martes, 3 de julio de 2012

ULTRAJE



Capitulo  primero  :  “El engaño”


Alba  Fanny  Amaya  abrió lentamente los ojos, observó el ambiente que la rodeaba;  paseó la mirada por el cielo-raso de blanco impoluto, agredido únicamente por una lámpara de luces indirectas, en acero inoxidable;   comprendió que estaba en una habitación de hospital.   Trató de hacer un giro,  no pudo;  entonces entendió que solo podía disponer de sus ojos.  Comprendió que únicamente disponía de su mirada.     Los demás miembros de su cuerpo ni siquiera los sentía;  intentando modular alguna palabra fue cayendo en un sueño pesado, sintió su cuerpo caer en picada como si fuera el de un trapecista lanzado al vacío y  se sumió nuevamente en las profundas brumas del sueño.

Casi una hora después despertó de nuevo.   La agradable brisa de aire frío recorrió las partes de su cuerpo que están destapadas   –entonces comprendió que recuperó la sensibilidad-.   Ya siente un leve dolor en la mano penetrada por el catéter.   Siente tambien la frescura del aire en sus hombros y en su cuello.  Ahora descubre que tiene una careta transparente en su rostro a manera de mascarilla.  –Tiene oxígeno-  deduce que su caso debe revestir alguna gravedad.   “Que extraño, no recuerdo nada”   se dice a sí misma.   En ese mismo momento escucha  una voz suave que le dice:  ¡¡Hola mi niña, al fin despiertas!!   Giró un poco la cabeza y vio a una dama ya mayor, de aspecto bonachón abandonar un asiento cerca de allí y aproximarse a ella.   Lo primero que hace la enfermera es comprobar el pulso, examinándolo con una mano y observando simultáneamente el reloj.   -Mientras cumple con ese trabajo le habla-   hace comentarios acerca de lo bien y lo rápido que salió del sopor de la anestesia.  Luego de leer en una especie de pantalla unas indicaciones le retira la careta del oxígeno y de manera simultánea le advierte que permanezca en silencio unos diez minutos antes de hablar.   Y se concentra en observar como asume la paciente el cambio de respiración asistida a respiración normal.

Alba Fanny se revolcó un poco en su lecho, comprobó la movilidad de cada uno de sus pies y de sus manos;  mueve sus dedos.    Nada le duele, respira bien, escucha bien.    Carraspea un poco antes de hablar y con cierta timidez   –como si  decirlo le trajera consecuencias graves-  pide agua.  Agua ?   Preguntó la señora que aparentaba estar oculta bajo ese gorro de enfermera.  Si,  déme agua que siento seca la boca   -expresó tímidamente-.   La señora toma un paquete de gasa y mientras lo humedece dice en voz alta a manera de respuesta:  Ay, olvide que al cambiar la respiración, el aire frío reseca la garganta;  actúa igual que el polvo al ser inhalado.   Y simultáneamente acerca a los labios de Alba Fanny el objeto de gasa humedecido y a manera de dispensador le permite chupar de él y humedecer sus labios y su garganta.

Bueno, dígame señora:  Dónde estoy ?...... qué hago aquí ?....  por qué motivo despierto en una cama de hospital ?   Aquella señora la mira a los ojos por primera vez,   –con temor-   con esa mirada avergonzada, escurridiza y taimada con que mira el que miente.    Alba Fanny a leer el temor en esa mirada se contagia y es invadida súbitamente por el miedo;  ahora tiene ante sí a una vieja de mirada torva y escurridiza   –como de una rata-   ahora tiene ante ella a la culpable de una trasgresión, más que a una enfermera;  intuye que está frente a la cómplice de su desgracia;  entonces insiste en preguntar:  Por dios qué pasa, qué hago yo aquí,  dígame usted ?   La enfermera, como si quisiere refugiarse bajo la cama se agacha un poco y desde ahí, sin dignarse mirarla, le responde:   Que pena mi niña, pero yo no se nada.   Cuando  recibí el turno a las seis de la tarde ya tu estabas aquí.   Yo sólo se lo que dice la hoja de rutina que me guía para asistirte, para dispensarte los medicamentos y cuidarte.   La chica la mira con esa mirada desprovista de astucia, con esa mirada pasiva con que miran las víctimas a sus verdugos.   Está embargada por la pena, hecha un mar de dudas; entonces pregunta nuevamente:   Dónde estamos ?    Qué es esto aquí ?   La señora insegura, nerviosa, en esa actitud ampulosa y descalificadora con que una madre mira a su chico antes de aplastarlo con un “No te hagas el majadero que lo sabes muy bien”         Fingiendo la voz para suavizarla casi hasta la dulzura le dice:   Cómo,  acaso no lo sabes ?..... Estamos en la clínica del doctor Rossy…..esta es la clínica privada del doctor  Jacobo Rossy,  el famoso gineco-obstetra italiano.   –El mejor en toda la costa-    La señora no para de hablar ponderando a la afamada clínica y a su   –según ella-  famosísimo propietario; el flamante médico italiano de gran prestigio.

La chica mientras escucha hablar a la enfermera, hace un recuento de su situación.   Ahora le resulta evidente que está ahí por su propia decisión, había venido a consulta con un médico ginecólogo;  el tipo determinaría si estaba realmente embarazada para empezar desde ya a controlarla.   Si algo quería ella en la vida era embarazarse de Jaime  -su amor-.   Adoraba en tan desproporcionada dimensión a su hombre, que ciega y loca de amor por él, en cada entrega se daba en totalidad, en cada entrega se daba a tope.  Y él,  se prodigaba también en esas entregas febriles y apasionadas,  -enloquecedoras-  en que se entregaban el uno a la otra sin ambagues   -con todo-   ella sabía bien que él la adoraba, sentía como vibraba de amor por ella en esas comuniones amorosas donde ambos rozaban  la locura, hasta alcanzar el frenesí.

De pronto como una ráfaga de viento helado, cruzo por su mente la duda:  El mismo, él personalmente le daba cada día la pastilla de planificar.  Aprontaba el vaso con agua y le introducía la pastilla a la boca;  y claro, ella la escondía hábilmente bajo la lengua hasta que hubiera ocasión de arrojarla, por que ella quería quedar, aunque él no.   Con muchos y muy importantes argumentos el sustentaba reiteradamente su tesis de que no debían  de “encargar”;  que no estaba bien “reproducirse como ratones”.  Solía decir que echar un “polvito” sin prevención era amargarse la vida.  Y claro, ella defendía lo suyo:  El milagro del amor palpitando en su regazo  -con sus ojos negros profundos-  con sus grandes manos de artista, con su sonrisa jovial;  mejor aún:   -El en miniatura-   para nada una criaturita que solo daba amor les iba a amargar la vida.  Y,  -pensaba ahora-  esas discusiones se prolongaban largamente, ella que sí  …–por fa…-   Y  él:  ¡¡ Que no, y no y punto !!

Un buen día la bendita pasta falló, claro:   -como no iba a fallar si ella la arrojaba-   Estalló de felicidad, gritó de la alegría;  él serio, parco, solo atinó a decir:  “Será como tu quieras”.   Entonces vino la prueba inicial: positivo.  El se fingió feliz, le dijo como de pasada que pediría una cita con un buen médico  -el mejor-   pues quería que estuviera muy bien cuidada.   Dos o tres días después le dijo:  Mañana vamos a consulta con un muy buen ginecólogo, a las siete y media;  yo voy contigo.
Al entrar a la consulta ella llenó un formulario y lo firmó, y firmó además otros papeles.  Y claro   –Jaime allí-   tan atento, tan galante.   Dónde estaría ahora ?   Se animó a preguntar de nuevo:  Señora, el médico cuando viene ?   La señora le respondió que solo eran las cinco y cuarto de la madrugada y que el médico llegaba después de las seis.   Trató de conciliar un poco mas el sueño pero fue en vano;  Jaime danzaba en su cabeza, como un mal presagio,   -escurridizo y temeroso-.    Alba Fanny empezó a presentir algo muy malo.
El médico llegó muy puntual.  Era un hombre de gran estatura, pero le pareció demasiado delgado;  de barba rubia   –bien arreglada-   tenia en la voz un ligero acento extranjero;  de finas maneras y muy seguro al conducirse.    Empezó a examinarla lentamente,  palpando con mano ágil el vientre, el bajo vientre y la vagina;  preguntando simultáneamente si duele aquí o acá, y claro, ella contestando.    Luego escribe algo en un formulario pegado a una tabla con un gancho de presión.   Habla con la enfermera que recibe el turno y la instruye.   –Allí cae en cuenta Alba Fanny, que la señora que amaneció con ella ya no está y siente un poco de pena al comprobar que no dijo ni adiós-  Cuando ya el médico se va a retirar le toma una mano en un gesto de dulzura  –casi paternal-   y le pregunta si quiere algo, si necesita algo.   Ella le dice que no con un movimiento de cabeza y acto seguido le pregunta por Jaime.  El médico dice que cree que vendrá mas tarde y se despide.

La nueva dama acompañante es tal cual como la que se fue:  atenta, solícita y conversadora.   Le explica que deberá asearse por si misma y la anima a que si necesita ayuda se lo haga saber.   Promediando el medio día  Alba Fanny recibe la visita de Jaime;   él,  con fingida alegría le besa la mejilla, le sonríe y le pregunta como se siente;  y finalmente, le comunica que ya se van;  ya  están preparando la cuenta para llevarla de regreso a casa.   Ella se limita a observarlo y piensa :  por que nadie me dice que me pasó ?   qué me sucedió ?    -Intuye-   sabe lo peor;   pero no tiene el valor de expresarlo.

                           

Capitulo   Segundo  :     “ R o s a s ”


Ya ha transcurrido un día en casa;  al lujoso apartamento del condominio  “Las amapolas”,  en cuarto piso, con vista al mar, amplio y muy acogedor;  llega en la mañana Jaime Rivera,  el joven empresario sale del ascensor que lo deja directamente en la sala de  recibo de su apartamento.  No amanece ahí pues está casado y para nada en el mundo esta dispuesto a arriesgar su matrimonio;    -de esto ya se ha hablado muchas veces,  es por esta  razón que no quiere descendencia-.   Con Alba Fanny viven bien, se comprenden y se quieren.   La ama, pero definitivamente por nada del mundo quiere tener hijos extramatrimoniales y ni hablar de la posibilidad de una separación o de un divorcio, no;   ni siquiera está dentro de las posibilidades.   
Nunca lo ha dicho en voz alta,  pero un divorcio le costaría una fortuna, lo descuadraría de una manera tremenda y él no piensa correr ese riesgo.  Prefiere vivir en el infierno de su matrimonio,  a destrozar su familia y menoscabar su imperio económico, por un amor que al fin y al cabo ya es suyo;  al fin y al cabo ya disfruta de ese paraíso de amor, que le sirve de soporte y de contraparte a ese matrimonio que lo asfixia y lo oprime, donde lo  único que realmente vale la pena son sus hijos.

Pensando en estas cosas entra en casa y encuentra que todo está tal cual como lo dejó la noche anterior;  entra a la alcoba y ahí, recostada en los altos almohadones a manera de cabecera está Alba Fanny;  con la mirada perdida hacia el ventanal, lejana, como si durmiera con los ojos abiertos, encharcados.   El, solícito, se acerca, besa suavemente sus mejillas y a manera de saludo formula unas palabras suaves, a su oído.   Ella nada dice, por sus mejillas se desprenden las lágrimas lentas; llora en silencio, llora sin aspavientos; calmadamente se desgranan como gotas de rocío transparentes sus lágrimas. 

El observa que en la mesa de noche están la jarra de agua, la jarra de jugo y la bandeja con la cena;  todo está allí sin dar señales de haber sido tocado por la señora de la casa.   Entonces la increpa:   Bueno, dime que pasa…… es que tú me quieres enloquecer a mí…. ?     ¡¡ Tu no paras de llorar mujer por Dios !!   -Calla y observa-   Alba Fanny,  como si no fuera con ella con quien hablara, nada dice.   No da muestras de haber escuchado.   El hombre   -paciente-   se acerca,  se sienta al borde de la cama y le toma la mano, se la lleva a la cara y la rosa en su mejilla, la cubre de besos.   Por favor   –dice con suavidad-  Dime algo.   Háblame de lo que piensas.   Enróstrame mi pecado, por favor;  no me hagas esto de verte consumir en llanto,  sin siquiera quejarte…..   -Sube la voz-  ¡¡ Dime algo por Dios !!    Insúltame, grítame, pégame en el rostro, haz algo….   –Grita-   Yo voy a enloquecer si sigues así.     Se levanta de allí.   La mira por un momento como esperando una respuesta, toma la chaqueta que previamente colgó del perchero al entrar, da grandes pasos por la amplia habitación gesticulando y finalmente se sienta en la salita de estar que ocupa un rincón de cuarto, donde solían ver TV o escuchar música.   Allí sentado se toma la cabeza con ambas manos y dice como para sí:   Qué debo hacer Dios?   Qué debo hacer ?

Alba Fanny lo observa a través de las brumosas lágrimas, siente un poco de piedad por él, por su sufrimiento;   cuando cree que se va a ablandar hace el esfuerzo de recordarse a sí misma en el feliz embarazo, en el enredo de llevarla  a esa clínica a una consulta y con ese engaño cogerle   –firmada-   la autorización para el legrado.   Cómo le tiende esa tremenda trampa ese ángel de amor ?   Ese ser tan tierno….. ese semidios….?    Cómo Jaime mata a su propio hijo y ella lo va a perdonar ?    No, no y no.    –Ahora es cuando ve lo egoísta que ha sido este hombre-   ahora es que lo empieza a conocer realmente;  es la misma mentira de la seducción ocultando el matrimonio;  es la misma mentira para conseguir aplazar el embarazo.   Ahora reconoce claramente a aquel monstruo de amor, manipulador, engañador, abusador;        -como la siniestra araña-   tejió con tiempo su tela;  urdió con tiempo el engaño y allí hizo caer a su propio hijo;  allí lo cazó y lo eliminó como eliminan a sus rivales los de cuello blanco:   Por terceras manos.

Ha llegado la mucama, es una negrita menuda, de rostro gentil y de muy buenas maneras.  Jaime apenas ve entrar a la chica la toma por el brazo y salen juntos hacia el patio de ropas;   ahí entre materas de plantas hermosas              –florecidas-    el señor habla a la chica, y le recomienda que haga que su patrona coma, que la haga beber    –o se deshidratara-    que en lo posible la haga levantar y le insiste en que la haga salir de ahí;  que la lleve a la playa; que se esfuerce en convencerla de reanimarse;  y él, se lo agradecerá;   personalmente   –promete-   la compensará.    Y agrega que así como pagó por ese daño, puede también pagar por la reparación.

Y así, entre promesas y recomendaciones explica que debe irse pues está en el tiempo límite para llegar a una muy importante cita de negocios.   Al pasar por la alcoba mira a su mujer que está en la misma posición de antes y sin acercarse a ella, sale dando un portazo.

Un rato después entra la mucama, saluda a su señora y le pregunta si le prepara un café, o si quiere una rebanada de pastel, una tortilla o algo;  trata inútilmente de establecer el dialogo, pero es tan de pocas palabras que desiste rápidamente sin lograr siquiera que la señora le conteste algo.    Luego comenta que el señor quiere que beba, quiere que coma, quiere que salga a caminar por la playa.   Le pide por favor que se anime, que le conteste algo, que aunque sea sin palabras le de una señal de que la escucha y la comprende;  pero Alba Fanny es una muralla;  Finalmente la muchacha desiste de su empeño.   
El ding-dong del timbre la hace salir.   De portería anuncian a un mensajero por el citófono interno y la chica luego de contestar va  a la puerta a esperar;  recibe un gran ramo de rosas.   Son las rosas mas hermosas y frescas y es el ramo mas grande que la mucama ha visto en su vida;  vienen con una tarjeta hermosísima con una inscripción pidiendo perdón.   La chica entra en la alcoba  portando tal belleza,  feliz;    -tan feliz como si fueran para ella aquellas rosas-    las lleva ante la señora y le expresa con alegría lo que es.    Pero la señora no sale de su mutismo;   la señora no se digna siquiera mirar el ramo y nada le responde, nada de lo que la chica dice le merece una respuesta.

Cansada de esa situación la mucama deposita el ramo en la mesita de centro de la salita de TV, donde estuvo sentado su patrón y sale.   Su alegría se ha tornado en tristeza, está muy preocupada por la señora.

                                     

C a p i t u l o    Tercero :              “Conciencia”


Amanece el segundo día, en el apartamento del conjunto residencial Las amapolas, Alba Fanny Amaya se levanta, corre la hermosa cortina de prenses, entonces la claridad invade su cuarto mezclada con los trinos y gorjeos de las avecillas mañaneras que juguetonas, con sus ruidosas travesuras empiezan a poblar el día, a enriquecerlo a la par con la luminosidad matinal.   Apoyada en el alfeizar de la ventana,  mira allá lejos, posa su mirada en esa línea intangible que marca un trazo caprichoso entre el azul ágil  y  trémulo del agua  y  el  azul estático  y sereno del cielo;   allá donde seguramente queda lo que las gentes llaman “los confines”.    El aire claro es tibio y tiene ese gusto refinado y sazonado   -como un fruto maduro acabado de pelar-    La mar serena  parece ir y regresar al ritmo suave de la brisa e inclusive, las aves mismas,  parecieran volar conservando fielmente ese ritmo marino.   -Piensa en su Bebe-  qué sería ?   Tal vez aún no fuera de uno u otro género;    -Le gusta imaginarlo varón-    por siempre soñó con su primer hijo; le gustaba imaginarlo pequeñín, frágil, desprovisto de ropas;  un pedacito de ser chiquitín, que en su imaginación agita inquieto sus bracitos y sus piernitas regordetas;   cree oírlo llorar, cree oírlo balbucear   -tal vez pidiendo protección-    por un momento imagina como fue el ataque   -tal vez con pinzas-    cómo sintió cuando fue flagelado ?
No puede contener el llanto.    Sabe que llora sin parar desde el momento mismo en que despertó en aquella cama de la clínica  y  supo que había sido ultrajada por ese médico, con la complicidad de aquella vieja horrenda;   y claro, amparado por la autorización de su marido que pagó por eso;  y por   ella misma, que al firmar aquellos papeles dio su autorización.   –Si lo hubiera sabido-   Si hubiera siquiera sospechado…… Llora, llora amargamente por su bebé;  llora también por Jaime    -Victimario en tan horrible crimen-    Llora por si misma al pensar en todo eso.
Regresa a la cama a pensar en su bebé allá lejos, a imaginarlo en los confines donde se encuentran esas dos líneas azules de agua y nube, allá en el horizonte lejano y hermoso.

Un poco mas tarde escucha los ruidos que hace la muchacha al ingresar al apartamento en cumplimiento de sus rutinarias labores, por entre sus brumosas lágrimas la ve llegar, la escucha saludar y ofrecer lo de siempre:  Jugos, café, frutas, etc.  La escucha  comentar con sorpresa que las cosas que dejó ayer servidas, están intocadas en la mesa de noche, en la misma posición.    –La oye y la ve-   pero no le contesta nada.   No quiere decir nada a nadie nunca mas.     No volverá a hablar con nadie jamás.   Llorará a su bebé por siempre;  soñará con él por siempre.
Llega Jaime;  como ayer, hoy también recrimina y reprende;  como ayer, hoy también tiene prisa por huir de allí, sabe que mató a su hijo nonato y tal vez intuye que matará también a la madre ultrajada.   Alega, regaña, amenaza y finalmente un portazo y ya  –Se ha ido-.   De nuevo queda a solas con la muchacha, que echa un nudo de nervios no atina ni siquiera a hablar, rápidamente se dedica a cumplir con sus responsabilidades para salir de ahí lo mas pronto posible.

El Vigilante en su ronda vespertina descubre la puerta abierta   -eso contesta a la pregunta de Jaime-   se introduce un poco en el recibo del apartamento y llama en voz alta, como no obtuvo respuesta alguna, asegura la puerta     -tras comprobar que tiene en el llavero el duplicado-   y se decide a  regresar a portería;  a continuar con su trabajo y esperar.     –Sí, tal vez debió llamarlo y avisarle-   accede al responder al interrogatorio a que Jaime lo somete;  pero ya eran las ocho de la noche pasadas, había en portería mucho en que entretenerse y el tiempo volando se le pasó.    Pero   -aclara-    de lo que si está seguro es que ella no pasó por la portería;   por ahí, desde que él recibió el turno,  la señora no salió.

Ya son las nueve de la mañana del día siguiente y el vigilante de la noche anterior es sometido a toda clase de preguntas y de recriminaciones por el señor del apartamento del piso cuarto   -las amenazas no se hacen esperar-  el pobre tipo azarado ante el lenguaje procaz con que lo trata el señor, le recuerda que fue llamado después de haber entregado su turno, que en el apartamento nada se perdió por que el cumplió a cabalidad con su obligación de cerrarlo al encontrarlo abierto;  y   –agrega-   que la muchacha al llegar a las siete y comprobar que la señora había salido tampoco le dio mayor importancia a ese hecho, pues el mismo patrón le rogaba que saliera a darse una vuelta.   Se fue, nada se llevó    -eso es evidente-  conjetura que tal vez salio temprano;  e insiste,  al hacer la ronda vespertina de las siete de la noche,  estaba la puerta abierta, la buscó durante un rato, pero finalmente tuvo que regresar a lo suyo.   Cómo dejar la portería por mas tiempo sola ?   Imposible.

El día anterior, cuando la mucama se marchó rápidamente de allí al terminar pronto su trabajo   –hecha un mar de nervios-   le comentó al portero que si la situación seguía así, no iba a volver pues el señor no hacia otra cosa que vociferar por todo y la señora   -que no paraba de llorar-   ni siquiera contestaba, recostada en la cama derramando lágrimas en silencio;  todo quedó en orden, eso lo  puede jurar.
Al salir la chica Alba Fanny vuelve a la ventana del cuarto, observa el bellísimo horizonte iluminado por el sol resplandeciente del medio día.     Allá lejos,  sobre las olas, ve la pequeña cuna mecerse arrullada por la brisa y decide ir a su rescate.    Baja por las escaleras pues sabe bien que si lo hace por el ascensor desembocará directamente en la portería;   pero con las escaleras es otra cosa, pues éstas están a un costado, unos pocos metros mas adentro, en un salón donde hay cubos de basura  –debidamente tapados-  restos de pintura, contadores de energía e incluso herramientas.   Al llegar allí, sencillamente espera a que el portero abra la reja para atender a algún visitante o proveedor, se pasa por el lado contrario y rápidamente abandona el lugar dirigiéndose directamente a la playa. 
Una vez allí, como si fuera una autómata se introduce en el agua y empieza a alejarse en dirección al horizonte.    En este sitio la playa es muy bajita, lo que permite que se adentre bastante;  cuando el agua ya le cubre hasta los hombros  y  amenaza con arroparla totalmente;  ella,  que siempre fue buena nadadora,   hace resistencia y lucha por seguir adelante.    A  esta altura el mar ya está un poco agitado y la golpea hasta hacerla trastabillar;  a pesar de estar muy debilitada por los últimos acontecimientos, la chica da la pelea;  motivada  por la esperanza de rescatar la cunita de su bebé    -que cree ver cerca-   cubierta de algas y de espumas marinas.   Entonces obsesionada por la esperanza del rescate cada vez que cae se levanta y  sigue adelante con fe, con  persistencia  para tomar a su bebé en su delirio.    Cae en un bajío, lucha por sobre-aguar, pero vuelve a hundirse empujada por la fuerza del oleaje,  entonces finalmente flota inerte y es arrastrada mar adentro, en esos oleajes encrespados que golpean y sumergen los cuerpos de las cosas que encuentran a su paso, para luego, mas adelante, devolverlos a la superficie;  para en una constante volverlos a sumergir.

Cae la tarde, el día fenece ya sin sol  y  acá, en tierra firme se da el cambio de turno de vigilancia en el condominio  Las amapolas;   dando por sentado que todo está bien,  que todo está como debe estar.   Arropados por el manto abochornado de la rutina, los vigilantes solo atinan a mirar hacia afuera, en muy pocas ocasiones constatan que adentro las cosas marchen como deben marchar.

Jaime Rivera, joven empresario de cuello perfumado y gran fortuna, no acata  siquiera a sospechar la  tragedia  en  que se convirtió la vida de Alba  Fanny  Amaya  a partir del momento en que él    -con la poderosa llave del dinero-    echó a andar la máquina asesina que es la codicia, que no se detiene ante cosas tan insignificantes   -para ellos-   como la vida de un nonato;   o la salud de una pobre chica venida a más, deslumbrada por el brillo efímero del dinero y seducida por la codicia y el placer.

Se viene encima la noche, su manto fresco y oscuro empieza a cubrir los cuerpos de las cosas;  la cabeza de este hombre es un hervidero de preocupaciones, urde desde ya como es que hará para reafirmarse y continuar adelante;  como es que llegará a casa, a mirar de frente a su familia como si nada pasó, como si no tuviera conciencia, o en su defecto:  como si la tuviera tranquila.

jueves, 31 de mayo de 2012

EL FUNERAL


                                           
Hoy sepultamos a Papá.    Una llovizna pertinaz estuvo acariciando silenciosa y fría los tejados, y tal vez, calando de frío los huesos de los noctámbulos:  taxistas, vigilantes y demás habitantes de la noche.    Una vez amaneció la opacidad de la mañana vistió de gris nuestra pena y cómo si fuera sabedora de nuestra tristeza nos abrigó con su abrazo frío y leve.
Papá muertito conserva ese seño tan peculiar en él, ese adusto gesto que le daba un raro encanto de gran personaje, esa presencia gigantesca de gran hombre, protagonista de todas nuestras vidas y figura principalísima en el rol de la suya propia.
Papá profeta:  “Tu llegarás muy lejos hijo, en esta o en aquella cosa; en cualquier momento encontrarás tu camino y te definirás”.  “No tomes ese innecesario riesgo, será desperdiciarte”.   “Va a suceder esto o aquello”  y claro…..sucedía!!
Papá simple en su grandilocuente actuación, enseñando todo a sus hijos….”para que nada se te escape, para que nada te sea ajeno ni extraño”.
Papá gesticulando con sus hijos al recitar o cantar versos o canciones, declamando o perorando un gran discurso; jugando un escondite o adivinando con esa facilidad que le da a los viejos la malicia;  Papá grandioso en los abrazos y la risas con sus hijos;  complaciente, compinche, cómplice; mecatero, maromero, chistoso.

Y hoy, helo aquí tendido en el sarcófago, entumecido de frío;  esperando que por las fauces profundas de una sepultura La tierra lo devore, lo ingiera hasta ocultarlo allá  abajo, lejos de las miradas angustiadas de sus amorosos hijos.   Papá ha muerto y hoy lo llevaremos al parque cementerio a dejarlo allí bajo el manto oscuro de la tierra, calado de frío y solo;  solo porque allá no podremos acompañarlo  -allá no llegamos vivos-   por muy grande que sea nuestro amor por Papá lo acompañaremos únicamente hasta la boca de la sepultura, de allí en adelante él seguirá solito.

Mis hermanas  -sus dignas hijas-  gesticulan plañendo su pena como representando una actuación, hacen ruido y el torrente de sus lágrimas todo lo inunda.

Yo   -acomplejado-   yo que siempre suelo pasar inadvertido espero a un lado;  sollozo ahogando mi llanto en un pañuelo para que no se me escuche.   Amo a este viejo supremamente y aunque sé que este desenlace es normal en toda vida, me duele;  me duele que este catafalco contenga a mi padre;  me duele enormemente que este muertito sea mi Papá y siento enorme pena por dejarlo aquí solo en este hueco cubierto de tierra húmeda y fría y pienso como en una triste sonata que alguna vez conocí:  “Dios mío, qué solos se quedan los muertos”……. Que solo se quedará Papá con sus grandes manos entrelazadas sobre el pecho, inútiles, inermes, yertas y tumefactas por el terrible frío de la muerte.  Que solo se quedará allí entre las húmedas sombras de la noche eterna sin más ruido que el rasquetear de los gusanos sobre su propia piel.    Menos mal que tiene sus ojillos azules bien cerrados, así no podrá ver cómo las fauces ávidas de sus propios gusanos lo corroen y lo devoran.

Con su cara de idiota el cura entona su coro de estupideces, recita la monotonía de sus oraciones sin gusto, sin un gesto que demuestre que realmente siente la pena que finge;  es un hombre simple, flaco y desaliñado, escuálido, aparatoso, distante;  pienso en lo que diría Papá al verlo:  “Es un idiota”.  Es lo único que trasmite claramente, es lo único que lo trasciende:  su imbecilidad.   Lo absurdo de sus gestos, el ronroneo monótono y pesado de sus frases rituales y vacías inunda el jardín lujoso y bien cuidado que nos circunda.  El jardinero que cuida el lugar ocasionalmente riega con un chorro de manguera las plantas cada día y el sol se encarga de hacer el resto, para que las hileras de jardineras estallen en floración cada tanto;  y cada tanto el tipejo, con un rastrillo metálico raspa la tierra para limpiarla de malezas y así mantener hermoso este jardín que habitado por huesudas calaveras y descarnados esqueletos, abrigado por ese silencio sobrecogedor que lo arropa, es frío y lúgubre;  a la vez que hermoso y florecido….. ¡¡Oh Dios, que solos se quedan los muertos!!

Anoche  -o antenoche, no se bien-   llegó la señora Judith.  Yo estaba sentando en una silla de brazos mullidos observando el desfile de hipócritas,  que como si se tratara de una cosa rara se acercaban al sarcófago con una sonrisa estúpida y una mal disimulada sorpresa a ver a Papá y enseguida se despachaban con una verborrea inútil y simplona  a presentarle sus condolencias a Mamá y a los demás de la familia.  Yo anclado en ese sillón veía sin escuchar y pensaba:  Cómo hace alguien medianamente cuerdo para representar ese papelón ante una viuda compungida?   Qué cara mas dura recitar esa sarta de babosadas ante una pobre señora que sólo acierta a asentir con un leve movimiento de cabeza, esa verborrea absurda de “lo siento mucho”  -Que vas a sentir vos nada-    “que pérdida horrible para nuestra sociedad”   -Que pérdida ni que nada, quien ha perdido aquí soy yo-.   Y aún con  mayor cinismo no falta la que dice, dándose aires de gran señora: “Quedó hermoso, como si durmiese;  se fue feliz”   -Como si morir fuese un acto voluntario, como el de abordar un bus en medio de una fastuosa despedida.

Entre tantas gentes que desfilan en el velatorio de Papá llegó la señora Judith, esbelta, soberbia, hermosa.  Con esa dignidad de su porte imperial, con el cabello recogido en una moña, despejando de rizos dorados su amplia frente de dama soñadora;  con ese perfil helénico de mejillas sinuosas bajo sus parpados ligeros e iluminados por sus hermosos ojos, verdosos y cintilantes como espejos de aguas tranquilas.   A su lado Martha   -digna hija de su madre-    linda, menuda, ligera, gentil.  La vieja habla y yo, desde la comodidad de mi silla en la distancia, veo el movimiento pausado y leve de sus labios que carnosos y tibios se entreabren para balbucir las palabras con deliciosa coquetería al argumentar y no puedo evitar el pensar en su deliciosa vagina;  me olvido momentáneamente de mi pena y pienso en la delicia de aquella vagina tibia y desconocida de esta preciosa señora y al verla gesticular siento que la vida palpita en mi entrepierna;  erecta mi humilde lanza de niño huérfano empieza a reclamar su dosis de caricias y mis manos se tienen que aferrar con fuerza a los brazos de la silla para mantenerme allí anclado.   Martha la bella me mira de pasada y en su mirada hay un torrente de compasión que me circunda como en una ventisca, que quiere como a una brizna de yerba seca levantarme y sacudirme débil e inerte por el aire para después arrojarme allá lejos, donde las cosas inútiles se pierden de vista;  y yo aferrado a mi silla soporto el chaparrón que me acomete feroz, como en medio de un violento tornado. estoy solo, anclado firmemente a mi sillón, con mi pequeña lanza en ristre y con esta maldita corbata que me asfixia como el pulpo que con sus extremidades viscosas y sus chupas poderosas abraza a su víctima y le extrae sus jugos para luego soltarla inerte y escuálida.    Esta puta corbata me ahoga   -es como si su presión aumentara-  este remolino me ahoga y me ultraja;  los ojos de Martha me queman con miradas que se me antojan lastimeras;  y los labios  -vaginales, húmedos y carnosos-  de Judith me excitan.  El pobre macho que hay en mí se encabrita y cuando decide levantarse y dar la pelea, presentar la lucha de coses y dentelladas  -un segundo antes-   mira el ataúd donde reposa Papá;  mira el escenario absurdo de velas encendidas, tapetes purpúreos y ramos de flores gigantescos, arreglado como para una ceremonia de coronación;  mira además el desfile de seres vacíos y ceremoniales que esputan sus babosadas y estupideces y concluye con la lógica asertiva con que Papá lo hubiera hecho:  “Déjalo así, no ves que es idiota”.  Es idiota todo esto, soy idiota aquí sentado excitado por una dama otoñal y agredido por su hija, su escudera fiel;  es una idiotez todo esto de encerrar el cuerpo del finado en un cajón de madera y exhibirlo en una sala arreglada como para la coronación de un soberano.   Es tremendamente absurdo, por idiota,  el comportamiento de las gentes de fingir una pena y posar de piadosos ante una carroña;  y más absurdo y más idiota es para sus dolientes fingir que se creen esa sarta de estupideces; es idiota como simulan que olvidaron sus diferencias,  como por arte de magia en un chasquear de dedos el finado es buenísimo;  el hijo de puta que hasta ayer lo acosó, lo persiguió y lo perjudicó, lo extraña y lo que es peor aún, lamenta su ausencia.  Es idiota, es absurdo y falaz que por el hecho de morir todo cambie de manera tan radical.  Soy idiota, soy un pobre e hijo de puta idiota que perdió sus esperanzas;  soy un pobre hijo de puta que no puede resucitar a su papá que con gesto adusto ocupa su lugar en el cajón en el que viajará al profundo, frío y oscuro cráter del más allá.


sábado, 19 de mayo de 2012

LA PROFESIA


No.  1.         L A       M U E R T E .

¡¡ Mario, Mario !!   Con voz sonora y clara, la señora desde la cocina llama reiteradamente a su hijo, después de sentirlo salir del baño hace apenas un momento.  El hombre está sentado en el bordo de la cama anudando el segundo de sus zapatos, pues el primero ya está listo, cuando escucha nítida y fuerte la llamada de su madre.   Suspendió lo que estaba haciendo y se puso en pie, cerrando simultáneamente el cinturón ancho de cuero, que con una gran hebilla de herraje niquelado le sirve para mantener firmes sus pantalones vaqueros;  cuando le llegó por segunda vez la voz firme de su madre, llamándolo de nuevo:  ¡¡Mario,  Mario!!   -Esta vez la señora, ante la ausencia de respuesta de su hijo, sale de la cocina y se dirige al cuarto-.    Mario es un hombre robusto, de gran estatura y a pesar de su juventud es tímido y enfermizo, supremamente nervioso, últimamente acusa una mayor afectación de su nerviosismo recurrente y ha llegado hasta lo que su madre considera extremos:   La ha enviado al médico a que le ordenen exámenes y le evalúen su estado general de salud acusando una preocupación fuera de lo acostumbrado e inclusive velando su sueño y arrimando el oído cuando creé que está dormida, a escuchar su respiración;  situación que se ha limitado a explicar lacónicamente con la breve disculpa de no querer que a su vieja le suceda nada que él pueda evitar.    El hombre,  -presa del pánico-   sale corriendo del cuarto y al hacer el giro ante la puerta que da al amplio corredor de la casa tropieza con la señora, que al no obtener respuestas en sus reiterados llamados decidió venir por sí misma a investigar que pasa con su hijo.   El tremendo impacto de la colisión los arroja en sentido contrario, simultáneamente a cada uno:  El cae de espaldas contra la hoja de lámina de la puerta del cuarto y termina sentado en el suelo del umbral y desde esa posición mira como su madre cae de espaldas cuan larga es, descargando todo el peso de su cuerpo                        -acelerado por la fuerza que le imprime el voluminoso cuerpo de su hijo al impactarla-  contra su cabeza, que estalla contra el piso como un fruto maduro al desprenderse de una rama y reventar contra el suelo.   Rápidamente Mario reacciona y se abalanza sobre ella mientras grita repetidamente :  Mamá, Mamá!!  Pero ya su madre no lo escucha, tendida en el suelo, inmóvil, poco a poco a su alrededor se forma un charco de sangre de un tono rojo intenso, casi negro, que entrapa las manos de Mario al levantarla por el cuello y acercarla a su pecho mientras la llama sollozando:  Mamá, mamá, dime algo;  háblame por favor mamá…..!!
En un momento la casa se llena de gente, vecinos que al escuchar los gritos y llamados de Mario acuden con el ánimo de ayudar;  desprenden al hombre del cuerpo de su madre y le hablan tratando de calmarlo;  le dan a oler servilletas y pañuelos con alcohol y aguas de colonia para tratar de tranquilizarlo.    Con la compañía de una vecina, la señora es conducida en una ambulancia a una clínica cercana, donde a las doce y dos minutos del día siguiente, es declarada oficialmente muerta.

No. 2.     LA   PREMONICION.

Mario Agudelo está sentado hablando con sus dos únicas hermanas en la cafetería de la sala de velación de la funeraria  “Flórez”;  ya está aclarando el día   -amanecieron velando el cadáver de su madre en la compañía de algunos pocos vecinos y amigos-   y a esta hora se encuentran tomando café.   Ya Mario les ha hecho un relato detallado de aquel absurdo accidente que cobró la vida de su madre y ahora les comenta acerca de los antecedentes que lo precedieron, motivado por la curiosidad que despierta en sus hermanas el hecho de que él se abrogue la culpa de lo que sucedió.       Yo me aficioné  -les dice-   a ir a consultas donde brujos y adivinos y todas las clases de mentalistas, ocultistas y charlatanes que existen, después de que me sucedieran algunas cosas extrañas.   A mi un hombre  me predijo con exactitud tremenda lo que me sucedió en el inmediato futuro.   -Pero Mario, le interrumpe una de sus hermanas-    Cómo es posible que tu creas que tienes la culpa de la muerte de mamá?   A lo que la otra hermana agrega:    Por que tu crees eso y que es lo que te hace sentir tan mal ?     Explícanos eso por favor,  pues siempre fuiste su protector, su apoyo y cuidabas de ella con un celo, diría yo exagerado.     Sus dos hermanas son dos señoras mayores que él, por razón de sus matrimonios respectivos viven distantes de allí y distantes entre sí;  prácticamente aprovechaban para entrevistarse las visitas a su madre y claro, ahora su sepelio.   El hombre a manera de respuesta les dice:    Justamente es lo que quiero que sepan, cómo ocurrió todo esto, cómo se precipitaron estos acontecimientos;  es para mí supremamente doloroso repensar esto pero debo hacerlo.     Estaba yo sentado en un asiento múltiple    -de esos de tres sillas de plástico-   en la sala de espera del aeropuerto esperando al doctor Jaramillo, quien había quedado conmigo de ayudarme con una recomendación para un empleo en el hospital local;  cuando a mi lado vino a sentarse un viejo negro, muy elegante y perfumado;  sus zapatos resplandecían de lustrosos y con un maletín ejecutivo y un abrigo doblado en el antebrazo,  me habló con voz grave  -yo diría que ronca-  el viejo me saluda;  Luego se queda mirándome a través de sus anteojos claros, límpidos, enmarcados en carey;  sus ojos de un gris de hielo me recorren por un momento y luego el hombre, con su vozarrón ronco me pregunta:   ¿Tiene usted una cita con alguien aquí?  ….Yo, entre molesto y sorprendido por lo que consideré un atrevimiento le contesté que no;  y le expliqué que me limitaba a esperar el arribo de un amigo y que para mí era de mucha importancia entrevistarme con él, por eso lo esperaba y le agregué que quería lograrlo allí sólo, pues si lo dejaba llegar a la ciudad ya me sería muy difícil entrevistarlo.    –Usted pierde su tiempo-    Me respondió el viejo si dejar de observarme.   ¿Cómo?    -Le preguntó yo-    Y el hombre se despacha con la siguiente respuesta, que vino a cambiar mi vida y que jamás olvidaré:   “Mientras usted está aquí esperando al que no vendrá, se perderá de atender a alguien que lo buscará hoy, después de medio día en su casa y que lo llevará directamente a un empleo que será para toda la vida.    –Y remató-    Si no se marcha de inmediato no alcanzará esa cita con su destino”     Y dando por terminada la charla me dio un ligero golpecito en el hombro a manera de despedida y se levantó a perderse entre la gente.   Quedé lelo, quedé estupefacto viendo como avanzaba alejándose y de pronto se paró, giró sobre sus pies y me miró como si me recriminara;  para luego continuar su marcha;   yo me levanté de la silla y salí rápidamente de ahí.    –El hombre hace una pausa, toma un sorbo y carraspea su garganta, para luego continuar su relato-       El bus me dejó frente al colegio Mayor, allí recogí mi bicicleta y tomé para mi casa.   Recuerdo como si fuera hoy   -con absoluta claridad-    que en ese momento sonó la sirena de los Bomberos, que rutinariamente suena justo a las doce del día;  cumpliendo con una costumbre tal vez muy antigua y que a mí, personalmente me parece absurda, de sonar a esa hora, siempre, fastidiando a los que tenemos el dudoso privilegio de habitar en su cercanía.   Entré a la casa, y mamá, como si me viera llegar o como si me hubiera estado esperando, me dijo que fuera rapidito a la tienda y le trajera algo   -no recuerdo qué-    caminé hasta la esquina y allí    -en la tienda-   estaba don Pedro Ruíz, quien fuera el entrenador del equipo de fútbol en el que había jugado hasta el año anterior;   estando jugando con él fue que me lesioné y tuve que dejarlo.   El hombre me saluda de mano  y me dice:  “Mario, que bueno que te veo, ando en tu búsqueda”   ¿qué estás haciendo?   Nada don Pedro    -le respondo-   no he podido conseguir trabajo.    “Tomá esta tarjeta   -me dice el señor, extendiéndome su mano para alcanzarme una tarjetica de cartón de presentación personal-    aparecete mañana a las ocho en el Juzgado noveno municipal, bien presentado, para que entrés a trabajar que ya todo está arreglado”.      Gracias don Pedro, yo creía que usted ya no se acordaría de mí.  –Le dije-    Y él me contestó:   “No mijo, después de la lección que lo sacó del fútbol y conociendo la calidad de persona que es usted yo no lo abandonaría.   De todas maneras pase por el club para que hablemos o por lo menos llámeme y me cuenta cómo es que le acaba de ir”.    Nos dimos nuevamente la mano para despedirnos y se fue.   

De eso hace ya diez años    -que es lo que llevo trabajando en el juzgado-    desde entonces mi preocupación principal siempre ha sido volver a ver al viejo del aeropuerto, en todas partes donde voy o estoy, lo busco;  me quedó una fijación mental  con él;  averiguándolo he ido a dar donde toda clase de brujas y pitonisas, adivinos y charlatanes de todas las pelambres;  con decirles que me he vuelto un experto en el tema y sé con muy poco margen de error quien es acertado y quien no.  Bueno, bueno…. Pero que pasó con lo del accidente    -pregunta, interrumpiendo una de sus hermanas-    Justo a eso voy   -responde Mario-   hace hoy precisamente un mes que con un grupo de compañeros de la Facultad de Derecho de la Universidad de San Isidro   -donde estoy a punto de graduarme-    fuimos al aeropuerto a despedir a una pareja de amigos que partían a su luna de miel;  y estando en aquella misma sala    -como hace ya diez años-   el mismo viejo que tanto y tan tenazmente busqué se sienta a mi lado, me palmotea la espalda como si fuéramos viejos amigos  y me dice:   “Hijo, en un mes, a partir de hoy;  tu madre morirá”    -Cómo es eso, no, no me lo diga…que hago…?   Cómo que morirá…. No, no puede ser-     Yo todo aterrado me cogía la cabeza y manoteaba ante el viejo, que sólo atinaba a mirarme con sus ojos grises, de hielo;  de repente se levanta del asiento y empieza a alejarse mezclándose entre la multitud de gentes que a esa hora abarrotaban el corredor que intercomunica las salas de espera del aeropuerto.   Yo prácticamente corría a su lado gimoteando cuando un Policía me hace detener, me observa como si buscara algo en mí;  luego me arrastra hacia un rincón y procede a requisarme y a pasar revista de mis documentos;  cuando le exijo que me explique por qué me molesta me responde que en ese lugar no es normal que una persona corra y grite y que eso me hace sospechoso de algo y que además me conducirá a un lugar dónde requisarme más exhaustivamente;   todos mis compañeros nos rodean y explican con grandes voces que somos del mismo bando   -el bando de la justicia-   y además le cuentan detalladamente que estamos haciendo allí.    Finalmente el tipo me deja en paz, después de exigirme que le explique por que corría y de ofrecerle una disculpa y cuando le doy la explicación del asunto se limita a sonreír y a decirme con algo de sorna:  “Aquí se pasean muchos fantasmas;  no es el primero que da ese tipo de versiones.   –Y agrega-   A veces creo que muchas de las personas que uno ve aquí no son reales”   Yo, en mi defensa digo que el tipo me tocó en el hombro a manera de saludo;  pero el policía se limita a despedirse cortésmente y me deja hablando solo.

jueves, 10 de mayo de 2012

EL PERFUME DE PARIS

Con el pequeño estuche en sus manos le dio vuelta por enésima ocasión buscando una marquilla de fabricante o de importador que lo delatara como comprado aquí, sin lograr hallarla.  La cajita del frasco, de un cartón duro,  decorado en un fondo crema mateado, con visos azulados que en espirales se desplazan hasta grises cremosos y terminan desvaneciéndose, por sí misma era un hermoso artículo de regalo.  El pequeño frasco de linimento o jarabe que fungía como perfume, era a su vez hermoso:  De un vidrio amatista oscuro y frío;  rematado por un hermoso sombrero de ala corta de estilo gardeliano que servía como tapa y a la vez, dejaba muy en claro su feminidad, pues tenía al contacto con su entorno ese gusto de las protuberancias curvadas y deliciosas de los delicados cuerpos femeninos.

Comprobado hasta la saciedad que ni en el estuche ni en el frasco existían indicios de que fuera un producto nacional, canceló su importe al vendedor;  un joven gracioso y amanerado que acentuaba sus palabras con fingida delicadeza y que al sonreír exhibía dos finos hoyuelos en sus mejillas;  recordándole un rostro familiar que de momento no acertaba saber a quien pertenecía.   Se dirigió al sótano del centro comercial a buscar el auto de su amigo chucho, que lo fue a recoger al aeropuerto y que antes de regresarlo a su casa, lo trajo hasta aquí.  Con mano diestra depositó en un pequeño bolsillo del maletín de mano El Perfume de Paris y dijo en voz alta:  Ahora si Chucho, a la casita!

Había estado ausente  -en Francia-  por tres largos meses y ahora regresaba.   Tenía nostalgia de todo:  De su casa, de su familia, de su ciudad y en la prisa y la emoción del regreso olvidó que su pequeña lo único que le pedía era un auténtico perfume Frances. Eso era todo lo que María le pedía cuando charlaban en las noches  -él desde la cabina de un locutorio público y ella, desde la tibieza de su cama-   se decían incasablemente cuanto se extrañaban, se repetían cuanto se querían  -a pesar de la distancia-  Se expresaban como sus pieles tibias deseaban el reencuentro y sus bocas y sus manos anhelantes se buscaban en la fría soledad de la distancia.   Por eso casi enloquece de preocupación cuando ya instalado en el asiento que le correspondió en el avión cayó en la cuenta de que no traía consigo el perfume de parís,  que era lo único que su pequeña Ma. le pedía. 
 Su monita deliciosa, la mejor boca del mundo, el cuerpo más delicioso de todos los cuerpos que él en toda su vida había poseído;  Aquella boca en la que muchas veces quiso, frenético, fundirse para amalgamarse en el calor de la pasión y derretirse como chocolate delicioso formando un solo cuerpo.       Ma.  Era una riquísima circunstancia en su vida, lo llenaba de placer, de felicidad y además era discreta, decente, hermosa y lo mejor:  No interfería para nada en su vida,  ni siquiera sabía como se llamaban su esposa o sus hijos;  es más, no sabía ni siquiera su lugar de residencia.  Nunca se negaba  a sus requerimientos:  Con sólo pulsar un teléfono estaba disponible.  No se negaba a sus encuentros, jamás una escusa, un:  “Hoy no se puede”.  Esa chica preciosa que para nada lo molestaba, que nada le negaba, que nada le pedía y que todo se lo daba sin una sola reserva, sin el más mínimo asomo de egoísmo, sin la más pequeña contradicción que revelara una queja o un disgusto.
   
Desde que se conocieron en un baile de despedida de año, en un club de mucho caché de la ciudad, un día intermedio de diciembre, cuando su mujer estaba aún de dieta de su niño menor;  se habían vuelto inseparables;  fue amor a primera vista.   La primera comunicación entre ellos, el primer mensaje personal no pudo ser  mas directo:  Fue simplemente el encuentro de sus miradas; ella pensó:  “Por qué sólo veo a este hombre, tan distinto de los demás”.  Y él, con su mirada anclada en los ojillos de ella, como respondiendo a su interrogante a manera de disculpa parecía decir:  “Porque yo solo te veo a ti”  y entre ambos,  cantidades de gentes invitados a la fiesta, danzando, parloteando, riendo felices; ajenos a aquel sentimiento que temeroso vino a anidarse en el tibio pecho de la pequeña María para allí hacer su fortaleza para siempre.

Aquella monita flacucha y menuda, de rostro ovalado y naricita respingona, de pecho altivo y voz deliciosamente modulada;  excelente bailarina y gran conversadora;  lo mejor que tenía era esa sonrisa leve, inocentona, ante cuya aparición se acentuaban de inmediato dos leves hoyuelos en sus mejillas para darle un marco encantador a su mirada límpida, desprovista de malicia, sosegada y refrescante.  Fue amor a primera vista:  Ella sintió una oleada de calor encender su piel y recorrer su cuerpo hasta llegar a su cara y tuvo el impulso repentino de huir de allí, asustada quiso desaparecer ante el peso inmenso de una atracción tan plena y repentina.   Rápidamente vio desplazarse ante los ojos de su intuición las consecuencias de ese maravilloso amor que brotó repentino en su corazón;  pensó en la pasión, la entrega, la culpa;  el inmenso fardo del arrepentimiento;  en ese momento sintió en sus hombros la leve y dulce presión de unas manos varoniles, fuertes y suaves y como en una oración, una voz tierna y dulce, aunque firme y acertiva le dijo:  “Por favor no te vayas.   Quédate conmigo un rato más, por favor”   Se miraron con dulzura.  Alto y robusto, la rodeó con sus dulces brazos y con la mirada la penetró hasta el fondo mismo de su corazón, donde habitó para ya nunca más salir.
Desde ese momento se hicieron inseparables.  Ella no pensaba en el tiempo, los minutos, las horas, simplemente no le corrían;  ella vivía con él, para él;  a partir de esa noche sin tiempo, un remolino embriagador  la arrojaba lejos de toda conciencia.  Solían encontrarse después de las cinco de la tarde y pasar tres o cuatro horas entregados al más dulce y feliz de los encuentros:  La recogía en el auto, al salir del parqueadero y se alejaban de la ciudad, conduciendo sin prisa, escuchando música deliciosa, dejando rodar lentamente chorros de cerveza helada entre sorbos y palabras dulces, apretones de manos y caricias leves;  para finalmente recalar en la lujosa alcoba de un buen lugar, discreto y encantador;  entregar sus cuerpos anhelantes a las delicias del amor;   para luego, en una ceremonial despedida, con un hasta mañana amor, me llamas y me cuentas que tal dormiste, separarse.   Amó para siempre el contorno del cuerpo de su hombre, se ató a él;  esbelto pero fuerte, proporcionado y apasionado, discreto y  salvaje;  como si el cuerpo de ese hombre fuera un espejo en el que se reflejara la dualidad de animal y de deidad que nos habita. 
Que rutina más deliciosa soñar despiertos, el uno con el otro, repasar de día una y otra vez las delicias de los encuentros de las noches anteriores.  Que ricura ir en otro plan, con la familia por un centro comercial y ver en una vidriera una exhibición de cosas hermosas y desearlas para ella y regresar después, solo, comprarlas y en el próximo encuentro vespertino obsequiarla:   Aretes, blusas, pulseras, bolsos y cantidad de cosas más que ella compensaba con caricias tiernas y felices.  “Qué quieres amor?  dime que deseas, pídeme lo que quieras……   Y ella en respuesta susurrarle al oído con su dulce voz:  Te quiero a ti….. no pido nada más.

Al llegar a aeropuerto su amigo chucho lo esperaba;  dos maletas con detalles para su casa, para su madre y sus hermanas, para la gente de la oficina;  aún, hasta para el mismísimo chucho y el portero;  para todos los conocidos, allegados y amigos, un regalito;  todos, todos serían obsequiados con algo;  todos menos María, pues el perfume de París, lo único que pidió alguna vez;  lo único que anheló;  lo único que quiso para sí…….ella que todo lo dio desinteresada y desaforadamente tuvo que ser comprado en un “San Andresito” pues sólo recordó ese detalle en el avión.

Aquella noche, al regresar Ma. de su trabajo a casa se encuentra con que su hermano Pablo la espera;  aunque viven juntos, es poco lo que se ven pues él en ocasiones llega muy tarde en la noche, o simplemente no amanece en casa;  pero hoy está allí, la espera ansioso por contarle  -a manera de chisme-   que el doctor, su amigo, estuvo en la perfumería y compró un frasco de perfume chiviado al que revisó con inusual meticulosidad y claro, Pablo aprovechó para clavárselo bien caro; confesó.   María escucha ese relato sintiendo como el estómago se le llena de espuma;  sonriendo con dulzura no acierta a decir nada,  se refugia en el baño.   Mientras cepilla cuidadosamente sus dientes el raudal de lágrimas desciende tibiamente por sus mejillas.   Siente como en su interior, en lo profundo de su intimidad de mujer algo se rompe bruscamente;  como al rasgarse una tela.   Mientras Pablo remata su relato diciéndola como el hombre revisó el empaque, revisó el frasco, una y otra vez;  como buscando algo especial;  sin siquiera darse cuenta que el perfumista que lo atendió era su hermano.   Y aclara que en su autorizada opinión:   “El hombre es muy guapo, muy guapo hermanita;  de razón te trae tan reloca”  y agrega con sorna:  “Con un bombón así,  yo también me enloquecería”  y ríe sonoramente como si disfrutara un buen chiste.





viernes, 4 de mayo de 2012

El Mayor de los Delitos


                          
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El hombre paseo largamente su mirada sobre la textura  -obviamente nueva-   de la pared brillante, esmaltada en un estuco que quien sabe de qué manera, el que lo aplicó, logró dejarlo dando visos irisados, como si estuviera escarchado con pequeñísimos espejuelos luminosos.     Repasó nuevamente con la mirada el fondo plano y claro de la amplia pared solo interrumpido por el par de columnatas que adornadas con un sobrio semi-arco en yeso    -prefabricado-   orlaba la parte superior del portón de acceso a la que otrora fuera su casa, su vivienda, y que hoy   -ya ajena-   sólo podía limitarse a contemplar con un cierto dejo de timidez y aún de nostalgia, pues fue su casa.   En sus amplios corredores jugó futbolito con sus hermanos   -Jairo y Jaime-   Y en su inmenso patio   -aunque enmalezado-   sus hermanas jugando a ser mujeres, hicieron sus primeros platos;   en aquellas comitivas festivas de la infancia, en las que bautizaban muñecas y mascotas;  celebraban bodas, cumpleaños y grados imaginarios y desde luego, fueron esposos, padres, policías y hasta rehenes o convictos;   en esas deliciosas tardes de sol vallecaucano ardiente y brillante, refrescadas por siropes y agüalulos o masatos con que Empera   -la madre-   los bombardeaba.

De golpe se le vienen a la memoria las agua-de-panela con limoncillo   -para el estómago-   o con pronto-alivio, para el catarro;  o con paico, para las lombrices y parásitos.   Las aguas calientes, para limpiar pequeños cortes y arañazos en brazos y piernas.  También rememora los emplastos para tumefacciones, que los viejos en su jerga caprichosa y anticuada solían llamar descomposturas;  un codo o un pie luxado, según Gilberto   -su papá-  estaba descompuesto;  y a pesar de ser su papá y su tocayo de una sola vez, eso no impedía que con “mierda de gato”  le sobara el músculo luxado en medio de sus gritos de dolor y pánico, ante ese paliativo.    Hoy, Tico   -como todos lo llamaban-    ya viejo, al contemplar  la que fuera su casa, vuelve a vivir aquellas emociones y dolores, aquellas dichas, penas y alegrías y vuelve a escuchar la risa hermosa de Dorita, su hermanita más chica;  que era como una dulce melodía rica y suave al oído.   Por un momento vuelve a sentir en su tobillo la presión de las manos ásperas del viejo Gilberto, que embadurnadas de yodosilato, recorren su piel haciendo una tremenda presión en cortos recorridos hacia arriba   -por que los sobanderos solían decir que hacia abajo la sobajina se pasmaba-   Luego con un pañal,   -heredado o hurtado de la cuna del bebé más pequeño de la familia-   le envolvía el pie fuertemente apretado y pare de contar;  mañana otra vez la tortura.   Seguramente la luxación se curaba más rápido por el terror a aquellas sobas tremendas, más que por la efectividad del remedio.

Mira a su alrededor con mal disimulada tristeza, tratando de posar su mirada en alguna cara conocida, sin lograrlo.   Las gentes del vecindario que van o vienen   -pasan a su lado-   con tal ignorancia de aquel individuo, que es como si no estuviera allí;  nadie tiene un gesto amable o una palabra de cortesía con este nuevo transeúnte de la carrera cincuenta y seis;  es como si no existiera.   Camina lento sobre la acera contraria a su casa y de pronto se fija en el número   -que en hermosos herrajes niquelados en dorado-   identifica su antigua vivienda.   Aquel 19-32 de la carrera 56 de siempre, también está irreconocible;  el que antes estuviera gravado en una lámina de hoja-lata bordeada con pintura ha sido reemplazado por este ostentoso dorado, en hermosos arabescos artísticos y lujosamente pulido.
   
Finalmente el hombre se aleja por sobre la avenida, sin prisa camina hacia lo que antes fuera una amplia galería en aquella comunidad del norte de la ciudad y que hoy está transformada en una gran plazoleta ajardinada, dotada de centros comerciales y de diferentes y arrogantes edificios de hoteles y de viviendas de esas que hoy llaman multifamiliares y que Gilberto no acierta a comprender por qué. 

Por un momento se dedica a mirar las callecitas peatonales y los juegos en las zonas verdes, contenido por barreras de láminas metálicas, combinadas con mallas de grandes ojos y por franjas de zona verde con materas gigantescas y esporádicos módulos con teléfonos públicos y cestos para arrojar basuras.   Entonces tiene una pequeña medida de lo que es el paso del tiempo a la vida del hombre:  Inexorable, inmodificable, incontenible.    Gilberto reflexiona:  ¿Cómo tras treinta años de reclusión, la vida en la ciudad se transformó de tal manera?     El cura   -un convicto al que llamaban así por su cara de puritano y por que era muy estudiado-   solía decir que el tiempo no existía, que las cosas eran sencillamente como cada uno quisiera verlas y que la vida era en realidad una circunstancia metafísica;  que el reloj y el calendario eran en abstracto, los barrotes de esa gigantesca cárcel en que el hombre está contenido y que para nada podíamos siquiera pensar en salir de allí y realizarnos o vivir lo que otros tantos   -que dizque saben-   llaman nuestras vidas;   “somos   -remataba-    como veletas agitadas al viento derivando al capricho de las circunstancias”.

Deambulando por ahí, desemboca en una pequeña placita al interior de un centro comercial, adornada con una pequeña fuente luminosa en la que se ilumina la penumbra con rayos de luces de colores entre sonoros y refrescantes chorros de agua, que salen despedidos hacia arriba, desde unos surtidores, que disimulados en pétalos de flores acrílicas coloreadas vivamente le dan al conjunto, el aspecto de una gran maceta.   Curioso el hombre se acerca a mirar, apoyado en una barrera de láminas de aluminio plano, atornilladas sobre ángulos de hierro empotrados en pequeños muros de grano pulido;  fija su mirada en una plaqueta que dice, en letras suficientemente grandes para que el hombre alcance a leerlas:  “Hecho en Medellín” y que debajo de este texto, en letras más pequeñas, debe decir cosas tales como nombres, direcciones, etc;  que el viejo no alcanza a leer.   Justamente al frente, al otro lado de la fuente hay una agencia de apuestas, a la que el viejo entra y se entera que por ser viernes, juega la lotería de Medellín  -entre otras-   lo que le parece en extremo casual, después de haber leído ese nombre en la plaqueta de la fuente;  entonces decide hacer el número de la puerta de la que fuera su casa, en pleno, con dicha lotería y luego se marcha, hacia el lugar donde pasará la noche   -un hotelucho popular del centro de la ciudad-   donde piensa pasar unos días, mientras encuentra una pieza, donde habitar permanentemente y dedicarse a trabajar lo que sabe, lo único que le dejó aquella larga estancia en la penitenciaría:  Tallar madera.

Ahora camina un poco más rápido pues ya a caído la noche y antes de recogerse en el cuarto del modesto hotel, arriba a un asadero cercano a comer algo;  allí tropieza con un lotero, un hombre ya mayor que le ofrece el último billete que le queda de la lotería de Medellín y que para su sorpresa, es aquel 1932, de la serie 56;  pasmado por tal sorpresa lo compra y luego de consumir su humilde cena se retira.   En la habitación, en un pequeño transistor que hace ya mucho tiempo lo acompaña, escucha el sorteo de la lotería y el número del premio mayor y de su serie coinciden exactamente con los números que él tienen en su billete.

Un poco más allá de las nueve de la mañana del siguiente día, Gilberto sale de la agencia de chance con cerca de 20 millones en su bolsa de lona y con el corazón a mil;  sabe que tiene el billete de la lotería premiado con 500 millones, bien encaletado;  pero no sabe que hará con él.    Lo primero que se le ocurre es entrar a un restaurante distinguido, a meterse un buen desayuno, de esos de los tiempos idos;  un desayuno de hígado encebollado, tasa de chocolate espumeante y tajada de queso;  como cuando era libre y joven y ganaba plata y tomaba trago y tenía amigas que le abrían las puertas y las piernas.   Antes de caer en desgracia;   antes de la triste circunstancia de apoderarse de una maleta ajena    -en un bus- en la que se transportaba un arma con la que   -según dijeron-  él había matado a unas personas y no pudo demostrar lo contrario.   ¿Cómo iba a hacerlo si no tenía con que pagar un abogado?    ¿Cómo el doctor que le nombraron de oficio iba a hacerlo si nunca tenía tiempo para él?   “Acepte esos cargos, asuma su responsabilidad y saldrá rápidamente de  esto”  le decía.   Pero él no podía ser tan güevón de aceptar lo inaceptable;   él no podía ser tan pendejo de convertirse en un asesino por el capricho de un doctor que ni siquiera sabía la verdad de los hechos, pues cada que Gilberto se los quiso narrar, siempre se escudaba en la prisa y lo dejaba con el relato entre la boca, a medias.   

Finalmente lo condenaron a 30 años a la sombra;  y en la apelación    -el abogado fue lo mismo de negligente-   la sentencia   fue confirmada.     Como un espejismo pasan por su memoria aquellos 30 años de su vida, y como decía “el cura” :  “Eso fue ayer,  no los sintió”.     El tiempo no existe, no se puede tocar, sólo deja una huella apenas perceptible en la piel y una pequeña reseña en la memoria:   La piel se arruga y se hace mustia y la memoria se recrea añorando el pasado, pero no más.

El nuevo rico que es ahora Gilberto   -todos los días-   ante el espejo reclama   -se reclama-   ese instante de su vida, es momentito de vida que le robaron, esos 30 años de goce, de calle, de familia que se le fueron entre aquella maldita maleta que en mala hora tomó en el bus.  Esos 30 años perdidos de tener familia, de asistir a los bautizos de sobrinos   -seguramente los tendrá-   de haber llevado sus hijitos   -si los tuviera-   de la mano a la escuela.   Esos 30 años sin paseos de olla al río;  sin tardes de futbolito con los amigotes y remates cerveceros;  sin novias, sin montar en carro o en esos chécheres que ahora llaman motos y que él no logra descubrir entre los pliegues de la memoria.
Treinta años por pobre   -su único delito-   treinta años por no tener con que pagar un maldito abogado que hablara en esos términos técnicos lo que él decía en sus palabras, en la jerga urbana del hombre de la calle:   “Yo no disparé”   “Yo no sabía que había allí”  “Tomé la maleta y salí con ella ignorando su contenido”   Pero no, el juez no habla ni entiende el lenguaje de los pobres diablos;  sólo escucha y comprende el lenguaje técnico de los abogados y eso le costó permanecer treinta años en un corral;  por qué?    ¿Por ladrón?   ¿Por asesino?  -No, peor que eso-   “Por pobre”.    Por que como decía el cura :  “Ser pobre   -en este país-   es el peor, el mayor y el más duramente castigado de los delitos.

Dolor de Ausencia


 Dedicado a mi hijo Camilo, ante la pena por su                                                                                                                  
                        Ausencia y con la esperanza por su regreso.

                                                                                Pedro Luís Gallego, serio y grave inhala el humo de su cigarrillo mientras conversa y saborea su café, en torno a una mesa con otros amigos  -viejos como él-  que parlotean igual;  son de los que creen que el buen café debe saber como huele y además, que debe ser elaborado en máquinas de vapor y no en viejas talegas de lona a la usanza domestica.   Se encuentran reunidos   --como siempre-   en un cafetín del centro de la ciudad donde se dan cita gran cantidad de otros señores como ellos, ya mayores;  visto desde la distancia, el cafetín debe asemejarse a una pequeña plaza de mercado en la que todos   -al tiempo-   hablan, gesticulan, ríen, alegan y hacen bromas;  cubiertos por esa niebla artificiosa del humo de los cigarrillos;  departen ante las mesas de los diferentes juegos:  De cartas, tableros de parqués y dominós;   y al fondo, unas pocas mesas de pool y de carambola libre    -viejas y mal cuidadas, como sus asiduos usuarios-   cierran el conjunto.

Yo no he podido comprender, ni siquiera descubrir que fue lo que le hice a ese porquería, para que me abandonara de tal manera   -Dice Pedro Luís-    Era tan bueno, era tan queridito.   –Continúa-   Con su mamá y sus hermanitas era supremamente especial.   Con ella salían tomados de las manos, como si fueran novios   -y remeda con gestos su narración-  en medio de los detalles más dulces y delicados.   Era una maravilla ese hijo.  Se que despertaba la admiración, y quizás la envidia del vecindario.   –Hace una pausa para absorber de su cigarrillo y saborear el tinto en una jícara de cerámica porcelanizada y adornada con motivos floreados-   y retoma el tema:   Conmigo era más serio, no ocultaba que para nada estaba de acuerdo con mis maneras y que definitivamente yo no era alguien con quien emular, ni a quien imitar.   

Frecuentemente chocábamos,  pero yo entendía esos roces como normales dentro de una relación de padre-hijo.  Para él yo era un viejo cansón y hasta llegué a saber que en ocasiones  quiso tomarse alguna libertades;  lo que desde luego no le permití, dejándole muy en claro quien era el gallo que allí cantaba.   –Pedro Luís toma un sorbo, aspira el humo e inclina un poco su sombrero de paño negro, viejo pero muy bien cuidado y cepillado con esmero-  y vuelve al tema:   Nuestra relación se afectó y sufrió un cambio que poco a poco se hizo evidente:   Me trataba poco; con respeto sí, pero sin meloseria y prácticamente no me involucraba en sus planes.   Con su madre y sus dos hermanitas siguió siendo el mismo meloso y cismático de siempre, hasta que se consiguió una novia.    Era una bella niña rubia, grande y bonita, tenía una mirada tan dulce que a mi me parecía la mirada inocente de un corderito.         –Aunque yo no conozco los corderos más que por referencias en cines o en textos, eso era lo que me hacía pensar al contemplarla-  Y continúa:  Obviamente la mamá de él se sintió muy tocada con este acontecimiento, ese noviazgo la afectó muchísimo.  Era tan notorio su malestar que yo mismo, en algunas ocasiones le hice el comentario que parecía una celosa, que exageraba los defectos que creía hallarle a esa niña y en general, que lo más sano y lo mejor que le puede ocurrir a uno, a los veinte, es tropezar con el amor contenido en un hermoso cuerpo como el de ella, sólo para uno descubrirlo, degustarlo y disfrutarlo.   Los dos años de aquel noviazgo, fueron para la madre de mi único hijo varón una tortura larga y tenaz;  se que urdía la manera de despegar a su chico de aquellos brazos deliciosos y tiernos;  hasta que el hombre la encaró:  ¡¡Mamá!!  -Dizque le dijo-  me voy a vivir con Chavita,    así se llama mi nuera; nos vamos a Bogotá a trabajar y a estudiar,  allí vive gran parte de su familia y nos apoyarán; no nos casaremos   -pues no creemos en la santa institución-  pero vamos a fundar una familia y por favor no llores que no voy a morir;  no me jodas ni me cantaleties que ya no soy un chiquito;  así pues que hasta aquí llegamos, adios.    –Ella me lo dijo bañada en llanto esa misma noche-   Pedro:   “Betico”   -Alberto Gallego se llama mi hijo, pero su mamá, empeñada en no dejarlo crecer, aún lo llama “Betico”-   se fue de casa,  dice que fundará una familia con esa porquería, como si no hubieran más.    –Y llore-    Más que una despedida fue un regaño por el delito de quererlo tanto;  remató.    -Y dale a la chilladera-    Tu sabes que es lo que más me duele Pedro?    -No mijita, no lo sé.   Le respondí-    Pues no haber podido entrar al templo de su brazo, a entregarlo como dios manda; ante la mirada de nuestras amistades y de toda la sociedad   -como debe ser-   ¡¡Ante los ojos del Señor!!.   Y continuaba llorando y llorando.  Hubo que buscar ayuda profesional, hubo que consultar con el especialista para estos casos;  hubo que darle un paseo   -el agua de mar como que es sanadora, como que lo cura todo-   se le dio un paseo a la costa, a entretenerla, a divertirla.   Con decirles que hasta me tocó cambiar los muebles y los cuadros y todo;  hasta los tendidos y los manteles;    -Yo no sé si ese hijueputa médico tenía mueblería propia o si era comisionista-   pero me convenció de cambiar todo dizque por  “La salud mental de la señora”.    No faltó sino cambiarle el marido.  Todavía no me repongo de ese tremendo gasto, aún me duele la billetera.   –Hace una breve pausa, enciende el otro y continúa su relato-    Bueno señores, para terminarles les diré que de esto hace ya diez años y mi pobre mujer aún sufre a lágrima viva por ese hijo;  y yo, ni que se los tenga que decir:  A diario me atormenta y me preocupa;  a diario siento ese vacío en mi vida;  y aunque sabemos por otras personas como están y que tienen hijitos y todo, nos hiere que ni siquiera conocemos esos nietecitos ni en fotos.   Para nosotros ese hombre, su mujer y sus hijitos, nunca han tenido ni una mísera postal, ni una infeliz llamada; nada……¡¡no existimos para ellos!!

Después de un breve momento de silenciosa pausa, con sorbida de café e inhalada de humo de cigarrillo, el hombre se destapa con esta confesión:   Cómo será lo que me ha afectado ese asunto, que un día hice una embarrada tremenda;  lo que ahora llaman un oso;  pero eso sí, un oso el verraco de grande.  Cómo les parece que estaba yo muy enviciadito a frecuentar el parque de “La catalina” y había allí una muchachita muy queridita a la que yo cortejaba;  le compraba sus productos   -unos ricos pastelitos de yuca con carne molida-  y siempre que le pagaba, le dejaba las vueltas y le decía bobaditas y le cogía las manitas;  y les confieso   -sin ninguna pena-   que le proponía cositas.   Pero ella, muy viva, tomaba la propinita, sobaba al viejito con dos o tres sonrisitas coquetonas, pero no más de ahí.     -El hombre aclara su garganta con un par de sonoros estornudos a manera de ronquidos-   toma más café y sigue con su tema:   Pues bien, un buen día me estoy deleitando con una delicia de aquellas, cuando veo que por el centro del parque, alrededor del monumento de “La catalina” pasea lentamente Rodolfo Bermeo;  el mismísimo padre de Chavita, mi nuera;  y observo que tras él, caminan tres muchachitos rubios y entonces yo supuse que eran sus nietos, y desde luego los míos.   El del medio al mirar a su alrededor me da la cara y veo en ese chico a mi hijo:  ¡¡Era la misma cara de Alberto cuando chiquito!!   Los mismos bucles de cabello ligeramente ondulados que le sobresalían por las orejitas a manera de patillas y esa misma miradita maliciosa de sus hermosos ojos negros acompañada de su sonrisa tímida, dulce y alegre.    Salté de mi silla y en dos o tres zancadas estuve allí   -abrace aquel niño y lo cubrí de besos-   y le dije en voz alta que yo era su papito, que yo era su abuelito y le decía que lo amaba.   En medio de tanta emoción no me percaté del tremendo escándalo que se formó a mi alrededor, con esos muchachitos llorando y gritando y corriendo a llamar a su mamá.   Una señorona gorda y bonita y muy bien arreglada me halaba de la camisa mientras con voz fuerte me decía que soltara a su niño que le iba a hacer daño;  allí fue como si despertara de una pesadilla y ví realmente a aquel chico que yo abrazaba y que en nada se parecía a mi hijo cuando tuvo su edad.    Entonces comprendí que mi imaginación me había jugado una mala pasada, que sufrí un maldito espejismo al ver en ese niño   -tan diferente-   a mi hijo amado, tal cual como cuando era chiquito.  Que cosa tremenda, disculpas y explicaciones van y vienen y en medio de semejante agite alguien sugiere que posiblemente yo era un corruptor, o un pederasta, o un sádico robador de chicos y no sé cuantas cosas más;  yo en mi defensa alego que el pendejo se me parece a mi nieto y me sostengo en ello  -a pesar de que ni siquiera lo conozco-  y claro, otras personas que me conocen argumentando toda clase de cosas hablan a mi favor y finalmente el asunto queda zanjado.  Cuando ya la cosa está calmada, en un momento de silencio   -de esos silencios raros que se dan a veces y que la gente suele decir que pasa un ánima-   se oye con toda claridad la voz de la pastelera;  la chica de los pasteles de yuca y carne molida, la dueña de mi corazón y de mis amores, la que en la imaginación me arrulla en las noches;  declara fuerte y claramente :  ¡¡Sí, es un viejo verde, es corrompido y es malo;  a mí me mantiene diciendo cosas  y proponiéndome babosadas;  yo le tengo mucha desconfianza;  deberían de meterlo preso!!   Yo señores, cuando escuché esto quedé perplejo.  Fue como una cascada de silencio que pesó en el ambiente y que luego se llenó con estas palabras que me hirieron y me laceraron de tal manera que me aleje de allí como un maldito perro apaleado:  Con el rabo entre las patas y la mirada clavada contra el piso.  Fue horrendo.  Huí de ahí como si de verdad fuera culpable de algún grave pecado, presuroso y sin volver la vista atrás.  

Cuanto dolor me causó después aquella espinita que clavó en mi corazón la dulce pastelera del alma mía;  y cuanto tiempo perdí después buscando por todas partes a Rodolfo Bermeo, sin verlo y sin que nadie me diera razón de él pues ya hacía muchos años se había marchado con toda la familia para Bogotá.  Cuanto sufrí por ese maldito espejismo que me presentó a mi hijo amado en la personita de aquel chiquito en el parque de “La catalina”;  cuanto sufrí esperando que de pronto se me repitiera  -con el temor de que se me corriera la teja-.    Jamás volví por allí y aún hoy me cuesta mencionar ese malparido parque.

Yo, señores   -continúa diciendo Pedro Luís Gallego, emocionadamente-   aún no he podido asimilar cual fue el mal tan grande que le hicimos a ese hijo para que nos borrara de esa manera de su vida.  Y confieso que a veces me pregunto por qué   -en términos generales-   para los hijos las únicas que tienen sentimientos y merecen ser tratadas con consideración son las madres;  los padres es como si no contáramos.   Como dijo alguien alguna vez:   ¡¡Padre es cualquier hijueputa !!

Se hizo una larga pausa de silencio en la que los viejos se miraron unos a otros con se tipo de mirada interrogante que pareciera decir :  “…..Umm, quien sabe……?”.   Luego de esta pausa  Salomón Ordóñez, un profesor ya retirado; un hombrecillo menudo y gentil, pulcro en sus maneras de vestir y de actuar;  de grandes gafas enmarcadas en carey y con cara de ratoncillo asustadizo tomó la palabra y ceremoniosamente dijo:  ¡¡ Mi querido Galleguito, es que la maternidad se vive, pero a ser padre, hay que aprender!!   Esa es la diferencia.   

Y continuó:   La mujer asume desde el momento de la concepción un rol íntimo y muy personal, que la involucra con una larga y compleja serie de cambios físicos y sicológicos;  dentro de ella se gesta una vida, en su vientre crece una criatura y en su corazón o mejor en su mente o en su alma crece la ilusión.  Me explico?   Mientras en su interior físico gana peso y se desarrolla el bebe, en su interior síquico palpita una ilusión.   Ellas desde el momento mismo de la concepción sueñan con su bebé, le tejen, le hacen sus bobaditas y se van aprontando de toda clase de cosas:  Talcos, cremas y demás cosas para recibirlo en el futuro.    Para el tipo es mas difícil….tenemos   -los hombres-   una herencia de muy lejanos antepasados que prácticamente nos limita a engendrar y no más;  hemos ganado en mucho  culturalmente, para modificar esta conducta;  pero aún hoy, cuando el tipo se entera que la preñó sus primeras reacciones son soslayar su responsabilidad, huir, escurrir el bulto      -gesticula con las manos dramatizando sus palabras-     Por qué creen ustedes señores, que los gobiernos en todas partes han legislado para obligar a los padres a responder?   Por qué los lazos familiares, casi en todas las culturas,   hay que sellarlos con amarras indelebles e indisolubles; con sentencias infranqueables como por ejemplo, esa sentencia absurda de que:  Hasta que la muerte los separe?      -Los mira ampulosamente, como si fueran sus alumnos y esperara algún cuestionamiento o comentario-   luego retoma el tema:   Si observas un poco más profundo descubrirás que mientras la mujer teje el camisoncito y apronta las cosillas para recibir a su futuro bebé, el tipo está urdiendo como es que saldrá del impase;  está maquinando como eludir la responsabilidad;  está muriendo del susto.  ¡¡ Ella sueña ilusionada, él se come las uñas de los nervios!!   Sólo cuando el tipo a reincidido en la paternidad en dos o más veces la asume con tranquilidad, por que las experiencias anteriores lo han formado en el difícil arte de ser padre.    De ejemplos de madres solas criando y llevando a sus hijos de la mano estamos llenos.   Mujeres que por abandono de sus compañeros, o por que enviudaron les toca hacer el doble papel de padre y madre, y se rompen el cuero   -literalmente-   por sus hijos;  dan la pelea.   Así su hijo haya nacido tarado o sea un monstruo más torcido que un ocho, o baboseando como un San bernardo, para ella es su niño;  lo encuentra hermoso y cree en el milagro de que mañana será mejor; no pierde la esperanza y va con ilusión a por ese futuro.   Mientras que  el padre muchas veces no es más que una referencia, o una fotografía añejándose en un álbum;  o un ausente del que nada se sabe y a quien no le importa nada la suerte de ese nuevo ser.   por que como tú mismo dijiste al terminar tu relato:    ¡¡Padre es cualquier hijueputa!!     -Hace una nueva pausa para observar a sus contertulios y luego remata :    Embriagados de soberbia vamos por la vida, inflados  -como el pavo real-  jactándonos de ser inteligentes y creyéndonos los mejores;  pero en la intimidad de nuestro interior   -en la soledad íntima de nuestro ser-    somos un manojo de nervios y temblamos de pánico al confrontarnos con realidades como esa de la vida en desarrollo y nos sentimos estúpidos ante el milagro de la paternidad.  En conclusión no somos nada más que lo que ya tú dijiste.