa la tierra para limpiarla de malezas y así mantener hermoso este jardín que habitado por huesudas calaveras y descarnados esqueletos, abrigado por ese silencio sobrecogedor que lo arropa, es frío y lúgubre;  a la vez que hermoso y florecido….. ¡¡Oh Dios, que solos se quedan los muertos!!

Anoche  -o antenoche, no se bien-   llegó la señora Judith.  Yo estaba sentando en una silla de brazos mullidos observando el desfile de hipócritas,  que como si se tratara de una cosa rara se acercaban al sarcófago con una sonrisa estúpida y una mal disimulada sorpresa a ver a Papá y enseguida se despachaban con una verborrea inútil y simplona  a presentarle sus condolencias a Mamá y a los demás de la familia.  Yo anclado en ese sillón veía sin escuchar y pensaba:  Cómo hace alguien medianamente cuerdo para representar ese papelón ante una viuda compungida?   Qué cara mas dura recitar esa sarta de babosadas ante una pobre señora que sólo acierta a asentir con un leve movimiento de cabeza, esa verborrea absurda de “lo siento mucho”  -Que vas a sentir vos nada-    “que pérdida horrible para nuestra sociedad”   -Que pérdida ni que nada, quien ha perdido aquí soy yo-.   Y aún con  mayor cinismo no falta la que dice, dándose aires de gran señora: “Quedó hermoso, como si durmiese;  se fue feliz”   -Como si morir fuese un acto voluntario, como el de abordar un bus en medio de una fastuosa despedida.

Entre tantas gentes que desfilan en el velatorio de Papá llegó la señora Judith, esbelta, soberbia, hermosa.  Con esa dignidad de su porte imperial, con el cabello recogido en una moña, despejando de rizos dorados su amplia frente de dama soñadora;  con ese perfil helénico de mejillas sinuosas bajo sus parpados ligeros e iluminados por sus hermosos ojos, verdosos y cintilantes como espejos de aguas tranquilas.   A su lado Martha   -digna hija de su madre-    linda, menuda, ligera, gentil.  La vieja habla y yo, desde la comodidad de mi silla en la distancia, veo el movimiento pausado y leve de sus labios que carnosos y tibios se entreabren para balbucir las palabras con deliciosa coquetería al argumentar y no puedo evitar el pensar en su deliciosa vagina;  me olvido momentáneamente de mi pena y pienso en la delicia de aquella vagina tibia y desconocida de esta preciosa señora y al verla gesticular siento que la vida palpita en mi entrepierna;  erecta mi humilde lanza de niño huérfano empieza a reclamar su dosis de caricias y mis manos se tienen que aferrar con fuerza a los brazos de la silla para mantenerme allí anclado.   Martha la bella me mira de pasada y en su mirada hay un torrente de compasión que me circunda como en una ventisca, que quiere como a una brizna de yerba seca levantarme y sacudirme débil e inerte por el aire para después arrojarme allá lejos, donde las cosas inútiles se pierden de vista;  y yo aferrado a mi silla soporto el chaparrón que me acomete feroz, como en medio de un violento tornado. estoy solo, anclado firmemente a mi sillón, con mi pequeña lanza en ristre y con esta maldita corbata que me asfixia como el pulpo que con sus extremidades viscosas y sus chupas poderosas abraza a su víctima y le extrae sus jugos para luego soltarla inerte y escuálida.    Esta puta corbata me ahoga   -es como si su presión aumentara-  este remolino me ahoga y me ultraja;  los ojos de Martha me queman con miradas que se me antojan lastimeras;  y los labios  -vaginales, húmedos y carnosos-  de Judith me excitan.  El pobre macho que hay en mí se encabrita y cuando decide levantarse y dar la pelea, presentar la lucha de coses y dentelladas  -un segundo antes-   mira el ataúd donde reposa Papá;  mira el escenario absurdo de velas encendidas, tapetes purpúreos y ramos de flores gigantescos, arreglado como para una ceremonia de coronación;  mira además el desfile de seres vacíos y ceremoniales que esputan sus babosadas y estupideces y concluye con la lógica asertiva con que Papá lo hubiera hecho:  “Déjalo así, no ves que es idiota”.  Es idiota todo esto, soy idiota aquí sentado excitado por una dama otoñal y agredido por su hija, su escudera fiel;  es una idiotez todo esto de encerrar el cuerpo del finado en un cajón de madera y exhibirlo en una sala arreglada como para la coronación de un soberano.   Es tremendamente absurdo, por idiota,  el comportamiento de las gentes de fingir una pena y posar de piadosos ante una carroña;  y más absurdo y más idiota es para sus dolientes fingir que se creen esa sarta de estupideces; es idiota como simulan que olvidaron sus diferencias,  como por arte de magia en un chasquear de dedos el finado es buenísimo;  el hijo de puta que hasta ayer lo acosó, lo persiguió y lo perjudicó, lo extraña y lo que es peor aún, lamenta su ausencia.  Es idiota, es absurdo y falaz que por el hecho de morir todo cambie de manera tan radical.  Soy idiota, soy un pobre e hijo de puta idiota que perdió sus esperanzas;  soy un pobre hijo de puta que no puede resucitar a su papá que con gesto adusto ocupa su lugar en el cajón en el que viajará al profundo, frío y oscuro cráter del más allá.


sábado, 19 de mayo de 2012

LA PROFESIA


No.  1.         L A       M U E R T E .

¡¡ Mario, Mario !!   Con voz sonora y clara, la señora desde la cocina llama reiteradamente a su hijo, después de sentirlo salir del baño hace apenas un momento.  El hombre está sentado en el bordo de la cama anudando el segundo de sus zapatos, pues el primero ya está listo, cuando escucha nítida y fuerte la llamada de su madre.   Suspendió lo que estaba haciendo y se puso en pie, cerrando simultáneamente el cinturón ancho de cuero, que con una gran hebilla de herraje niquelado le sirve para mantener firmes sus pantalones vaqueros;  cuando le llegó por segunda vez la voz firme de su madre, llamándolo de nuevo:  ¡¡Mario,  Mario!!   -Esta vez la señora, ante la ausencia de respuesta de su hijo, sale de la cocina y se dirige al cuarto-.    Mario es un hombre robusto, de gran estatura y a pesar de su juventud es tímido y enfermizo, supremamente nervioso, últimamente acusa una mayor afectación de su nerviosismo recurrente y ha llegado hasta lo que su madre considera extremos:   La ha enviado al médico a que le ordenen exámenes y le evalúen su estado general de salud acusando una preocupación fuera de lo acostumbrado e inclusive velando su sueño y arrimando el oído cuando creé que está dormida, a escuchar su respiración;  situación que se ha limitado a explicar lacónicamente con la breve disculpa de no querer que a su vieja le suceda nada que él pueda evitar.    El hombre,  -presa del pánico-   sale corriendo del cuarto y al hacer el giro ante la puerta que da al amplio corredor de la casa tropieza con la señora, que al no obtener respuestas en sus reiterados llamados decidió venir por sí misma a investigar que pasa con su hijo.   El tremendo impacto de la colisión los arroja en sentido contrario, simultáneamente a cada uno:  El cae de espaldas contra la hoja de lámina de la puerta del cuarto y termina sentado en el suelo del umbral y desde esa posición mira como su madre cae de espaldas cuan larga es, descargando todo el peso de su cuerpo                        -acelerado por la fuerza que le imprime el voluminoso cuerpo de su hijo al impactarla-  contra su cabeza, que estalla contra el piso como un fruto maduro al desprenderse de una rama y reventar contra el suelo.   Rápidamente Mario reacciona y se abalanza sobre ella mientras grita repetidamente :  Mamá, Mamá!!  Pero ya su madre no lo escucha, tendida en el suelo, inmóvil, poco a poco a su alrededor se forma un charco de sangre de un tono rojo intenso, casi negro, que entrapa las manos de Mario al levantarla por el cuello y acercarla a su pecho mientras la llama sollozando:  Mamá, mamá, dime algo;  háblame por favor mamá…..!!
En un momento la casa se llena de gente, vecinos que al escuchar los gritos y llamados de Mario acuden con el ánimo de ayudar;  desprenden al hombre del cuerpo de su madre y le hablan tratando de calmarlo;  le dan a oler servilletas y pañuelos con alcohol y aguas de colonia para tratar de tranquilizarlo.    Con la compañía de una vecina, la señora es conducida en una ambulancia a una clínica cercana, donde a las doce y dos minutos del día siguiente, es declarada oficialmente muerta.

No. 2.     LA   PREMONICION.

Mario Agudelo está sentado hablando con sus dos únicas hermanas en la cafetería de la sala de velación de la funeraria  “Flórez”;  ya está aclarando el día   -amanecieron velando el cadáver de su madre en la compañía de algunos pocos vecinos y amigos-   y a esta hora se encuentran tomando café.   Ya Mario les ha hecho un relato detallado de aquel absurdo accidente que cobró la vida de su madre y ahora les comenta acerca de los antecedentes que lo precedieron, motivado por la curiosidad que despierta en sus hermanas el hecho de que él se abrogue la culpa de lo que sucedió.       Yo me aficioné  -les dice-   a ir a consultas donde brujos y adivinos y todas las clases de mentalistas, ocultistas y charlatanes que existen, después de que me sucedieran algunas cosas extrañas.   A mi un hombre  me predijo con exactitud tremenda lo que me sucedió en el inmediato futuro.   -Pero Mario, le interrumpe una de sus hermanas-    Cómo es posible que tu creas que tienes la culpa de la muerte de mamá?   A lo que la otra hermana agrega:    Por que tu crees eso y que es lo que te hace sentir tan mal ?     Explícanos eso por favor,  pues siempre fuiste su protector, su apoyo y cuidabas de ella con un celo, diría yo exagerado.     Sus dos hermanas son dos señoras mayores que él, por razón de sus matrimonios respectivos viven distantes de allí y distantes entre sí;  prácticamente aprovechaban para entrevistarse las visitas a su madre y claro, ahora su sepelio.   El hombre a manera de respuesta les dice:    Justamente es lo que quiero que sepan, cómo ocurrió todo esto, cómo se precipitaron estos acontecimientos;  es para mí supremamente doloroso repensar esto pero debo hacerlo.     Estaba yo sentado en un asiento múltiple    -de esos de tres sillas de plástico-   en la sala de espera del aeropuerto esperando al doctor Jaramillo, quien había quedado conmigo de ayudarme con una recomendación para un empleo en el hospital local;  cuando a mi lado vino a sentarse un viejo negro, muy elegante y perfumado;  sus zapatos resplandecían de lustrosos y con un maletín ejecutivo y un abrigo doblado en el antebrazo,  me habló con voz grave  -yo diría que ronca-  el viejo me saluda;  Luego se queda mirándome a través de sus anteojos claros, límpidos, enmarcados en carey;  sus ojos de un gris de hielo me recorren por un momento y luego el hombre, con su vozarrón ronco me pregunta:   ¿Tiene usted una cita con alguien aquí?  ….Yo, entre molesto y sorprendido por lo que consideré un atrevimiento le contesté que no;  y le expliqué que me limitaba a esperar el arribo de un amigo y que para mí era de mucha importancia entrevistarme con él, por eso lo esperaba y le agregué que quería lograrlo allí sólo, pues si lo dejaba llegar a la ciudad ya me sería muy difícil entrevistarlo.    –Usted pierde su tiempo-    Me respondió el viejo si dejar de observarme.   ¿Cómo?    -Le preguntó yo-    Y el hombre se despacha con la siguiente respuesta, que vino a cambiar mi vida y que jamás olvidaré:   “Mientras usted está aquí esperando al que no vendrá, se perderá de atender a alguien que lo buscará hoy, después de medio día en su casa y que lo llevará directamente a un empleo que será para toda la vida.    –Y remató-    Si no se marcha de inmediato no alcanzará esa cita con su destino”     Y dando por terminada la charla me dio un ligero golpecito en el hombro a manera de despedida y se levantó a perderse entre la gente.   Quedé lelo, quedé estupefacto viendo como avanzaba alejándose y de pronto se paró, giró sobre sus pies y me miró como si me recriminara;  para luego continuar su marcha;   yo me levanté de la silla y salí rápidamente de ahí.    –El hombre hace una pausa, toma un sorbo y carraspea su garganta, para luego continuar su relato-       El bus me dejó frente al colegio Mayor, allí recogí mi bicicleta y tomé para mi casa.   Recuerdo como si fuera hoy   -con absoluta claridad-    que en ese momento sonó la sirena de los Bomberos, que rutinariamente suena justo a las doce del día;  cumpliendo con una costumbre tal vez muy antigua y que a mí, personalmente me parece absurda, de sonar a esa hora, siempre, fastidiando a los que tenemos el dudoso privilegio de habitar en su cercanía.   Entré a la casa, y mamá, como si me viera llegar o como si me hubiera estado esperando, me dijo que fuera rapidito a la tienda y le trajera algo   -no recuerdo qué-    caminé hasta la esquina y allí    -en la tienda-   estaba don Pedro Ruíz, quien fuera el entrenador del equipo de fútbol en el que había jugado hasta el año anterior;   estando jugando con él fue que me lesioné y tuve que dejarlo.   El hombre me saluda de mano  y me dice:  “Mario, que bueno que te veo, ando en tu búsqueda”   ¿qué estás haciendo?   Nada don Pedro    -le respondo-   no he podido conseguir trabajo.    “Tomá esta tarjeta   -me dice el señor, extendiéndome su mano para alcanzarme una tarjetica de cartón de presentación personal-    aparecete mañana a las ocho en el Juzgado noveno municipal, bien presentado, para que entrés a trabajar que ya todo está arreglado”.      Gracias don Pedro, yo creía que usted ya no se acordaría de mí.  –Le dije-    Y él me contestó:   “No mijo, después de la lección que lo sacó del fútbol y conociendo la calidad de persona que es usted yo no lo abandonaría.   De todas maneras pase por el club para que hablemos o por lo menos llámeme y me cuenta cómo es que le acaba de ir”.    Nos dimos nuevamente la mano para despedirnos y se fue.   

De eso hace ya diez años    -que es lo que llevo trabajando en el juzgado-    desde entonces mi preocupación principal siempre ha sido volver a ver al viejo del aeropuerto, en todas partes donde voy o estoy, lo busco;  me quedó una fijación mental  con él;  averiguándolo he ido a dar donde toda clase de brujas y pitonisas, adivinos y charlatanes de todas las pelambres;  con decirles que me he vuelto un experto en el tema y sé con muy poco margen de error quien es acertado y quien no.  Bueno, bueno…. Pero que pasó con lo del accidente    -pregunta, interrumpiendo una de sus hermanas-    Justo a eso voy   -responde Mario-   hace hoy precisamente un mes que con un grupo de compañeros de la Facultad de Derecho de la Universidad de San Isidro   -donde estoy a punto de graduarme-    fuimos al aeropuerto a despedir a una pareja de amigos que partían a su luna de miel;  y estando en aquella misma sala    -como hace ya diez años-   el mismo viejo que tanto y tan tenazmente busqué se sienta a mi lado, me palmotea la espalda como si fuéramos viejos amigos  y me dice:   “Hijo, en un mes, a partir de hoy;  tu madre morirá”    -Cómo es eso, no, no me lo diga…que hago…?   Cómo que morirá…. No, no puede ser-     Yo todo aterrado me cogía la cabeza y manoteaba ante el viejo, que sólo atinaba a mirarme con sus ojos grises, de hielo;  de repente se levanta del asiento y empieza a alejarse mezclándose entre la multitud de gentes que a esa hora abarrotaban el corredor que intercomunica las salas de espera del aeropuerto.   Yo prácticamente corría a su lado gimoteando cuando un Policía me hace detener, me observa como si buscara algo en mí;  luego me arrastra hacia un rincón y procede a requisarme y a pasar revista de mis documentos;  cuando le exijo que me explique por qué me molesta me responde que en ese lugar no es normal que una persona corra y grite y que eso me hace sospechoso de algo y que además me conducirá a un lugar dónde requisarme más exhaustivamente;   todos mis compañeros nos rodean y explican con grandes voces que somos del mismo bando   -el bando de la justicia-   y además le cuentan detalladamente que estamos haciendo allí.    Finalmente el tipo me deja en paz, después de exigirme que le explique por que corría y de ofrecerle una disculpa y cuando le doy la explicación del asunto se limita a sonreír y a decirme con algo de sorna:  “Aquí se pasean muchos fantasmas;  no es el primero que da ese tipo de versiones.   –Y agrega-   A veces creo que muchas de las personas que uno ve aquí no son reales”   Yo, en mi defensa digo que el tipo me tocó en el hombro a manera de saludo;  pero el policía se limita a despedirse cortésmente y me deja hablando solo.

jueves, 10 de mayo de 2012

EL PERFUME DE PARIS

Con el pequeño estuche en sus manos le dio vuelta por enésima ocasión buscando una marquilla de fabricante o de importador que lo delatara como comprado aquí, sin lograr hallarla.  La cajita del frasco, de un cartón duro,  decorado en un fondo crema mateado, con visos azulados que en espirales se desplazan hasta grises cremosos y terminan desvaneciéndose, por sí misma era un hermoso artículo de regalo.  El pequeño frasco de linimento o jarabe que fungía como perfume, era a su vez hermoso:  De un vidrio amatista oscuro y frío;  rematado por un hermoso sombrero de ala corta de estilo gardeliano que servía como tapa y a la vez, dejaba muy en claro su feminidad, pues tenía al contacto con su entorno ese gusto de las protuberancias curvadas y deliciosas de los delicados cuerpos femeninos.

Comprobado hasta la saciedad que ni en el estuche ni en el frasco existían indicios de que fuera un producto nacional, canceló su importe al vendedor;  un joven gracioso y amanerado que acentuaba sus palabras con fingida delicadeza y que al sonreír exhibía dos finos hoyuelos en sus mejillas;  recordándole un rostro familiar que de momento no acertaba saber a quien pertenecía.   Se dirigió al sótano del centro comercial a buscar el auto de su amigo chucho, que lo fue a recoger al aeropuerto y que antes de regresarlo a su casa, lo trajo hasta aquí.  Con mano diestra depositó en un pequeño bolsillo del maletín de mano El Perfume de Paris y dijo en voz alta:  Ahora si Chucho, a la casita!

Había estado ausente  -en Francia-  por tres largos meses y ahora regresaba.   Tenía nostalgia de todo:  De su casa, de su familia, de su ciudad y en la prisa y la emoción del regreso olvidó que su pequeña lo único que le pedía era un auténtico perfume Frances. Eso era todo lo que María le pedía cuando charlaban en las noches  -él desde la cabina de un locutorio público y ella, desde la tibieza de su cama-   se decían incasablemente cuanto se extrañaban, se repetían cuanto se querían  -a pesar de la distancia-  Se expresaban como sus pieles tibias deseaban el reencuentro y sus bocas y sus manos anhelantes se buscaban en la fría soledad de la distancia.   Por eso casi enloquece de preocupación cuando ya instalado en el asiento que le correspondió en el avión cayó en la cuenta de que no traía consigo el perfume de parís,  que era lo único que su pequeña Ma. le pedía. 
 Su monita deliciosa, la mejor boca del mundo, el cuerpo más delicioso de todos los cuerpos que él en toda su vida había poseído;  Aquella boca en la que muchas veces quiso, frenético, fundirse para amalgamarse en el calor de la pasión y derretirse como chocolate delicioso formando un solo cuerpo.       Ma.  Era una riquísima circunstancia en su vida, lo llenaba de placer, de felicidad y además era discreta, decente, hermosa y lo mejor:  No interfería para nada en su vida,  ni siquiera sabía como se llamaban su esposa o sus hijos;  es más, no sabía ni siquiera su lugar de residencia.  Nunca se negaba  a sus requerimientos:  Con sólo pulsar un teléfono estaba disponible.  No se negaba a sus encuentros, jamás una escusa, un:  “Hoy no se puede”.  Esa chica preciosa que para nada lo molestaba, que nada le negaba, que nada le pedía y que todo se lo daba sin una sola reserva, sin el más mínimo asomo de egoísmo, sin la más pequeña contradicción que revelara una queja o un disgusto.
   
Desde que se conocieron en un baile de despedida de año, en un club de mucho caché de la ciudad, un día intermedio de diciembre, cuando su mujer estaba aún de dieta de su niño menor;  se habían vuelto inseparables;  fue amor a primera vista.   La primera comunicación entre ellos, el primer mensaje personal no pudo ser  mas directo:  Fue simplemente el encuentro de sus miradas; ella pensó:  “Por qué sólo veo a este hombre, tan distinto de los demás”.  Y él, con su mirada anclada en los ojillos de ella, como respondiendo a su interrogante a manera de disculpa parecía decir:  “Porque yo solo te veo a ti”  y entre ambos,  cantidades de gentes invitados a la fiesta, danzando, parloteando, riendo felices; ajenos a aquel sentimiento que temeroso vino a anidarse en el tibio pecho de la pequeña María para allí hacer su fortaleza para siempre.

Aquella monita flacucha y menuda, de rostro ovalado y naricita respingona, de pecho altivo y voz deliciosamente modulada;  excelente bailarina y gran conversadora;  lo mejor que tenía era esa sonrisa leve, inocentona, ante cuya aparición se acentuaban de inmediato dos leves hoyuelos en sus mejillas para darle un marco encantador a su mirada límpida, desprovista de malicia, sosegada y refrescante.  Fue amor a primera vista:  Ella sintió una oleada de calor encender su piel y recorrer su cuerpo hasta llegar a su cara y tuvo el impulso repentino de huir de allí, asustada quiso desaparecer ante el peso inmenso de una atracción tan plena y repentina.   Rápidamente vio desplazarse ante los ojos de su intuición las consecuencias de ese maravilloso amor que brotó repentino en su corazón;  pensó en la pasión, la entrega, la culpa;  el inmenso fardo del arrepentimiento;  en ese momento sintió en sus hombros la leve y dulce presión de unas manos varoniles, fuertes y suaves y como en una oración, una voz tierna y dulce, aunque firme y acertiva le dijo:  “Por favor no te vayas.   Quédate conmigo un rato más, por favor”   Se miraron con dulzura.  Alto y robusto, la rodeó con sus dulces brazos y con la mirada la penetró hasta el fondo mismo de su corazón, donde habitó para ya nunca más salir.
Desde ese momento se hicieron inseparables.  Ella no pensaba en el tiempo, los minutos, las horas, simplemente no le corrían;  ella vivía con él, para él;  a partir de esa noche sin tiempo, un remolino embriagador  la arrojaba lejos de toda conciencia.  Solían encontrarse después de las cinco de la tarde y pasar tres o cuatro horas entregados al más dulce y feliz de los encuentros:  La recogía en el auto, al salir del parqueadero y se alejaban de la ciudad, conduciendo sin prisa, escuchando música deliciosa, dejando rodar lentamente chorros de cerveza helada entre sorbos y palabras dulces, apretones de manos y caricias leves;  para finalmente recalar en la lujosa alcoba de un buen lugar, discreto y encantador;  entregar sus cuerpos anhelantes a las delicias del amor;   para luego, en una ceremonial despedida, con un hasta mañana amor, me llamas y me cuentas que tal dormiste, separarse.   Amó para siempre el contorno del cuerpo de su hombre, se ató a él;  esbelto pero fuerte, proporcionado y apasionado, discreto y  salvaje;  como si el cuerpo de ese hombre fuera un espejo en el que se reflejara la dualidad de animal y de deidad que nos habita. 
Que rutina más deliciosa soñar despiertos, el uno con el otro, repasar de día una y otra vez las delicias de los encuentros de las noches anteriores.  Que ricura ir en otro plan, con la familia por un centro comercial y ver en una vidriera una exhibición de cosas hermosas y desearlas para ella y regresar después, solo, comprarlas y en el próximo encuentro vespertino obsequiarla:   Aretes, blusas, pulseras, bolsos y cantidad de cosas más que ella compensaba con caricias tiernas y felices.  “Qué quieres amor?  dime que deseas, pídeme lo que quieras……   Y ella en respuesta susurrarle al oído con su dulce voz:  Te quiero a ti….. no pido nada más.

Al llegar a aeropuerto su amigo chucho lo esperaba;  dos maletas con detalles para su casa, para su madre y sus hermanas, para la gente de la oficina;  aún, hasta para el mismísimo chucho y el portero;  para todos los conocidos, allegados y amigos, un regalito;  todos, todos serían obsequiados con algo;  todos menos María, pues el perfume de París, lo único que pidió alguna vez;  lo único que anheló;  lo único que quiso para sí…….ella que todo lo dio desinteresada y desaforadamente tuvo que ser comprado en un “San Andresito” pues sólo recordó ese detalle en el avión.

Aquella noche, al regresar Ma. de su trabajo a casa se encuentra con que su hermano Pablo la espera;  aunque viven juntos, es poco lo que se ven pues él en ocasiones llega muy tarde en la noche, o simplemente no amanece en casa;  pero hoy está allí, la espera ansioso por contarle  -a manera de chisme-   que el doctor, su amigo, estuvo en la perfumería y compró un frasco de perfume chiviado al que revisó con inusual meticulosidad y claro, Pablo aprovechó para clavárselo bien caro; confesó.   María escucha ese relato sintiendo como el estómago se le llena de espuma;  sonriendo con dulzura no acierta a decir nada,  se refugia en el baño.   Mientras cepilla cuidadosamente sus dientes el raudal de lágrimas desciende tibiamente por sus mejillas.   Siente como en su interior, en lo profundo de su intimidad de mujer algo se rompe bruscamente;  como al rasgarse una tela.   Mientras Pablo remata su relato diciéndola como el hombre revisó el empaque, revisó el frasco, una y otra vez;  como buscando algo especial;  sin siquiera darse cuenta que el perfumista que lo atendió era su hermano.   Y aclara que en su autorizada opinión:   “El hombre es muy guapo, muy guapo hermanita;  de razón te trae tan reloca”  y agrega con sorna:  “Con un bombón así,  yo también me enloquecería”  y ríe sonoramente como si disfrutara un buen chiste.