martes, 18 de octubre de 2016

ADOPTADOS (cuento)

ADOPTADOS   (Cuento)
El hombre llegó al anochecer.  Todo estaba iluminado por una luna llena, plena, total;  como un inmenso farol alumbrando los campos, llenando de luz amarillosa los caminos y los surcos de los cultivos;  lo pude ver.  No habíamos caído en la cuenta del tiempo transcurrido y eran cerca de las nueve de la noche.  Mamita  -nuestra abuelita-  había abandonado desde hacía rato su silla abollonada y con atril, donde suele mantener al alcance de su mano su pequeño librito de hacer oración;  por cualquier razón esta noche no nos conminó a rezar con ella y lo hizo solita.  Luego, de pies en la cocina, tomó chocolate aromatizado con canela y se dirigió al cuarto donde duerme cómoda y tranquila. Allí, incluso, hay otra cama mullida y tibia, que se usa para el reposo de parientes o visitantes.  Cuando la dulce viejecita fijó sus ojos mansos en cada uno de nosotros, para en voz alta, desearnos buenas noches y dirigirse a pasos lentos a sus aposentos, oímos el llamado tenue de un extraño:  “Adiós, adiós… ¡Buenas noches!”  decía con voz insegura un visitante o posiblemente un peregrino.  Cucha, nuestra linda perrita terranova, de hermosa cabellera blanca y larga cola de pelo abundante -como cola de zorra- salió de su cálido escondite al pie de la enorme estufa de leña, dando ladridos de advertencia al viajero que arribaba.  Todos a un tiempo miramos desde el amplio corredor y vimos a un hombre, con un niño pequeño asido a una de sus manos.  “Adiós”  repetía el hombre, mientras mi papá se adelantaba por el caminillo de piedra mediana, hasta la verja de hierro y madera de la portada, a franquearle el paso.  Mamita, que no atinó a llegar a su cuarto se regresó sobre sus pasos y dijo en voz alta y autoritaria:  “Hagan seguir a ese paisano”. Papá lo invitó a entrar y el señor, prudente,  esperó hasta que hubo cerrado de nuevo y lo siguió con pasos tímidos e inseguros.  El pequeño, asido a la mano firme del que creí era su papá, con la mirada baja, como avergonzado, se limitaba a sonreír nervioso.  En una taza esmaltada y florecida, mamita desmenuzó  arepa de choclo y queso y la completó con chocolate caliente, haciéndole una deliciosa sopita, colocándola al alcance de su mano, mientras con sus dulces palabras lo invitaba a degustarla; el niño, con una cuchara reposaba la bebida y sorbía a pocos, mientras mamita dulcemente le decía ternuras.  Un poco más retirado, su papá en el comedor, bogaba chocolate y mordisqueaba arepa y queso, soportando las miradas curiosas de todos nosotros.   Tal vez porque ya era tarde, aquel hermoso niño se quedó dormido en el regazo de mi anciana abuela que no disimulaba la felicidad de acunar contra su pecho a aquel pequeño flacucho que terminó abrazado a su cuello tibio.  La viejita se levantó con el muchacho en sus brazos y en silencio se internó en su cuarto.  El hombre, que ya había terminado de consumir su improvisada cena recibía tímidamente un cigarro que papá le ofreció y simultáneamente le respondía a sus palabras, la mayoría de ellas, de interrogación.  Sin hacerme muy evidente, para evitar ser reprendido, estuve atento a las palabras del pobre señor y comprendí que eran sobrevivientes de una matanza o alguna suerte de ataque en su lugar de origen, que según entendí era muy lejos; al otro lado de la cordillera, tal vez algún caserío azotado por la violencia.  De pronto cayeron en cuenta de la ausencia de mamita y el muchachito y entonces mi madre fue solícita al cuarto de mi abuela, para regresar al rato a decirnos que la halló velando el sueño del angelito, después de limpiarlo con un pañal mojado en alucema le destinó un rincón en la cama para huéspedes y que también expresó que no veía problema a que aquel forastero amaneciera en su cuarto, en aquella cama, junto al que ella también creía, era su hijo.

Al amanecer del siguiente día, el golpe monótono y fuerte de hacha, como el ladrido de un perro ausente, me despertó.  Apenas empezaba a clarear y la neblina corría en presurosa fuga sobre las colinas que conforman el horizonte de nuestra casa de campo, que orgullosa sobresale en medio de los jardines que la rodean; el visitante está picando y amontonando la leña y yo, corro a su lado a ayudar y a escuchar, pero nada dice.  Mi abuelo, ya finado, construyó esta hermosa estancia y mi abuela, junto con mi padre se encargan de mantenerla erguida.  Otros tíos y tías viven fuera  -en la capital-  tienen establecimientos comerciales y acogen para educar a sus hijos y parientes  -ahí iré yo el próximo año, a hacer la secundaria-  Después de terminada la labor con la leña, pasamos a desayunar en el comedor de la cocina; y allí, papá le dice que se quede, que lo empleará, pues tienen trabajo, haciendo unos huecos para cercar potreros y el hombre visiblemente agradecido responde afirmativamente.   ¿Durante cuánto tiempo este buen hombre vivió con nosotros?  No lo sé con precisión.  Yo iba por temporadas a la hacienda, en esos intervalos de descansos que periódicamente interrumpen las labores escolares, a mediados a o finales de año.  Vi crecer al niño, que finalmente quedó –como un miembro de la familia-  a los mimos y cuidados de mí mamita.   El que siempre creyó, era su papá, se acomodó desde que llegó, a vivir en una casita aledaña a la gran casa de la hacienda, provista de cuarteles para trabajadores y de cuartos para herramientas e insumos propios para los trabajos de la estancia;  allí vivía un agregado y su familia y con ellos arregló la alimentación. El mismo, sábados o domingos, lavaba y arreglaba sus ropas, era muy juicioso y callado y casi nunca salía al pueblo cercano, donde suelen ir los demás señores que habitan, así sea de manera ocasional o ambulante estos lugares; pasaba con su niño estos dos días y aunque también en semana se veían, era en sábado y domingo cuando estaban más unidos, me llamó siempre la atención ver una muñeca gorda, de gruesas y torcidas piernas y cara rosada como un tomate a punto de lograr maduración; revuelta cuidadosamente, cómo presidiendo la asamblea de todos los burdos juguetes de madera que el papá le hacía, pequeños animalejos o carretes improvisados en los que se había agotado el hilo de mi abuela y mi madre coser;  don Elías  -ese era su nombre-  le pasaba por el orificio una banda de caucho sostenida en un palito redondo y corto con el que daba cuerda y al otro lado le ponía un cabito de vela pequeño, que tal vez, porque se calentaba al friccionarse, favorecía el desenvolvimiento de la cuerda y el carrete andaba, lento y perezoso.  Tampoco llegué a verlo participar de corros o grupos en las tardes o noches  con los otros trabajadores.  Unos años después, cuando ya cerca de terminar mi bachillerato, andaba por los dieciséis años y estaba como en quinto grado, en unas vacaciones, fuimos a la parte alta de la hacienda, a un lugar llamado  “Tierrafría”  donde se tienen muy buenos pastizales, extensos y fértiles, en una brigada con mi papá y cuatro trabajadores más, a castrar unos terneros que ya estaban en edad de cambiar de dehesa y empezar a cebarlos;  por alguna razón que ahora se me escapa de la memoria, nos quedamos con don Elías entorno al fuego, tomando café y hablando, acerté preguntarle por su origen y por su situación;  con el rostro tenso, conmovido, casi que en un rictus de terror, el hombre se despachó con el siguiente relato:  “Rosamaría, mi mujer;  Rosita, mi pequeña hijita  -que hoy anduviera en los diez años-  y yo, vivíamos en una finca de un hombre rico en la parte alta y montañosa de Ceylan.  Una noche  -a media noche-  nos despertó una brutal cabalgata que vino a detenerse en el patio empedrado de nuestra casa, sonaban tiros, insultos y cascos de caballos herrados, rastrillados contra el suelo;  los perros con sus ladridos exagerados parecían anunciar el horror del infierno que se nos venía encima.  Con mi mujer corrimos a guarecernos en una caleta que teníamos al pie del botadero de la cereza de café.  La niña, asustada, con su llanto nos delató y los asaltantes nos vaciaron sus armas en ráfagas barredoras, yo alcance a tirarme al suelo, pero ellas dos quedaron en el piso abaleadas y muertas en el acto.  Yo, cogí la muñeca que por alguna razón quedó tirada a mi lado y emprendí la huida cafetal abajo; de hecho, aún la conservo y la cargo en mi maleta a donde quiera que vaya.  Corrí sin rumbo cierto y sin detenerme hasta encontrarme una quebrada, allí cambié de rumbo y al paso, seguí su cauce hasta que al amanecer llegué a un puente colgante, al que identifique como el puente del cruce de caminos de Puerto Frazadas y La Moralia, a partir del cual, ya hay una carretera que desciende hasta el pueblo de La Marina.  En la pata de ese puente me encaleté a esperar que se hiciera de día, entonces ya orientado me devolví por el amplio camino hacia la que fuera mi casa.  Llegué al empezar la tarde;  lo primero que hice fue mirar los cadáveres de mis seres amados, mi mujer y mi niña; y lamentaba qué no hubo un tiro para mí.  Después de llorar copiosamente y acariciar sus rostros fríos, fui a la casa y traje una cobijas y abrigué mis dos amadas Rosas,  Rosamaría, mi mujer, tan joven, tan buena, tan cariñosa y Rosita, mi pequeñita, mi niña amada que asustada con sus gritos tremendos provocó la balacera que les cegó la vida y que para mi desgracia no me alcanzó.  Empecé a cavar el suelo blando y de pronto me vi acompañado por otros vecinos que en turnos alternadamente me ayudaban a hacer la fosa, hasta que satisfechos con la profundidad, depositamos los cadáveres, así envueltos en cobijas como estaban.  No lloré, no acertaba a comprender lo que me decían o hablaban entre ellos, sus voces me sonaban roncas, estrepitosas y molestas.  Cuando el enorme hueco se tragó a mis amadas y las tape con tierra removida, casi amanecía;  me senté con las manos sobre la cara, a un lado, en la cepa del que fuera un árbol de regular tamaño, que hacía más bien poco habíamos derrumbado para sacar tablas y su raíz ahora me albergaba, me servía de sentadero; miraba casi sin parpadear el montículo de tierra removida a cuya cabecera uno de los vecinos solidarios colocó una cruz de palos redondos, atados con una cuerda en el centro;  yo no levantaba la mirada y los vecinos, pacientes y solidarios se alejaron dejándome en medio de mi mutismo.  Amanecía, y yo ahí, con la muñeca abrazado y teniéndome la cara con las manos; empezó a llover, entonces me adentré en la casa y me tumbé sobre una cama dejando a un lado la muñeca gorda de mi niña y lloré sin medida, sin consuelo, sin interrupción.  No puedo precisar el tiempo pero desperté con la luz del día, con la muñeca asida a mi mano y como si no tuviera conciencia de lo que hacía, tomé el camino hacia arriba, hacía la cordillera, hacia la alta montaña, caminé como creo que lo harán los que tienen los pies entre grilletes, o sujetos a cadenas, a rastras pesadas y torpes; a veces en medio de la caminata lenta y penosa me sorprendía llorando y entonces me calmaba; en corrientes de aguas frescas y generosas bogaba y lavaba mis manos y mi cara y reemprendía la marcha; a ratos dormitaba entre el rastrojo y así llegué a la cima de la montaña, lo que llaman la Línea, en el pueblo de Ronces Valles; no me detuve, pasé por un lado y continué mi marcha, ahora en descenso, vine a dar a un pequeño caserío al que llaman las Frías  -no sé el motivo-  me detuve más delante de allí, en una finca donde unos jóvenes estaban cuajando leche en largas canoas de madera, para luego vaciar la cuajada en moldes de madera y volver a llenar las canoas con leche fresca y agregarle cuajo.  Como si fuera un fantasma que ni siquiera logra asustar, me ignoraron y yo me acerqué a tomar de ese suero que sale por las hendijas de la madera, recogiéndolo entre las manos y bogando con ansias, de esa bebida fresca y grasienta, ligeramente salada y cremosa.  Me introduje a un lado, en un cuartucho sin puerta donde tienen una cantidad de hojas de anisillo, seguramente para empacar quesos pequeños, porque los grandes viajan en costales de estopa;  allí me dormí hasta el atardecer, un aguacero trepidante me arrancó de mis sueños y entonces vi aquel chiquillo flaco y triste, sentado a un lado de la puerta, mirándome sin pestañear, me acerqué y vi que tenía en su carita menuda los rastros de largas lloradas, lágrimas y babas secas en costras superpuestas que me indicaban que como yo, estaba llorando hacía ya mucho tiempo.  Lo cogí por ambas manos y suavemente lo introduje al tendido de hojas aún tibias, del que me acababa de levantar y allí lo acosté y le dije que se durmiera que yo lo cuidaría y que si alguien venía en su búsqueda, yo le diría dónde estaba.   Más tarde al despertar me llamó papá, yo lo miré y tuve intenciones de aclararle de una vez que yo no era su padre, pero se abrasó a mis piernas y sentí sus manos flacas y débiles; y, escuché que insistía en decirme papá y no tuve el valor de sacarlo de su error.  Como ya el amanecer era inminente y los muchachos de los quesos ya llegaban, salí de aquel cuartucho y en una de esas enormes canoas que rodean los corredores de esa casa, llenas de leche cuajada, con las manos cogía pequeños trozos y le daba al chico y comía también yo, en un rincón de ese corredor había un costal de cabuya con un machete encubiertado, un trozo de manta, a manera de cobija y unos cuadros de panela, lo tomé como si fuera mío y dentro de él deposité a mi compañera de viaje, la muñeca gorda de cara sonrosada de mi niña.  Uno de los muchachos cuajadores se armó de valor y me saludó y me ofreció café, en una vasija de totumo;  bogué con avidez y le ofrecí al niño,  el joven me pregunto si ese niño era mi hijo y yo le dije que lo era; el niño asentía con la cabeza y sonreía.  Luego lo tomé de la mano y con el costal de estopa al hombro tomamos el camino del descenso.  A ratos interrumpíamos la marcha y comíamos panela y queso y en un descanso de esos le pregunté por su madre y por el lugar donde vivían y él con dificultad me dijo que todos eran muertos, que sólo él logro escapar a la matanza y que se vino por ese camino a encontrarse con su papá, pues siempre, todos los días esperaba su regreso.  “Papá, mi mamá me decía siempre, espera que tu papá aparecerá por ese camino algún día”.  Por eso tomó por ahí en la huida y por eso se detuvo a esperar que despertara cuando me vio, para preguntarme si yo era su papá y yo le dije que lo era porque no fui capaz de negarme a darle una familia en reciprocidad a su generosidad de adoptarme como su papá”.

jueves, 28 de enero de 2016

SEMBLANZA BIOGRAFICA DE OMAR RAYO


OMAR RAYO  (Semblanza biográfica)

Nadie, tal vez ni el más avezado ciudadano del pequeño y caluroso pueblo de Roldanillo en la década del 30, en el siglo pasado, acertaría a imaginar que ese chico larguirucho y de mirada felina que paseaba su humanidad por las polvorientas calles de la población era un genio;  ni siquiera su padre que constantemente le recriminaba por entretenerse haciendo dibujos y garrapateando el papel mientras él domaba y pulía el cuero.  Omar el mayor de sus hijos ayudaba en el taller, de hecho aprendió a hacer aperos y monturas y quién sabe si hasta tallaría el cuero con el buril o la lezna para hacer gravados;  su principal aporte era cuidar el taller en las noches  -no dormía en su casa con el resto de la familia, lo hacía como vigilante en el taller-   de aquella época sobreviven algunos dibujos y caricaturas elaboras sin técnica pero con la genial magia del talento innato.  Su papá lo reprendía y de esas reprensiones sobrevive en la familia una frase encantada que a la postre resultó cierta:  “Omar, será que vas a vivir de esos dibujos”, y así fue, llegó a hacer de esto una profesión y a vivir de ellos desatendiendo la recomendación de papá de dedicarse a algo supuestamente más útil.    Por el año 47 llegó a Bogotá, a tocar puertas;  llevaba bajo el brazo un paquete de caricaturas y un certificado de graduación de una escuela Argentina de dibujo por correspondencia, que en justicia por su enorme talento, lo declaraba como su gestor y embajador en Colombia.  Todas las puertas de editoriales importantes estuvieron cerradas a su solicitud;  sin embargo, nacía apenas el que llegó a ser después un importante periódico: “El Siglo”; y, allí encontró acomodo y poco más de seis años se hizo famoso y arrasó con los premios en todo el país; en aquella época desarrolló “El Bejuquismo”  que fue una técnica exclusiva en la que desde los cuerpos de los árboles daba rienda suelta a su imaginación creando formas antropomorfas o zoomorfas o inclusive alegóricas, que le valieron grandes reconocimientos y premios.  Con la llegada de la “violencia”  regresó al pueblo que lo vio nacer una mañana fresca del 20 de enero de 1928; a Roldanillo, un villorrio a orillas del río Cauca, de vocación agrícola y ganadera y casi sin importancia.  Ya era famoso y reconocido.
De sus amigotes en Bogotá  -que fueron todos los intelectuales importantes de la época-  el más cercano y más querido, el que hoy podríamos llamar su gran amigo:  León de Greiff. Poeta, soñador, locuaz y aventurero;  justamente a él, le compró un Ford 48 en el que se fue de periplo por el sur;  se fue solo a aprender, a conocer a suramérica, a parar en cada pueblo, a escuchar y aprender.  De esa época contaba con grandes risotadas una anécdota que bien vale la pena revelar aquí:  El embajador de España en Colombia  -quien era su amigo y admirador-  se lo quiso llevar a Europa a estudiar becado y Omar rechazó esa oportunidad, con el argumento de que quería primero conocer a su madre –América-  y después conocería a su abuela  -España-  esto fue tan mal recibido por el embajador y le causó tal disgusto que el diplomático se enfureció y lo insultó de la manera más vulgar.
Omar Rayo era como una esponja sedienta de conocimientos, en cualquier lugar a su paso por los pueblos de América donde leía un aviso que anunciaba una escuela en la que enseñaban cualquier cosa se inscribía y conocía y aprendía de todo.  Uno de sus más entrañables amigos fue Jorge Amado  -escritor Brasileño-  con él conoció Salvador Bahía y otros estados y ciudades del gran país del sur;  de él aprendió esta frase de la que hizo un mantra para su vida:  “Si quieres ser feliz, no tengas éxito”  -tal vez por eso a pesar de su enorme éxito, nunca fue presumido-  También gracias a el padre de “Gabriela, clavo y canela”, conoció a Neruda; con él trabó buena amistad, compartieron mucho de su arte y enriqueció su experiencia. 
En Buenos Aires, se hospedó en una sencilla pensión donde habitaban muchos gatos –una cantidad enorme-  y de ellos aprendió lo que es la discriminación: observaba como las señoras del vecindario les colocaban los alimentos y los gatos, por grupos totalmente discriminados primero los más jóvenes y fuertes; luego  los menos, hasta que les tocaba el turno a los más viejos y cicatrizados o enfermos; y finalmente las gatas; pasaban a comer sin mezclarse, respetando esa selección aparentemente caprichosa. De esa experiencia trajo más de cuatrocientos dibujos de gatos en todas formas caprichosas y raras, bellas láminas de felinos que aún hoy se exhiben en los salones para el asombro y gusto de los visitantes.  Después fue a México, allí habitó por poco más de tres años, de su estadía en ese bello y sorprendente país conservó grandes amistades entre los poetas y artistas de la época;  y fue allí, donde desarrolló una nueva técnica: “El repujado en alto relieve”  A partir de lo que los Italianos llamaban “Intaglios” y que ya estaba en desuso; técnica que también fue de su exclusividad:  Mojaba el papel, cartón o lo que fuera que deseara aprovechar, los metía al torque (una sencilla prensa lograda a partir de dos láminas y un tornillo sinfín) y al pasarlos por él, torcidos como si los fuera a exprimir o con agregados que iban desde objetos cotidianos como ganchos, pinzas para el cabello y pequeñas y sencillas piedras, el papel o el cartón salía al otro lado como si lo hubieran repujado en alto relieve o como si hubiera sido tallado.  En ese país acogedor comprendió que la geometría está en todo y que sencillamente sin ella la vida sería “imposible”  ya que el universo mismo reverencia la geometría como un principio básico de las relaciones entre los cuerpos, lo que no es nada diferente a la vida misma.  
Sus formas Geométricas y sus trabajos repujados en alto relieve cobraron gran importancia una vez radicado en Nueva york;  suponía él,  -así lo argumentaba en las entrevistas-   que tal vez por lo gigantesca de la ciudad, por su arquitectura monótona, sus construcciones de formas frías y seriadas –deshumanizadas-  se prendó de los colores básicos: “El negro y el blanco”, que pasaron a ocupar un lugar protagónico en sus trabajos de pintura y escultura.  Hizo del gran país del norte su casa, se movía como pez en el agua en sus salones y galerías, daba conferencias y disertaciones en claustros universitarios y en salones afamados;  mercadeó sus obras y aumentó en grandes, grandísimas proporciones el caudal de su fortuna.  Sin perder su habitat allí, volaba a Europa donde se convirtió en  “Vedette”  invitado a todos los acontecimientos importantes.
Ya cerca del final de siglo -1981-  a poco tiempo de redescubrir su patria chica, después de haber viajado por todo el mundo, teniendo su residencia en Nueva york pero almorzando en París o cenando en Berlín o Roma, itinerante con su obra por las principales galerías del planeta, fundó en su pueblo natal –Roldanillo-  el museo de arte que aún engalana nuestra geografía nacional y que lleva su nombre como un testimonio de su importancia y de su generosa intensión de llevar cultura y lúdica a sus paisanos y compartir con ellos algo de su progreso.     También en esa época recuperó  -según sus propias palabras-  el color.  –Lo había perdido al afincarse en los Estados Unidos-  Volvió a ver y a disfrutar el verde intenso, el rojizo de los ocasos y el azul del cielo tropical limpio y profundo.  Sin abandonar sus formas geométricas volvió a darle color a su trabajo y llegó inclusive a formular su famosa teoría del color amarillo en la cual afirmaba que ese color fue el primer color que reconocieron los primeros pobladores de la tierra y que acompaña al hombre desde la prehistoria hasta hoy en el Maíz  -aliado básico en nuestra alimentación-  y cuyo color Omar Rayo resaltaba como la mejor y más hermosa expresión de amarillo.  También apoyaba su teoría de dicho color en esos preciosos colores de los ocasos sobre occidente en las tardes vallecaucanas, cuando el astro pareciera sumergirse en el océano y su reflejo sobre el agua simula un incendio caluroso y asfixiante que contrasta con los arrebolados colores de amarillos incandescentes y tonalidades grises sobre un fondo de cielo que rápidamente se oscurece, en ocasos de tiempos cortos y fugaces que inspiraban a los pintores y fotógrafos en esa época y que hoy, a pesar de ser comunes por la facilidad de captarlos, aun nos descrestan y nos deleitan.

En el 2010, un día doce de Junio –a 82 años de edad-  y todavía activo y participativo dejó de existir en la ciudad de Palmira.  Lo sobreviven sus magníficas obras, el monumento a su memoria que es el museo Rayo en su Roldanillo natal, su esposa, doña Agueda Pizarro que lo regenta;  y su hija, Sara, que tratando de imitarlo tal vez, funge como pintora; además de su nieto Mateo, que seguramente estará preparándose para asumir el legado de tan importante artista.

miércoles, 13 de enero de 2016

CONTINUANDO CON LA LINEA "AL COMPÁS DE UN TANGO"  COLOCARÉ EN ESTE BLOG UN POEMA HERMOSO  -UN HERMOSO DESVARÍO-   QUE NACE DE LA PERMANENCIA EN LA MEMORIA DE UN HERMOSO TANGO DE CARLOS GARDEL LLAMADO  "MATALA".  HAGO AL FINAL UNA RESEÑA BIOGRÁFICA DEL POEMA, DISFRÚTENLO:




-          DESVARIO –    (12)
-           


Quisiera en un momento de locura,
Tomar su cuello tibio y estrujarlo
Asido entre mis manos y quebrarlo.
Yo debiera matarla…….
Atravesar su pecho erguido y palpitante
Con una espina larga, seca y fina,
Y sentarme a mirar cómo se desangra,
Cómo se le va la vida…….
En una roja borrasca sumergida.

Llevarla luego sobre mis hombros
A un lejano campo, de hierbas florecido,
Y con madera fina, perfumada,
Hacer una gran pira y calcinarla
Ofreciéndola en holocausto a los dioses,
Sacrificarle su memoria al del olvido.
Esparcir su recuerdo, en humo convertido,
Y luego retirarme……..
Vagar sin rumbo y sin destino……
Trasegar caminos ya perdidos,
Para ir a morir en brazos del olvido.

Beber la pena en cuencos de cerámica,
En coctel de miel amarga
Con polen del panal de amarga vida,
Que corre como un tósigo maldito
En los meandros del río del destino,
Allá, en el edén de los perdidos.

Bajar luego a la sima profunda de la vida
Y ahogarme en su pantano sumergido,
Perderme en la penumbra de la noche,
Que horrenda y feliz…
desaparece a los que pisan su camino.
Y morir con su recuerdo atragantado
Entre las fauces, como un gemido.

Matarla, estrangularla, arrojarla…..
Que desaloje mi pecho malherido,
Borrarla para siempre de mi mente,
Que se pierda sepulta en el olvido.
Pero ya ven…… es inútil…..
Aunque se fue, su recuerdo sigue vivo
Y yo abrazado a él…
¡Muero por la pena consumido!




Diciembre 8 /2013  Este bello poema, que en realidad data de tiempos muy lejanos, me lo inspiró el tango “Matala”  de Carlos Gardel.  Canción que me obsesionó desde que la conocí, allá en Armenia, en el 73/74, cuando me ocupé como conductor de taxi.  El número 22 de Taxpáramo, un Zastaba del 72 era mi carro y en la guantera había una cantidad de casetes en el que sobresalía uno de Gardel en el que estaban temas hermosos como “La entrerriana” “Sólo se quiere una vez” y este tema.  Cuando finalmente entregué ese carro a su dueño,  para regresar a Buga, aunque el casete quedó en él, las canciones venían y están aún en mi prodigiosa memoria.  Tuve la fortuna de hacer amistad con Hugo Ayala, un coleccionista de música, con el que alguna vez  tocamos este tema y sorprendido de que yo conociera temas tan viejos y olvidados, los desempolvó y me grabó un casete; cómo bebimos, cuánto trago tomamos;  Ya eran los años 90 cuando garrapatié en el papel este tema, que ahora pulí y pongo en consideración de todos los que me escuchan, con gusto,  pero con el consabido temor,  pues reconozco que puede sonar agresivo; en esta época, en la que se ha ganado tanto en cuanto al respeto y al trato con los demás, sobre todo con las damas, a las que no se las debe tocar, ni con el pétalo de una rosa.

jueves, 16 de abril de 2015

DE LA COLECCIÓN "AL COMPÁS DE UN TANGO"

  V I S I O N

                                                      “La lluvia de aquella tarde nos acercó unos
                                                       momentos,
                                                      Pasaste me saludaste….. y no te reconocí……
                                                      En el holt de un gran cinema, te cobijaste del agua,
                                                      Entonces vi con sorpresa, tu incomparable perfil”.
                                                                                       “Solo se quiere una vez”.
                                                                                                       Tango de C/Gardel.

Dentro del recinto bancario donde asistí a mi cliente hasta completar la diligencia que por tanto tiempo absorbió mi seso, no me percaté del torrencial aguacero que feroz y despiadado golpeaba sin compasión el pavimento.   Una vez en la calle, después de salir del banco, opté por recostarme contra una puerta fingiendo cubrirme con su umbral, para guarecerme un poco y desde allí vi frente a mí, en una ligera diagonal hacia la derecha, el amplio atrio que a manera de antesala sirve de espera ante las taquillas del famoso Cinema del norte, en la plaza del mismo nombre de la ciudad.   Atravesé corriendo la calle, se me inundaron los zapatos en el fuerte torrente de las aguas lluvias que en sentido este-oeste recorrían veloces la calzada como si buscaran también un refugio donde escapar.  Entonces la vi, al llegar a la plazoleta aquella pasé a su lado y con su hermosa sonrisa me saludó.   Abrazado a mi cartera portafolios me acomodé un poco más allá y procedí a sacudir el agua de mi chaqueta, extraje mi pañuelo y con él sobé mi cara y mis manos y me alisé los cabellos, entonces retardadamente mi cerebro me envió la señal de alarma:  Es ella me dije  -en pensamiento-   es ella.

Observé plenamente su perfil, la mire ligeramente tapada por las gentes que como yo, se congregaron en ese amplio atrio a guarecerse de la lluvia;  su hermoso e incomparable perfil que pareciera sacado de un camafeo, su divino rostro ovalado y su nariz recta sobre su pequeña y bien pulida boca que tantas veces mordisqueé con delicia;  y esa sonrisa casi imperceptible que  -como a la Mona Lisa-  le agrega un ligero aire de ausencia;  la triste profundidad de su mirada y su gesto gentil que pareciera tornarse en indefensión: ¡Es ella!.  La recorro con la mirada y veo entre sus manos un ajado sombrero de flores ya mustias,  un hermoso sombrero primaveral que le regalé hace ya mucho en una feria. Al momento me observa y baja la mirada como si se sintiera avergonzada y yo empiezo a moverme empujando suavemente a las personas que me rodean;  quiero ir a su lado, quiero escuchar su voz, quiero tomar entre mis manos sus manos frías de humedad y cubrirlas de besos, quiero estrecharla en mis brazos y decir muy quedo a su oído que ya no me iré de su vida nunca más.   Mientras estrujo  a mis vecinos para abrirme paso ella se aleja;  tal vez leyó en mis ojos la tortura que me causa su presencia y parte rauda, calle abajo, cubierta con su pobre sombrero de flores marchitas, sobre sus zapatos viejos ligeramente torcidos hacia los lados contrarios;  veo como resbala el agua lluvia, sobre aquel que fuera un precioso traje marrón y que ahora pardusco, avergonzado de su color, ligeramente la cubre.  Su imagen se aleja como tragada por la marea de las aguas presurosas bajo la lluvia incesante y yo, anclado al piso, inmóvil, sólo la veo desaparecer.

¡Qué momento de sublime emoción verla de nuevo, que cosa hermosa tenerla tan cerca y que dolorosa cobardía no haber roto el circulo de extraños que me contenía y asirla entre mis manos!.  Qué bello y que triste este momento, con razón dicen los poetas que sólo se quiere una vez!.   La máquina de la memoria empieza a traerme las hermosas imágenes del pasado, cuando casi niño la conocí;  cruzaba el umbral para salir de la adolescencia y me hacía un mocetón vigoroso y lleno de ansias de vivir.  Aquella bella dama me cobijó en sus brazos, besó palmo a palmo mi cuerpo y lo molió para extraer su elixir y con él embriagarse cada noche.   Con cuanto amor nutrió mi vida de joven alocado y soñador, que caudal de sueños y de emociones inundó  -como hoy este aguacero-   nuestras vidas.   Después, por circunstancias que es mejor dejar cubiertas por el olvido, la furia torrencial de nuestras vidas nos arrojó lejos tirándonos a playas lejanas, solos.    Mi vida continuó sin ella que me hizo hombre, terminé carrera y me gradué de abogado y a pocos, por noticias de farándula y de amigos me enteré que finalmente su carrera artística le concedía el triunfo que merecía y con él, las mieles del éxito y la felicidad.   Que rápidamente se precipitan en mi memoria los recuerdos gratos de la juventud.


                                          “Juventud…..divino tesoro
                                          ¡Ya te vas para no volver!
                                          Cuando quiero llorar, no lloro….
                                          Y a veces lloro sin querer.

                                           “Canción de otoño en primavera”                                                                                                                                                                                                                                                                      
                              Rubén Darío


Como no amaina esta lluvia tenaz y tengo mis zapatos ensopados y mis pies helados, decido caminar hasta la esquina y en la cafetería, buscar un lugar donde sentarme ante una taza de café con licor, caliente y olorosa, que me anime y me acalore, que me llegue hasta el alma y levante mi ánimo, que ahora acusa una desazón y una tristeza enormes.   Sentado ante una mesa con extraños que como yo ven llover, mi mirada se posa sobre un titular de un periódico que por esas cosas a veces inexplicables y caprichosas de la vida me queda justo enfrente, pues el contertulio del otro lado de la mesa lo sostiene alto, como si pretendiera taparse con él;  entonces leo el titular horrendo, que en letras grandes dice “Famosa actriz muere en accidente”  y bajo éste, en letras un poco más menudas dice como la famosa actriz María de Mi Corazón, llegando del aeropuerto a la ciudad, perdió la vida en una colisión de autos, la madrugada de hoy.

Ahora la desazón que sentía en el alma se me riega por todo el cuerpo, ahora la pena me invade totalmente; ahora comprendo que la bella María de Mi Corazón, se despidió de mi con su dulce mirada, mientras la lluvia no dejaba de caer, cubriéndolo todo con su húmedo manto, como si llorara inconsolable por su ausencia, como lo hago yo, cubierto con mi pañuelo, ahogando mis sollozos y mal disimulando mi dolor.


                                                      “Golpea la lluvia sobre los cristales
                                                         Y yo he de esperarte como si volvieras
                                                           Y todos mis días serán siempre iguales
                                                              Llenos de tristeza cuando no me quieras”

                                                                           Cuando no me quieras
                                                                                  Tango. Conjunto América.





DE LA COLECCIÓN DE CUENTOS "AL COMPÁS DE UN TANGO"

“LOS PENITENTES”  (Cuento)


                                        “El pueblito estaba lleno de personas forasteras
                                      Los caudillos desplegaban lo más rudo de su acción
                                  Arengando a los paisanos, de ganar las elecciones….”

                                                                    “Dios te salve mi hijo”  tango.                                                                          
                                                                                         Agustín Magaldi.

El viejo lloraba copiosamente, lloraba dando grandes alaridos de los que lo único que se podía extractar y medio entender era que alguien se lo había vaticinado.   En medio del llanto vociferaba como un loco que un santo se lo había dicho.
Yo a fuerza de codazos  -como todo en mi vida-  fui logrando penetrar el círculo de gentes que rodeaban a los caídos, que eran el señor que daba alaridos y lloraba gritando que un hombre santo se lo había anticipado y el muerto.     Tendido cuan largo era ante la puerta del café con sus ojos abiertos, enormes, brotados;  en un gesto que pareciera sugerir que en vez de haber sido muerto por un puñal que le atravesó el pecho y le partió el corazón      -como luego se supo-    hubiera sido asfixiado.    El papá lo tenía cargado sobre sus piernas y sostenía entre las manos su cabeza rapada al que llamaban “Estilo Humberto”  con una pequeña mota de pelo sobre la frente;  y el muerto, aún tibio, se movía a un lado y otro al vaivén que le imponía el señor llorando y repitiendo que un hombre santo se lo dijo;  mientras en el fondo musical que ambienta el café se escucha la hermosa voz de Magaldi que como en una oración reza:   “…un viejito lentamente, se quitó el sombrero negro, estiró las piernas tibias del paisano que cayó……lo besó con toda su alma, puso un grito entre sus dedos y goteando lagrimones entre dientes murmuró……pobre mijo, quien diría….que por noble y por valiente……..”

En honor a la verdad yo no puedo decir que pasó.   Después se supo que a “Cochino”  como todos en la galería llamábamos a aquel pelao, un tipo forastero, sin mayores argumentos le metió una puñaleta por debajo de la axila izquierda y lo atravesó de plano.   La punta de esa lanza salió a la axila derecha y como cosa rara no manó sangre.   En el lugar donde topó la cruz de la empuñadura se formó un gran rodete negro y al otro lado se hizo una hinchazón de color morado violeta, que por cierto a mí me pareció muy bonito ese color.   Los ojos se le brotaron hasta casi salirse de sus cuencas y como su papá lo zangoloteaba y lo sacudía al unísono con su gritadera, pues el cochino terminó hecho un amasijo morado;  mientras “La voz sentimental de Buenos Aires”  inundando el ambiente al son de las guitarras continúa con su canción:  “…..Voy a ir al camposanto y a la par con su abuelita, con mi pala y con mis uñas, una fosa voy a abrir…. Y a su pobre madrecita……y a su pobre madrecita…. le diré que usted se ha ido y que pronto va a venir……”

Como ya quedó dicho yo no vi nada de lo ocurrido allí, yo estaba a más de media cuadra terminando el aseo del lugar donde trabajo, que es una carnicería donde  -a pesar de mis catorce, recién cumplidos-  soy un experto desgüezador, se arreglar cerdos y reses, antes de colgarlos en los ganchos de exhibición al público;  además soy el mensajero, tengo una buena bicicleta monark marco 22, con parrilla y cajón para hacer entregas a domicilio.   Es por eso que don Pacho, el patrón, me sostiene el trabajo.   Varias veces, mis amigos del oficio en las galerías me han dicho que ese viejo es un aprovechado, que deshuesar una res y un cerdo para que amanezcan exhibidos en los ganchos antes de las seis de la mañana que es cuando empieza la clientela a asomarse por la carnicería, vale cuatro pesos;  también me dicen que asear el puesto al atardecer, cuando ya se ha terminado de vender la carne y después de haber recorrido el pueblo en la bicicleta con el cajón cargado de carne para entregar en las casas de los ricos o en los restaurantes, vale dos pesos;  y en general me dicen que el patrón se aprovecha de mi situación, pero que va, yo eso no lo creo, no lo veo así;  el patrón me da cuarenta centavos todos los días y los Domingos me da siete pesos, de los que le doy cinco a mi mamá y los otros dos se los doy a mi papá, pues para mí es suficiente con los cuarenta centavos de todos los días.

Ya ha pasado una semana desde que mataron al “Cochino”  y ya entiendo que fue lo que el papá quiso decir cuando lloraba a los gritos a las puertas del café, con la cabeza del pelao asida entre las manos y manando lágrimas.   

El patrón nos contó que cuando ellos estaban jóvenes, que no había galería sino una plaza de mercado, con mesas de madera y toldos de lona;  llegó al pueblo una romería de gentes a los que llamaban  “Los penitentes”  que iban por todas partes rezando en voz alta, visitando enfermos, implorando y a la vez, haciendo caridad e inclusive su líder hacía milagros.   
Don Pacho, mi patrón, está muy conmovido con este acontecimiento, pues recuerda con claridad todos los detalles de la época y nos describe al jefe de “los penitentes”  como un hombre blanco, mono;  muy grande y con una barba dorada que le llegaba al ombligo.   Dice que este barbado de gran belleza física tenía la facultad de sanar a quien le imponía las manos y que además donde llegaba se sentía una paz y una tranquilidad impresionantes y que por estas razones era considerado un santo por sus muchos seguidores y que éstos eran personas de pueblo sin nada especial, sencillamente dejaban lo que hacían y se iban en romería tras el santo.  

He aquí el cui del asunto:   Dice don pacho que en una ocasión en que estaba el hombre santo rodeado de personas que le escuchaban atentamente su predicación se dejó venir con esta perla:  “Uno de los aquí presentes que en estos momentos está  arrullando un chiquito recién nacido en su casa, deberá negar a su familia, dejarlos y seguirme”.   Como les parece?   que el que tuviera un chiquitín recién nacido tenía que abandonar la familia y seguir a ese santo!!   -agregó gesticulando mi patrón-   so pena de perderlo antes de que llegara a los catorce años.   Tenía que irse con “los penitentes”  entregarse a su causa abandonándolo todo, en caso de no hacerlo así, su recién nacido hijito no llegaría a los catorce años.    El relato del patrón culmina con el intento que hizo el papá del  “Cochino”   de seguirlos.   Se fue con ellos pero regresó muy pronto, con los pies llagados y mas flaco que ratón de iglesia de tanto hacer ayunos y dijo que no volvería a esas andadas pues el trago y las mujeres eran mejores que la oración y la piedad. 

Escuchando ese relato de boca de mi patrón comprendí por un momento el horrible destino de ese señor de perder de esa manera a su hijo.   Claro que el pelao estaba en los catorce pues yo a él le llevaba unos pocos días   -no se cuantos-    y yo ya cumplí mis catorce, ahora en el mes pasado.   Con qué cara ese papá mirará a sus otros hijos, si es que los tiene?   Con qué corazón hará una oración por su hijo apuñalado en una circunstancia absurda, por designio oprobioso de un supuesto santo que lo condenó a muerte sin otra razón que un capricho?

Yo callado, a un lado, escuchando hablar al patrón recreo en mi memoria la cara del “Cochino”  sus ojos brotados mirando al vacío, ignorante del drama que con su muerte aquí se vive, ignorante de que después de esa llorada su papá lo olvidará, así como lo olvidaremos los demás.

jueves, 27 de septiembre de 2012

LA SILLA ELECTRICA


                                     L  A      S I L L A         E L E C T R I C A


Carlitos  “El boquesapo” llamado así por sus amigotes y compañeros del oficio de la carnicería y matarifes, es un joven expendedor de carnes de tolda y mesa de madera de cualquier esquina de plaza de mercado de pueblo.  Aunque muy joven aun, ya cometió matrimonio y vive en armonía con una bonita chica que le ha dado dos vástagos que hacen parte muy importante de su vida, de su felicidad y que alimentan sus sueños y sus ilusiones.

Los Sábados y Domingos arma su tenderete en la plaza principal del pueblo; los Lunes no trabaja, los dedica a sus chicos y a su mujer:  Al río, al campo.  Los Martes y Miércoles sale a  “Buscar marrano”;   que no es otra cosa que ir por los campos aledaños buscando la vaquita o el torete, así como el cerdo;   para comprar y sacrificar.    Y así, retomar la rutina de templar carpa al tenderete los Jueves y Viernes en una esquina de un caserío cercano al pueblo, donde convergen varios caminos inter-veredales, conocido popularmente como : “Tres esquinas” ;    allí, campesinos y negociantes, chóferes y trashumantes, se dan cita, para   –como dijo el Filosofo:   “Engañarse mutuamente”.

En ese caserío, dónde como ya esta dicho trabaja Jueves y Viernes  –Carlitos-   que es todo sonrisas y palabras amables hacia los demás;  tiene un encanto:  Deyanira.   Es esta una vieja guapa, de suntuosas caderas que mueve deliciosamente al caminar sobre un par de rollizas y bien torneadas piernas, que desde la apretada falda emergen para hacer babear de lujuria y de deseo a todos los varones del lugar.   Carlitos es manilargo con ella y ella  le permite esa confianza y se deja cortejar del muchacho, que ya en varias ocasiones, de madrugada  –antes de armar toldo en la plaza-  a “templado carpa” en el lecho de Deyanira.  Ella  desde luego, tiene otros amigos y amantes ocasionales;  pero en su condición de mujer gozona, fiestera y de muy buen ambiente;  deja claro que lo que se llama compromiso, no lo tiene con nadie.

Los días Viernes son la fina del mercado en Tres esquinas.  Los campesinos venidos desde lejanas veredas ocupan la plaza desde la tarde y noche del Jueves anterior, para ofertar sus Moras, Lulos, Cebollas, Tomates, Huevos, Quesos, Yucas, Plátanos, Naranjas, Limones y toda suerte de verduras y productos agrícolas de pan coger en grandes cantidades; los revendedores de los pueblos vecinos caen allí a comprar para transportar hasta sus negocios y hacer la reventa.  La tarde de jueves suele ser animadísima y aun en la noche el humo de las cocinas ambulantes, los aromas de café acabado colar se mezclan con otros deliciosos aromas de guisos y de asados; suenan Rancheras fiesteras y Tangos tristones y arrabaleros, y, como en toda plaza de mercado, los ocasionales borrachitos se dan contra la paredes; los  pregoneros –voz en grito- anuncian sus productos;  pitan los carros pidiendo vía; y así, amanece el viernes.

Aquel viernes será inolvidable para Carlitos y Deyanira, los hará cómplices.  Ella apenas amanece se asoma a la ventana de su cuarto, que es en el segundo piso de la casa de enfrente al tenderete de Carlitos y lo llama ansiosa.  El hombre que ha terminado ya de  colgar en ganchos  -de las vigas del toldo- las carnes para su expendio y se apresta a su labor, la oye, la mira y le dice con señales que ahora no; pero ella es incisiva y con gran aspaviento le insiste.  El hombre preocupado deja allí  –a manera de vigilante- a un amigo y sube las escaleras hacia Deyanira, dispuesto a decirle que a esta hora ya no es posible, que se vuelva a dormir y él mas tarde –cuando acabe- pasara por allí a prodigarle sus caricias y a poseerla deliciosamente, como a ella le gusta.  Pero,  o sorpresa, tendido en la cama hay  un hombre desnudo, tiene la mirada perdida, dilatada, hacia el vacío, gélida y gris.  El parroquiano que yace cuan largo es, en la cama de la alegre dama, esta muerto.  Ella a su lado, con una batola que maldiscimula su desnudes, solloza.  Dice a Carlitos con dificultad que aquel hombre en medio de la diversión, en el mejor momento del jaleo, en vez de eyacular, expiró.  A tremendo lío, cómo va a hacer ella para presentarlo ante nadie en aquella facha?  Habrá por lo menos que vestirlo y a esa tarea se entregan los dos. El con gran esfuerzo manipula al finado –que tipo tan pesado- para que ella entre sollozos, sorbidas profundas de mocos y atropelladas avesmarías ; proceda a embutirlo en sus grandes pantalones, no si antes pasear sus preciosas manos por los bolsillos diciendo simultáneamente:  “Estas me las pagás”.   –Y de contadito-    piensa al observarla Carlitos.
Con grandísimo esfuerzo lo han pasado a un sillón de la salita que ocupa el mismo recinto del cuarto –Que cosa si los muertos son pesados-  Lo sientan, lo acomodan, le ponen la camisa y le arreglan un poco el pelo; pero definitivamente el finado no colabora, lo dejan así y el con estrépito se reacomoda asa, y ni perder el tiempo pidiéndole que se porte juicioso y no se desacomode;  no, el tipo es como si no oyera.
 
Finalmente, bañado en sudor y horrorizado Carlitos regresa a sus labores, mientras la viuda
-que digo- la vieja Deyanira termina por calzar al finado; medio se arregla ella un poco y dale, a salir a hacer público el hecho.  Empieza por decirle a Carmelina -su vecina-  Dotada de gran capacidad para la comunicación.  Carmelina es la pregonera mas reconocida del lugar y –meritoriamente- ese reconocimiento trasciende las fronteras del solar familiar y llega lejos, a los confines de otros pueblos donde su lengua es temida por flamígera y dañina.   Con decirle a ella que don Evaristo –viejo rico del pueblo- subió a su casa a pedirle no se qué favor y le dio el infarto allí mismo, en la silla de la sala, mientras ella en la cocina le servia un tinto; asegura Deyanira  que la noticia se difundirá rápidamente  y desde luego, debidamente detallada y aumentada.

Al pasar los días se tejerán unas magníficas historias de este suceso, se dirá ésto y aquello  y finalmente sobre la indigna testa de la hermosa Deyanira se pondrá gravado como impronta su nuevo nombre: “La silla eléctrica”  y en el manual dirá claramente: “Peligro, alto voltaje, no apta para viejitos ni para cardiacos. 

martes, 4 de septiembre de 2012

LA DANZA MACABRA

Orlando Tapiero regresa a su casa después de un largo día de trabajo en el taller de cerrajería, que relativamente le es cercano, por eso se traslada a pie.  La caminata además de resultarle amena, lo relaja y descansa, pues en el taller hay mucho que hacer y él sale agotado.   Todo apunta a que hoy es un día especial;  los vecinos a medida que se acerca a su casa  –dos o tres cuadras-  salen a su paso y lo observan curiosamente, hacen comentarios entre ellos que Orlando Tapiero  no alcanza a entender, pero que sabe  -sin lugar a dudas-   que lo aluden.    Algunos vecinos lo siguen prudentemente y otros   -los más amigos-  le salen al paso, lo saludan y acompañan;  el hombre piensa :  Será que me saque el baloto?    Será que finalmente le pegue al gordo y ellos de alguna manera mágica lo saben mientras yo lo ignoro?   Ya ante su casa y sin lograr entender la causa de la romería de vecinos en torno suyo el hombre encuentra la puerta abierta pero busca a su mujer entre la multitud sin hallarla.  Es tanta la aglomeración de gentes a su alrededor que se le hace difícil moverse, entonces ve cerca a doña Conchita   -su vecina de al lado-   y casi gritándola acierta a preguntarle por su mujer;  ésta se acerca y le suelta la tremenda bomba, que lo deja turulato:   “Se la llevaron en la patrulla para el anfiteatro”.    Orlando se lleva  las manos al rostro y reindaga acerca de lo que pasó, si está muerta o qué?      La señora Concha sin ningún recato ni prevención le asesta el tremendo golpe de darle la noticia más cruel de su vida, sin el más mínimo rasgo de piedad le dice:  “Fue a hacer el reconocimiento del cadáver de su hijo que lo mató un Transmilenio en Mártires”.
Las manos se crispan, las piernas temblorosas flaquean y el pobre hombre se derrumba allí mismo, después de lanzar un grito tremendo, un magnífico aullido de dolor, un horrendo lamento que invade el ámbito y pone los pelos de punta.  El corro de vecinos curiosos se agita, alguien toma el liderazgo y hace retroceder un poco a las gentes para oxigenar al caído;  aparecen vasos con agua y pañuelos alcoholizados con los cuales logran volverlo, el hombre sentado en la acera solloza como un pobre chico perdido.

Jaime Flórez es un hombre pequeño y flaco, con un poblado y bien arreglado bigote sobre sus labios, siempre muy bien peinado;  tiene un carrito viejo en el que piratea el servicio público, es un viejo Chevette que ya perdió su estatus de taxi   -por vejez-  y que ahora ostenta un horrible color rojo y un par de placas particulares.   Jaime es quien tomó el liderato y retiró un poco a los vecinos para que Tapiero pudiera respirar, ahora cerca de él, le dice:  “Hermano, trate de calmarse……..serénese …… camine vamos, yo lo llevo y acompañe a su mujer;  ella debe de necesitar su apoyo”.   Orlando lo mira serio y le responde:  “Gracias don Jaime….. voy a ponerme una chaqueta, espéreme”  y se adentra a la soledad de su casa.  En la soledad de la casa del hombre humilde, del pobre parroquiano que pareciera luchar solo contra el mundo hostil…………..Su casa, su habitad, su patria………  La casa de cualquier ciudadano es su patria, es en ella donde sueña, donde realiza, donde llora sus muertos y donde ríe sus pocas alegrías……  Su casa……la casa de la patria que es de todos pero que unos pocos avivatos la tomaron para ellos y nosotros no sólo lo soportamos, sino que lo consentimos;  nos dicen que este es un país pobre, que tenemos que “meter el hombro” pero ellos no saben que es eso;  aquí hay dinero para comprar conciencias, para callar culpables, para indemnizar delincuentes, para enviar lagartos de paseo, para sobornos y  componendas;  pero no hay para educar las juventudes;  el que quiera enviar a sus hijos al colegio debe disponer de recursos abundantes para gastearlos.    Hay recursos desmesuradamente grandes para todo tipo de truculencias, pero no hay con que hacerle a los jóvenes los colegios donde los necesitan   -cerca de sus casas-    como adrede se los construyen bien alejados de sus hogares para así obligarlos a pagar onerosos costos por transporte menguando aún más los pírricos recursos de la economía familiar…..¿Para qué carnetizaran los estudiantes si no les sirve ese bendito carnet ni para coger el bus?

Una vez dentro del recinto del hogar el hombre se siente debilitado, se siente abrumado;  cómo es posible que la vida le cambiara de esa manera tan drástica en solo un momento?   Piensa horrorizado en el paso a seguir:  llegar a lo que él imagina una sala fría y esperar que lo llamen a mirar unos despojos talvez horrorosamente desfigurados y tratar de encontrar en ellos los rasgos de su hijo amado;  tener que aceptar que esos jirones de carnes ensangrentadas son un pedazo de su vida, son ese pedazo de su alma que a cuidado con esmero desde chiquito y que hoy se los devolverán talvez embolsados y sellados en un amasijo de carnes maltratadas………levanta la mirada y observa sobre su cabeza una reja de hierro que sella el patio de su hogar de la que penden en cadenas de eslabones regulares dos grandes macetas con los helechos que son la única decoración de su casa;  arrastra hasta allí una silla y trepado en ella, con gran dificultad, retira de su anclaje la canasta que soporta un gran helecho y la deposita en un rincón en el suelo.  Luego se quita la delgada correa que le sirve de cinturón y se la enreda en el cuello;  acto seguido se vuelve a subir en la silla, izándose esta vez sobre el espaldar, sosteniéndose de la cadena como un malabarista, apoyado en uno de sus píes y  anudando la correa fuertemente en un nudo ciego y resistente;  con los píes se impulsa y derriba la silla y empieza así la danza macabra del suicida que bate los pies y agita las manos y grita sin palabras y poco a poco brota los ojos por falta de oxigeno.
 
Afuera la multitud  inquieta se impacienta, ya ha pasado lo que ellos estiman es demasiado tiempo y entonces proceden a llamarlo a los gritos…. Al no obtener respuesta algunos vecinos  -Jaime Flórez a la cabeza-  se introducen tímidamente dentro de la casa para encontrarse con un cuerpo que pendiente de una cadena asida a la reja del patio, se mece suavemente, como si rematara la danza macabra perezosamente acunado en los fríos brazos de la parca.

Tal vez los noticieros dirán que viajó así para eludir la responsabilidad que le incumbía ante las empresas de transporte por su hijo, que ahora quedó en evidencia como uno de los que suelen colearse en los buses para no pagar pasajes causando grandes perjuicios a los pobres empresarios;   y hasta es posible que algún funcionario público, de los muy brillantes burócratas que nos asedian, le ponga un comparendo educativo para que se corrija de ese horrendo defecto que es la pobreza y cancele sus pasajes.